Agencias
Christiana Edmunds fue una mujer inglesa que, afectada en sus capacidades mentales, introdujo veneno en los bombones que estaban a la venta en una tienda.
La única víctima fue el niño Sidney Albert Barker, de 4 años, quien falleció envenenado con estricnina el 1 de junio de 1871 en Brighton, Inglaterra, Gran Bretaña.
La mujer responsable fue descubierta y detenida.Tras ser juzgada y condenada, fue recluida en el Psiquiátrico Penitenciario de Broadmoor. Murió en 19 de septiembre de 1907.
Obsesión, a primera vista
En un soleado día de 1870, una mujer de edad mayor abandonó su casa de la señorial plaza de Gloucester, en Brighton, para dar un paseo.
A ella le sorprendió la mirada que le lanzaba un transeúnte. Algo había sucedido cuando se cruzaron sus miradas. Christiana se había enamorado.
El desconocido, que era en realidad el doctor Beard, no sospechó el efecto que causó su mirada en la desconocida.
Christiana decidió conocer la identidad del hombre. Al enterarse de que era casado y con hijos no cejó en su propósito.
Christiana tenía en aquella época 42 años. Vivía con su madre viuda.
Cuando un día o dos después, Christiana se dijo enferma, su madre se alarmó.
- Llama al doctor Beard. Me han dicho que es un gran médico. Pidió Christiana a su madre.
Poco después el doctor Beard llegaba a la casa de la plaza de Gloucester. El doctor Beard entendió que en aquella casa se le trataba como a un hombre. Pero fue un loco al permitir que Christiana le escribiese. La primera misiva aludía a un «beso apasionado» y firmaba «Dorothea».
El doctor Beard demostró ser muy inocente. Presentó a su esposa a Christiana y ésta se convirtió en amiga de la familia.
El envenenamiento de la esposa
El hecho animó a Christiana a llevar regalos a «la esposa». Uno de estos obsequios lo llevó en el mes de marzo de 1871. Se trataba de una caja de bombones envenenados. Aquel día Christiana acudió de visita cuando la señora Beard se hallaba sola en la casa.
Ambas mujeres, pasaron a la sala de estar y mantuvieron una trivial conversación. La visitante abrió la caja de bombones.
-He comprado esto para usted, querida señora Beard.
Christiana eligió un bombón de la caja y lo metió casi por la fuerza en la boca de la otra mujer. La señora Beard no tuvo más remedio que abrir la boca y comenzar a masticar el bombón.
Inmediatamente exclamó: "¡Es horrible! No puedo tragarlo" y escupió el repugnante chocolate.
-¡Cuánto lo siento!-afirmó la visitante-. Tenga, tome este otro para quitarse el mal sabor.
-No, no puedo, señorita Edmunds -protestó-. Tengo miedo de haber ingerido algo del otro bombón y que me haga daño.
Christiana poco después se despidió y marchó.
Horas más tarde, la señora Beard experimentó un agudo dolor de estómago y terribles náuseas. Como esposa de un médico conocía los síntomas de un envenenamiento.
Refirió lo ocurrido a su marido. Cuando su mujer le refirió los agudos dolores de estómago y las náuseas, el médico se asustó.
-Yo hablaré con esa joven. Nunca más volverá a poner los pies en esta casa. Dijo el médico.
Entonces, solicitó mediante una nota enviada a la plaza de Gloucester una entrevista con la señorita Edmunds para tratar un asunto muy personal.
Cuando se encontraron, el marido ofendido no tardó en contar a Christiana la acusación hecha por su esposa.
-Además estoy convencido de que es cierto, que usted intentó envenenarla. También deseo advertirle que no será bienvenida en mi casa y advertirle de que no solicite más mis servicios profesionales.
Sin saber qué responder, Christiana Edmunds se apresuró a regresar a su casa. Cuando llegó parecía deshecha.
-¡El doctor me ha acusado de atentar contra la vida de su esposa! -refirió a su madre.
-Debe retractarse -musitó-. ¡Debe presentarme sus excusas!
La madre meneó tristemente la cabeza y la ayudó a redactar una carta para el doctor Beard, en la cual le advertían que de no retractarse de lo dicho, lo llevarían a los tribunales. Enviaron la carta y no llegó la respuesta.
El plan criminal
Entonces Christiana Edmunds se transformó en un ser criminal. Se dirigió a uno de los peores barrios de la ciudad.
Usó a niños para comprar bombones en una tienda, a los cuales luego ella les puso veneno, y después los mandó a devolver a la misma tienda con cualquier pretexto. Christiana repitió esta maniobra dos o tres veces más.
Ahora alguien resultaría pronto envenenado por los bombones de aquella tienda. Se produciría un gran revuelo y podría demostrarle al doctor Beard que ella no tenía ninguna culpa del amago de envenenamiento sufrido por su esposa.
No tuvo que aguardar demasiado tiempo. El pequeño Sidney Albert Barker de cuatro años de edad, tomó uno de los bombones que su tío acababa de comprar en la tienda y fallecía a los veinte minutos víctima de agudos dolores en el vientre.
El médico que examinó al niño informó del caso al forense. En la investigación varias personas que acudieron a declarar se habían sentido enfermas después de probar aquellos horribles bombones comprados en dicha tienda.
Tras estas declaraciones tuvo lugar la del doctor Lethaby, el médico que atendió al niño. En su informe dijo que el pequeño Sidney había muerto envenenado por estricnina.
Christiana, sentada en su habitación, maquinaba nuevos planes.
Cartas de un desconocido se recibieron en casa de los padres de la víctima.
En ellas se les apremiaba para que entablasen una acción judicial contra el infortunado tendero que había vendido los bombones.
Poco tiempo después, algunos habitantes de Brigthon recibieron por correo y paquete postal obsequios de frutas y pasteles acompañados de misivas. Muchos de los que recibieron aquellos regalos cayeron enfermos.
El 17 de agosto de 1871, el jefe de Policía publicó un anuncio en el Brighton Daily News en el cuál ofrecía una recompensa de veinte libras al que proporcionase una información que permitiese detener al envenenador.
Se descubre a la culpable
Uno de los lectores del anuncio del jefe de Policía fue un químico que recordó haber facilitado gran cantidad de estricnina a la señora Christiana Edmunds. Escribió una carta informando al jefe de Policía, el señor George White, quien encargó al inspector Gibbs que acudiese a interrogar a dicha mujer.
Gibbs examinó las firmas de Christiana enviadas por el químico. Después comparó la letra con las cartas recibidas por el padre de Sidney Barker. Descubrió entre ellas notables similitudes; obtuvo iguales resultados cuando comparó dicha letra con las misivas que acompañaban los obsequios envenenados.
El jefe de Policía le envió sin pérdida de tiempo a interrogar a Chistiana.
Ésta se hallaba en su habitación, cuando entró su madre para anunciarle que un inspector de Policía deseaba verla. Era el inspector Gibbs, quien le dijo: -Christiana Edmunds, queda detenida por el asesinato de Sidney Barker.
Condena a la envenenadora
Dos días después, Christiana compareció ante un severo grupo de magistrados de la Audiencia de Brigthon.
Durante los dos días que duró el juicio, la sala se encontraba atestada.
Tras una larga ausencia, el jurado pronunció su veredicto de culpabilidad.
El juez Samuel Martin, luego de leer la condena a muerte, cerró el juicio. Después se le conmutó a la acusada la pena por la reclusión indefinida.
Christiana Edmunds fue conducida a la prisión de Broadmoor, donde vivió más de treinta años. Murió en 1907.
