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El día de las madres ¿festejo o invisibilización?

Foto(s): Cortesía
Redacción

Por Alejandro José Ortiz Sampablo

Cuando escribo sobre ciertos temas, como el que hoy nos ocupa, me embarga el sentimiento de ser un "alma vieja"; quizá por esos dichos y reflexiones que suelen venir a mi mente y que la prisa moderna parece haber olvidado.

Según datos de la CONCANACO SERVYTUR, se estima que para este 10 de mayo la derrama económica en México superará los 94 mil millones de pesos, un siete por ciento más que el año anterior. Ante tales cifras, es fácil suponer que hijos e hijas "nos ponemos bellos" con nuestras madres. Sin embargo, cabe preguntarnos: ¿esta abundancia de regalos es un acto de presencia o un mecanismo de invisibilización?

La invisibilización de las madres

Resulta curioso que, en el origen de esta conmemoración, poco se mencione a la mujer que inspiró todo: Ann MariaReeves Jarvis. Activista durante y después de la Guerra Civil norteamericana, Ann Maria trabajó incansablemente para que existiera un día que reconociera el trabajo de las mujeres, particularmente de aquellas madres que, además de su labor social, sostenían el cuidado de los hijos y la familia.

Tras su muerte en 1905, su hija, Ann Marie Jarvis, emprendió una cruzada para oficializar el "Día de las Madres". Lo irónico es que años después, la propia Ann Marie intentó boicotear la festividad y demandó a las instituciones que la promovían, escandalizada por el giro comercial y mercantilista que había tomado la fecha. Para ella, el reconocimiento a la madre se había transformado en un simple intercambio de mercancías, borrando el sentido original de gratitud y conciencia social.

El ídolo vs. la realidad

Para comprender si hoy estamos festejando o invisibilizando a la madre, basta un breve ejercicio de observación. En las películas del Cine de Oro mexicano, era recurrente ver al hijo mostrar una preocupación genuina y profunda por el estado de la madre. Hoy, esa relación parece haberse vuelto idílica o, en el mejor de los casos, burocrática.

El diálogo actual suele reducirse a un trámite:

—¿Cómo estás, ma?

—Bien.

Y con ese "bien" nos conformamos, dándonos por servidos.

Es sabido que el trato entre hijos y madres está definido por su historia compartida, muchas veces el no querer saber de su sentir, de su dolor o de sus deseos, responde a que escucharlos nos resulta incómodo. Esto es más evidente en el caso de las madres adultas mayores, cuya demanda de atención suele ser percibida como una carga que interfiere con nuestra "comodidad".

Un ejercicio de honestidad

Para saber si tenemos invisibilizada a nuestra madre, propongo responder a una pregunta con total franqueza: ¿Cuándo visito a mi madre, procuro su bienestar o el mío? ¿Voy a atenderla o voy a que ella me atienda? Es común refugiarse en la respuesta fácil: “Ella me atiende porque eso la hace feliz”. Pero detrás de esa frase, muchas veces se esconde nuestra negativa a ver a la mujer que está frente a nosotros, más allá de su función como proveedora de cuidados.

Este 10 de mayo, el reto no es solo elegir un buen regalo, sino atreverse a mirar a la madre fuera del estereotipo y permitir que su palabra, incluso la que nos incomoda, tenga un lugar.

¡No te pierdas nuestros artículos de “Consultorio del alma” y de “Lecturas para la vida”!, donde leerás el encuentro ético entre el analista y su propia ignorancia frente al saber.

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*Esta colaboración es parte de la columna  Consultorio del Alma, cuenta conmigo. 

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