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El escalofriante caso de Gilberto Chamba, el “monstruo de Machala”

macabrona-portada
Foto(s): Cortesía
Redacción

Cuando la policía española lo interrogó, en carácter de simple testigo, por el caso del asesinato de María Isabel Bascuñana Royo, de 21 años, Gilberto Antonio Chamba Jaramillo no despertó sospechas. Ese ecuatoriano de 40 años, tímido, amable y de pocas palabras, no tenía por qué estar en la mira de los investigadores. Habían acudido a él por una sencilla razón, su trabajo como encargado del estacionamiento del centro comercial Isla de Ocio, el más cercano a la Facultad de Derecho de la Universidad de Lérida. Querían saber si había visto salir a la víctima.

María Isabel estacionaba el auto siempre allí, porque ese estacionamiento sobre la carrer de Pere de Cabrera, muy concurrido por los visitantes al centro comercial y al cine que funcionaba allí, le daba todas las seguridades.

La noche del 23 de noviembre de 2004, después de salir de su última clase en la facultad a eso de las 22.30, la chica tomó el teléfono y le mandó un mensaje a su madre para decirle que no le guardara la cena porque iba a comprarse un sándwich (“un bocadillo”, decía el españolísimo texto) en un bar, antes de volver a la casa.

Pero esa noche María Isabel no volvió y su cadáver apareció la noche siguiente en el baúl de su propio auto, estacionado en la carrer de Ignasi Bastús del barrio de La Bordeta, no muy lejos de la Facultad: el cuerpo de la joven estaba tapado con algunas bolsas de basura, tenía un pañuelo atado alrededor del cuello y había sido brutalmente violada.

 

 

Se presume inocente
Chamba podía ser el último en haber visto con vida a la víctima, al salir del estacionamiento, y por eso le preguntaron si efectivamente había sido así, si había notado algo extraño y si estaba sola o acompañada. El ecuatoriano respondió que no a todo, que no recordaba a la chica ni había visto nada extraño.

Por rutina, le preguntaron también por sus movimientos de esa noche y explicó que, como siempre, estuvo en el estacionamiento hasta las 21.15, que después fue a cenar y más tarde, alrededor de las 22.45, fue -también como siempre- a ayudar al personal de limpieza de las salas de cine para sumar unos euros más a sus exiguos ingresos.

La policía no insistió. En ese momento el foco de la investigación estaba puesto en la familia y el círculo más cercano a la víctima. Lo que siempre se hace, porque es de manual policial.

Otra habría sido la actitud de los detectives hacia el encargado del estacionamiento si hubieran sabido lo que no podían saber de ninguna manera: que ese hombre tímido y servicial tenía un horroroso pasado criminal en Ecuador, donde había purgado cárcel por diez violaciones y ocho asesinatos.

No podían saberlo porque al salir en libertad en 2000, la justicia ecuatoriana le había borrado los antecedentes criminales, algo que sólo ocurre en ese país. Por eso, al entrar a España ese mismo año, Chamba estaba limpio como sábana nueva y la policía no podía siquiera imaginar que era el asesino y violador en serie que los medios ecuatorianos habían bautizado como “El Monstruo de Machala”, por la ciudad que dejó ensangrentada con sus crímenes.

“El Monstruo de Machala”
Gilberto Antonio Chamba Jaramillo nació en Machala, el 5 de octubre de 1963 y a los 21 años se incorporó al ejército de Ecuador, donde sirvió durante 14 años y se retiró con el grado de cabo. Se casó entonces con Mariela -el apellido de la buena mujer siempre quedó en reserva para que no sufriera el estigma de los crímenes de su marido- y tuvieron dos hijas.

Chamba se ganaba la vida como taxista, un oficio que le dio todas las facilidades en su actividad secreta, la de violador y asesino. Siempre trabajaba de noche porque, decía, se ganaba mejor, pero en realidad eso le permitía seleccionar mejor a sus víctimas y someterlas con más facilidad.

Prefería mujeres jóvenes, prostitutas o estudiantes que volvían tarde de sus clases. Cuando subían al auto, a las prostitutas las convencía para que lo acompañaran a una casa -que no era de él, sino que estaba abandonada – para prestarle sus servicios, y allí las mataba por estrangulación o a golpes con un garrote que llevaba en el auto con la excusa de defenderse de posibles ladrones. A las estudiantes las sometía en su propio auto y luego las llevaba a la casa para terminar la faena.

Cuando comenzó a dejar un reguero de cadáveres en zonas despobladas a la vera de los caminos de las afueras de la ciudad, los medios comenzaron a publicar historias sobre “El Monstruo de Machala” y lo caracterizaban como “violador y asesino”. En realidad, lo correcto habría sido invertir los términos, porque Chamba primero mataba a sus víctimas y solo las violaba cuando se aseguraba de que estuvieran muertas.

Entre 1988 y 1993 asesinó a ocho mujeres y falló una sola vez: una de sus víctimas logró escapar y acudió a la policía, pero ni siquiera pudo describir bien al criminal, solo atinó a decir que manejaba un taxi.

