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El inquietante caso de los asesinos "profetas de Dios"

Agencias

El 16 de diciembre de 1970 ocurrió uno de los sucesos más espeluznantes de la crónica negra de España. Pocos crímenes conmocionaron tanto entonces a la opinión pública como la matanza de la familia Alexander.

La acción homicida se produjo por la creencia de que las víctimas estaban poseídas por el demonio

'El profeta de Dios en la Tierra'

Un triple parricidio en el que el brazo ejecutor fue Frank, un joven de 16 años y único hijo varón del matrimonio formado por Harald y Dagmar Alexander. Antes había nacido la hermana mayor, Marina, y tras Frank nacieron las gemelas Petra y Sabine.

Desde que Frank nació su familia lo crió bajo el convencimiento de que era "el profeta de Dios en la Tierra". En todo le obedecían y acataban todas sus exigencias, incluso, el incesto y "debían aceptar el sacrificio de sus vidas manchadas por el pecado", como él mismo relató ante la Policía tras su detención por el triple parricidio que acaba de cometer.

La familia Alexander se mudó a Santa Cruz de Tenerife ese mismo año y estuvieron viviendo durante diez meses en un piso de la primera planta del número 37 de la calle Jesús Nazareno. Vivían de trabajos mal pagados: las tres chicas se emplearon como asistentas de hogar mientras que Frank se ocupaba de hacer labores de repartidor. 

La secta: semilla de la matanza

Los Alexander eran originarios de la ciudad alemana de Dresde aunque marcharon a Hamburgo. Harald conoció entonces al hombre que marcaría para siempre los destinos de la familia: George Riehle, un fanático religioso que seguía las enseñanzas de Jacob Lorber (1800-1864), fundador de una sociedad espiritual que predicaba con una inquebrantable fe que todos aquellos que no eran miembros del grupo eran portadores de la semilla del mal. 

En la década de 1930, algunos de sus acólitos consideraban que Riehle, su sucesor, era el profeta de Dios. Y Harald también lo creía así.

Cuando Riehle estaba a punto de morir entregó a Harald Alexander su manto como líder y un órgano con el que amenizaba los encuentros de miembros de la congregación. Cuando nació Frank, Harald le dijo a su esposa que el niño era ahora el profeta de Dios y había que obedecerle en todo. 

Fue creciendo y toda la familia asumió el rol de obedientes servidores de Frank. Llegada la pubertad, Frank quiso mantener relaciones sexuales con chicas pero como su credo le impedía relacionarse con gente externa a la Sociedad Lorber, su padre le ofreció acostarse con Dagmar, su esposa y la madre de Frank. Poco después se entregarían al profeta Marina, Petra y Sabine. Marina contó un día en el colegio lo que ocurría en casa. 

Lo más probable es que no lo hiciera como denuncia sino para captar creyentes para la secta. Al extenderse la noticia de lo que ocurría en aquella casa, la Policía alemana no tardó en interesarse por las prácticas de los Alexander y la familia huyó para refugiarse en Tenerife a principios de 1970.

Mujeres poseídas por el demonio

Había llegado el mes de diciembre, el mes en el que se celebra la Natividad de Jesús y algunas discusiones generadas en esos días entre los miembros de la familia Alexander pudieron estar en el origen y detonar lo que ocurriría el día 16.

Del suceso se supo porque fueron los propios Harald y Frank quienes subieron a La Laguna, a la casa del doctor Walter Trenkler donde estaba empleada Sabine. Llamaron a la puerta y, tras abrirla el médico, éstos le dijeron que querían hablar con su hija y hermana, respectivamente. 

Trenkler la llamó y la chiquilla, que contaba entonces con 15 años, salió al patio donde estaban su padre y hermano. El médico se quedó unos pasos más atrás, pero lo suficientemente cerca para oír lo que éstos hablaban.

«Sabine, querida. Queríamos contártelo los dos a la vez. Hemos matado a mamá y a tus hermanas». El doctor debió helársele la sangre y cuando aún no se había repuesto del shock, observó cómo entonces Sabine le cogió la mano a su padre y se la acercó a su cara para acariciarse con ella y decir: «Estoy segura de que habéis hecho lo que considerasteis necesario».

El médico retrocedió unos pasos y comprendió que las manchas de la ropa de sus dos visitantes no eran de barro, como había pensado al principio. Debía ser la sangre seca de las víctimas. Trenkler fue a llamar a la Policía y mientras se adentraba en la casa, Harald le espetó: «¿Ha escuchado? Hemos matado a mi esposa y a mis hijas porque les había llegado su hora».

Ambos fueron detenidos en aquellos momentos por los policías. Mientras esto ocurría en La Laguna, el inspector Juan Hernández y el sargento Manuel Perera habían llegado al 37 de Jesús Nazareno. Forzaron la puerta de la vivienda de los Alexander para descubrir el escenario más dantesco que habían visto jamás. 

En el salón, todo desordenado y con el suelo, paredes y techo cubiertos de sangre, estaban los cuerpos mutilados de Marina, de 18 años, y Petra, de 15 años. La primera había sido completamente destripada mientras que a la segunda le seccionaron los pechos y los genitales para clavarlos en la pared. 

En el dormitorio, Dagmar también había sido profanada y, además de los pechos y sus genitales, le habían extirpado el corazón y, tras atarlo a una cuerda, lo colgaron también de una pared.

La única superviviente (y no es casual) de este exterminio fue Sabine, porque se encontraba trabajando en casa del doctor alemán Trenkler. Lo único que trasciende es que, tras las muerte de sus hermanas y madre -noticia que oye de boca de los asesinos sin inmutarse- y la detención de su padre y hermano, busca un convento donde recluirse. De hecho, no acude al juicio pese a estar citada.

¿Qué fue de Harald y Frank?

Dos años después de que Harald y Frank Alexander acabaran con su familia, y tras un juicio que captó la atención mediática, el tribunal absuelve a los procesados de los delitos de parricidio y asesinato de los que fueron acusados, al tratarse de «autores no responsables, por concurrir en los mismos la eximente de enajenación mental».

En consecuencia, se decreta su internamiento «en uno de los establecimientos destinados a los enfermos de aquella clase, del cual no podrán salir sin previa autorización de este tribunal», reza la sentencia hecha pública el 26 de marzo de 1972, lectura que, sin embargo, no hace público el centro en que han de ser internados. 

Este dato resulta clave, puesto que veinte años después padre e hijo logran escapar de la residencia mental en circunstancias que no llegaron a trascender.

La Interpol interpuso orden de busca en 1995. El paradero actual de los homicidas es desconocido.