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Guelaguetza: entre la memoria indígena y el negocio del folclor

Un retrato de Mario Robles, quien participa en el análisis sobre la Guelaguetza, la memoria indígena y el negocio del folclor oaxaqueño.
Foto(s): Cortesía
Rodolfo Ríos Reyes

La presentación oficial de las fiestas de Julio, realizada el pasado 12 de mayo por el Gobierno de Oaxaca, dejó algo más que postales coloridas, sonrisas institucionales y un desfile cuidadosamente producido para el consumo mediático. Volvió a exhibir, quizá como pocas veces, la distancia creciente entre la cultura entendida como memoria viva de los pueblos y la cultura convertida en producto turístico, escaparate político y mercancía emocional.

La discusión no es nueva. Oaxaca lleva décadas debatiéndose entre la preservación simbólica de sus raíces y la explotación estética de las mismas. Sin embargo, cada nueva edición de la Guelaguetza parece profundizar una pregunta incómoda: ¿qué queda realmente del sentido comunitario original detrás de la gran maquinaria cultural que hoy se vende al mundo?

La respuesta exige ir más allá del folclor institucional.

El antropólogo mexicano Guillermo Bonfil Batalla advertía que México vive una permanente tensión entre el “México profundo” y el “México imaginario”. El primero, sostenido por las civilizaciones indígenas que continúan dando sentido a la vida comunitaria, la reciprocidad, la tierra y la identidad; el segundo, construido desde las élites políticas y económicas que buscan moldear al país bajo una lógica occidental, comercial y centralista.

La Guelaguetza contemporánea parece haberse convertido justamente en un escenario donde ese conflicto se hace visible.

Porque mientras las comunidades indígenas mantienen la fiesta como un acto de reciprocidad, convivencia y vínculo espiritual con su territorio, el aparato gubernamental la exhibe como una marca internacional lista para el consumo masivo. Lo comunitario termina reducido a escenografía.

No es casual que cada año la narrativa oficial insista más en cifras de ocupación hotelera, derrama económica, conectividad aérea y promoción internacional que en los procesos culturales internos de los pueblos participantes. La cultura deja de hablarse desde la comunidad y comienza a administrarse desde la lógica del mercado.

Ahí aparece otra referencia inevitable: Clifford Geertz.

Para Geertz, la cultura no era un simple conjunto de danzas, vestimentas o tradiciones congeladas en el tiempo. Era una red de significados construidos colectivamente; símbolos vivos que permitían a una comunidad entenderse a sí misma.

La pregunta entonces es brutalmente pertinente: ¿qué ocurre cuando esos símbolos son arrancados de su contexto para transformarse en espectáculo?

Lo que ocurre es una descontextualización progresiva.

La danza deja de ser rito para convertirse en coreografía. El traje regional deja de ser identidad para convertirse en vestuario. La música deja de ser memoria para transformarse en ambientación turística. Y la comunidad termina convertida en un elemento ornamental dentro de una narrativa diseñada desde el poder.

La presentación oficial del 12 de mayo fue precisamente eso: una escenificación impecable de Oaxaca como producto cultural global.

Pantallas, luces, narrativa institucional, influencers, cobertura mediática y una estética perfectamente calculada para redes sociales. Todo pensado para proyectar una imagen moderna, atractiva y comercializable del estado.

Pero en medio de esa espectacularidad quedó nuevamente desplazada la discusión central: ¿quién define hoy el sentido de la cultura oaxaqueña?

Porque el problema no radica en promover las tradiciones. Toda cultura necesita difusión, preservación y visibilidad. El problema aparece cuando la promoción sustituye al significado.

El sociólogo francés Pierre Bourdieu advertía que las expresiones culturales también son espacios de poder. Quien controla la narrativa cultural controla la representación simbólica de una sociedad.

Y eso ocurre hoy con la Guelaguetza.

El Estado selecciona qué mostrar, cómo mostrarlo y bajo qué narrativa presentarlo. Se privilegia aquello que resulta visualmente rentable, políticamente funcional y turísticamente atractivo.

Mientras tanto, las comunidades indígenas continúan enfrentando pobreza, migración, despojo territorial, violencia y abandono institucional.

Paradójicamente, los mismos pueblos que sostienen el corazón simbólico de la Guelaguetza suelen permanecer fuera de los beneficios estructurales que genera la industria cultural construida alrededor de ellos.

La contradicción es brutal.

Oaxaca vende identidad indígena mientras miles de jóvenes indígenas abandonan sus comunidades por falta de oportunidades.

Se celebra la diversidad cultural mientras las lenguas originarias retroceden.

Se exalta el orgullo comunitario mientras la modernidad arrasa lentamente las formas tradicionales de organización social.

Y, sin embargo, cada julio se monta nuevamente el gran escenario.

Néstor García Canclini hablaba de las “culturas híbridas” para explicar cómo las tradiciones sobreviven adaptándose a los procesos modernos de consumo y globalización. Quizá la Guelaguetza actual sea precisamente eso: una expresión híbrida donde conviven resistencia cultural y mercantilización.

Negar la transformación sería ingenuo.

Pero romantizarla también.

Porque detrás del espectáculo existe una disputa profunda por el significado mismo de la cultura.

La cultura entendida como raíz colectiva o como industria.

Como memoria o como entretenimiento.

Como identidad o como mercancía.

La presentación del pasado 12 de mayo confirmó que Oaxaca continúa inclinándose peligrosamente hacia la segunda opción.

Y quizá el verdadero riesgo no sea la modernización de la Guelaguetza, sino que las nuevas generaciones terminen creyendo que la cultura únicamente existe cuando hay reflectores, campañas publicitarias y escenarios monumentales.

Porque una cultura que pierde su vínculo con la comunidad corre el riesgo de convertirse solamente en una representación vacía de sí misma.

Y cuando eso ocurre, ya no estamos frente a una celebración de los pueblos.

Estamos frente a una industria del folclor.

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