Las cosas claras
La décima fue la vencida: una prostituta pudo escapar y denunció a un taxista, del cual también dio una descripción. Corría 1993 y hasta entonces la policía solo había acumulado fracasos al intentar identificarlo y capturarlo.

Lo detuvieron en un control de rutina: el hombre al volante del taxi coincidía con el identikit dibujado a partir de la descripción de la prostituta sobreviviente y al revisar el auto encontraron el garrote, que estaba a primera vista limpio, aunque después los forenses revelarían que acumulaba restos imperceptibles de sangre.

Después de algunas evasivas, Chamba terminó confesando sus crímenes con lujo de detalles. Le preocupaba mucho -y así se lo dijo primero a la policía y después al juez- que se conociera bien la secuencia para dejar las cosas claras:

-Primero las mataba y después las violaba. Nunca al revés, explicó.

 

 

Una condena corta
El juicio fue rápido y la condena no conformó a los querellantes ni a los familiares de las víctimas. En noviembre de 1993 le impusieron una pena de 16 años de cárcel, que luego sería reducida.

Según los informes penitenciarios, el comportamiento de Chamba en la cárcel fue irreprochable. Enseñaba a leer y escribir a otros presos y cumplía las tareas de los talleres con entusiasmo. Buscaba, como muchos detenidos, que el buen comportamiento fuera un camino para obtener la libertad anticipada.

Lo que “El Monstruo de Machala” no imaginaba era que una ley sería la que le abriría las puertas de la cárcel cuando apenas había cumplido siete años entre rejas. En 2000, el congreso ecuatoriano aprobó la Ley de Condonación de Penas, a partir de un proyecto legislativo presentado por el entonces Defensor del Pueblo, Claudio Mueckay

La ley ordenaba la reducción de las penas a la mitad, salvo en los delitos cometidos en contra de la administración. Como Chamba no había atentado contra la administración pública sino que las víctimas de sus crímenes eran mujeres, se encontró con la pena prácticamente cumplida. A eso se le sumó un indulto de un año que el gobierno estableció por el Año del Jubileo.

 

 

Destino: Lérida
En marzo de 2000, “el Monstruo de Manchala” estaba de nuevo libre, pero su futuro en Ecuador quedaría marcado para siempre por los terribles crímenes que había cometido. Debía buscar un nuevo destino para su vida y no dudó en elegir España, donde dos de sus hermanas ya estaban radicadas en una ciudad que solo conocía de nombre y por algunas fotos, Lérida, en Cataluña.

Con antecedentes delictivos como los suyos le sería difícil radicarse en cualquier país europeo, pero su abogado le informó que una ley ecuatoriana permitía solicitar -y lograr- que se borraran. Cuando salió de Ecuador ya estaba “limpio” de su pasado criminal.

El diario español El Mundo resumió así el proceso de la radicación de Chamba en España: “Con un Certificado de Antecedentes Personales número 18.407.224 expedido por la dirección nacional de la Policía Judicial ecuatoriana que calza un ‘no’ de gran tamaño sobre la fotografía del convicto al lado de la leyenda ‘registra antecedentes’. El 4 de octubre de 2001, con un informe policial favorable y apenas 10 meses después de arribar en avión a Amsterdam el 23 de noviembre de 2000, el Monstruo de Machala se convierte en residente legal de nuestro país”.

En Lérida, el asesino sin antecedentes se instaló primero en la casa de sus dos hermanas y consiguió sus primeros trabajos, como ayudante de albañil y empleado de limpieza. Apenas pudo, alquiló un departamento para vivir en soledad.

En septiembre de 2004 consiguió un empleo mejor, como cuidador del estacionamiento del centro comercial Isla del Ocio, cerca de la Facultad de Derecho de la Universidad de Lérida, donde siempre dejaba su auto María Isabel Bascuñana, una joven estudiante de 21 años que nunca imaginó lo pronto que la esperaba la muerte.

La detención
Debió pasar más de una semana de la muerte de la estudiante de Derecho para que la policía volviera a poner en foco a Chamba, ya no como simple testigo sino como sospechoso.

Después de descartar a familiares y personas del círculo cercano de la víctima, los investigadores volvieron atrás y decidieron investigar al encargado del estacionamiento. Fue decisivo que, durante los interrogatorios a las amigas de María Isabel, varias dijeron que ella estaba preocupada por cómo la trataba Chamba cuando iba a buscar el auto, que las actitudes del hombre no llegaban al acoso liso y llano, pero que la incomodaban mucho.

También dijeron que a algunas de ellas les pasaba lo mismo, y dos de las amigas de María Isabel contaron que Chamba les había pedido los números de teléfono con la excusa de avisarles si surgía algún problema con sus autos y que a partir de entonces comenzaron a recibir llamadas anónimas en las que se las acosaba.

Chamba fue detenido el 1° de diciembre y con el correr de los días, las pruebas contra él se fueron acumulando: las bolsas con que estaba cubierto el cadáver en el baúl del auto eran las mismas que se utilizaban en el cine donde el ecuatoriano colaboraba con la limpieza, tampoco nadie recordaba haberlo visto trabajando en el cine la noche del 23 de noviembre. 

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