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Redes sociales y soledad: el problema no sería el tiempo, sino los desconocidos

El estudio analizó a más de mil 500 adultos estadounidenses.
Foto(s): Cortesía
Redacción

Por Santiago Campillo Brocal / Muy Interesante

Antes de la pandemia, uno de cada dos adultos estadounidenses experimentaba una soledad medible Esa cifra la calculó el Servicio de Salud Pública de EE. UU. y es el telón de fondo de una pregunta que un equipo de la Universidad Estatal de Oregón ha formulado con precisión: ¿importa cuánto usas las redes sociales, o importa con quién?

La respuesta, publicada en Public Health Reports, la revista oficial del Servicio de Salud Pública de Estados Unidos, no confirma lo que la mayoría espera. No es el tiempo de pantalla el problema. Es la composición de lo que hay detrás de esa pantalla.

El número que no estás leyendo bien

Brian Primack, médico y doctor de la Universidad Estatal de Oregon, lidera un equipo de cinco investigadores que ha encuestado a 1.512 adultos de entre 30 y 70 años en julio y agosto de 2023. La muestra es representativa a escala nacional en EE. UU. La herramienta para medir la soledad es la escala PROMIS del Instituto Nacional de Salud americano, cuatro preguntas validadas y estandarizadas. El estudio distingue dos tipos de contactos en redes sociales: los que nunca se han conocido en persona y los amigos cercanos. Antes de entrar en los resultados, el equipo ha calculado un detalle que ya de por sí establece el problema: aproximadamente el 35% de los contactos que los participantes tienen en redes son personas con las que nunca se han visto cara a cara. Uno de cada tres contactos es, técnicamente, un desconocido.

Cuanto más desconocidos, más solo

Los resultados son nítidos. El grupo de participantes con mayor proporción de contactos desconocidos ha registrado 2,33 veces más probabilidad de obtener una puntuación alta en la escala de soledad frente al grupo con menor proporción, con una razón de probabilidades ajustada de 2,33 (IC 95%: 1,52-3,58). La asociación lineal entre contactos desconocidos y soledad es estadísticamente sólida (p < 0,001). En los amigos cercanos, en cambio, no aparece ninguna asociación significativa (p = 0,93). Hablar con amigos en redes no reduce la soledad, pero tampoco la incrementa. El efecto pertenece exclusivamente a los contactos que nunca han cruzado el umbral de lo presencial.

Una cuenta con miles de seguidores puede ser, técnicamente, un amplificador de aislamiento si la mayoría de esos contactos son desconocidos.

Y es que el hallazgo rompe el relato más habitual sobre salud mental y redes sociales: la narrativa de "menos tiempo en pantalla, más bienestar". El tiempo de uso aparece aquí como una variable secundaria. Lo que modula el efecto es a quién dedicas ese tiempo.

La duda que el estudio no cierra

¡Ojo! Es un estudio observacional de corte transversal. Mide asociaciones, no causas. Hay dos versiones posibles de esta historia, y el paper no puede decidir entre ellas: las personas que ya se sienten solas buscan el contacto con desconocidos en redes porque es más fácil, más anónimo y menos comprometido que mantener vínculos reales; o bien, pasar tiempo interactuando con desconocidos genera o amplifica una sensación de vacío que los contactos superficiales no consiguen llenar. Ambas explicaciones son compatibles con los mismos datos. Ninguna queda probada.

La pregunta que el estudio no resuelve es si la flecha va del desconocido a la soledad, o de la soledad al desconocido.

Hay más incertidumbre técnica que el paper reconoce. El equipo no ha analizado el tono de las interacciones ni los motivos por los que se sigue a alguien que no se conoce. La tecnología que empieza a sustituir conversaciones humanas plantea el mismo problema en otro formato: lo que importa no es si la conversación es digital, sino si el interlocutor está verdaderamente ahí. El dato del estudio mide exposición, no conversación.

Lo que dice sobre cómo están diseñadas las plataformas

Cuidado con leer esto como un problema exclusivamente individual. El algoritmo de recomendación de contenido de casi todas las plataformas está diseñado para empujar perfiles que el usuario todavía no sigue, precisamente porque eso aumenta el tiempo en pantalla y el engagement. La arquitectura del producto optimiza, entonces, para el tipo de interacción que este estudio asocia con más soledad.

El algoritmo no diseña conexiones. Diseña exposición. Son cosas distintas, y este estudio empieza a medir la diferencia.

La discusión sobre algoritmos y conexión emocional lleva años creciendo, pero los datos solían ser difusos. Este trabajo añade una variable medible: la proporción de desconocidos en la red de contactos predice la soledad con una fuerza estadística que difícilmente puede ignorarse en el diseño de producto.

La métrica del seguidor no mide conexión. Mide exposición a desconocidos. Un perfil con diez mil seguidores con quienes no existe ningún vínculo previo no está más conectado socialmente que uno con 200 contactos de los que tiene el teléfono de todos. Estamos midiendo el número equivocado, y la escala PROMIS del NIH empieza a calibrar una alternativa con datos representativos.

Y, finalmente, la pregunta que el algoritmo no formula

La siguiente pregunta que este equipo tendrá que responder es si el efecto se mantiene en adultos de menos de 30 años, que han construido gran parte de su red social directamente en plataformas digitales, sin el anclaje previo de relaciones presenciales. También si el resultado cambia cuando la interacción con desconocidos es positiva, cuando un hilo de comentarios comienza a parecerse a una conversación real.

El estudio de Oregon State ha medido la asociación con precisión. Lo que no ha medido aún es si la arquitectura digital tiene solución, o si la solución está en el otro extremo: en aprender a distinguir, dentro de un feed, entre lo que conecta y lo que solo simula conectar.

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