Por: Lázaro Peña V., Pbro.
Domingo XII del Tiempo Ordinario, 21 de junio de 2026, Verde. MR p. 424 [422] / Lecc. II p. 21. LH Semana IV del Salterio. [Se omite la Memoria de San Luis Gonzaga, Religioso o de San José Isabel Flores Varela, Mártir Mexicano]. Jer 20, 10-13; Rom 5, 12-15; Mt 10, 26-33.
En la primera lectura, Jeremías habla de Dios con tal fuerza y convencimiento, porque él está seguro de que el Señor no lo abandonará; recuerda con gran firmeza el día que Dios lo llamó, pues Dios es omnipotente, justo y conoce lo más íntimo del Corazón. Jeremías se da cuenta que cuesta más callar la Palabra de Dios, que enfrentar la oposición, las amenazas y la burla de los hombres, como posteriormente nos dice San Pablo en Primera de Corintios, capítulo 9, versículo 16: "¿Cómo podría alardear de que anuncio el Evangelio? Estoy obligado a hacerlo, y ¡pobre de mí si no proclamo el Evangelio!". Jeremías finaliza pidiéndonos que alabemos y cantemos a Dios, porque Él nos salva de las manos del malvado.
En la segunda lectura San Pablo le recuerda a los Romanos que por un sólo hombre entró el pecado al mundo... todos mueren por la falta de uno sólo... Pero de igual manera, por un sólo Hombre, que es Cristo Jesús, todo aquél que lo acepte como su Señor y haga lo que Él nos pide, alcanzará la salvación. Porque de hecho nacemos en un clima moralmente contaminado, nacemos en un mundo que está inclinado al mal; pero por la Gracia de Dios, por la muerte redentora de Cristo y por nuestro esfuerzo personal de seguir la Luz y no las tinieblas, alcanzaremos la salvación eterna. Pues "¡así amó Dios al mundo! Le dio a su Hijo Único, para que quien crea en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna. Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para que se salve gracias a Él" (Mt. 3, 16-17).
En el Evangelio de Mateo nos dice Jesús: ¡No tengan Miedo! No tengamos miedo de seguirlo, de remar contracorriente; no tengamos miedo de perder las "seguridades de este Mundo", no temamos a quienes sólo pueden matar el cuerpo, pero no el alma. Quizá muchos de nosotros tengamos miedo de proclamar nuestra fe cristiana ante la sociedad, en nuestro trabajo, en la escuela, incluso en nuestra familia, porque nos tacharán de "mochos" o retrógradas, o puede significarnos ser "políticamente incorrectos".
¿Con quién queremos quedar bien, hermanos? si es Dios quien tiene contados hasta el último de nuestros cabellos; no nos avergoncemos de hablar y de actuar como creyentes, tanto en lo público, como en lo privado; demos testimonio de Cristo ante los hombres, pues teniéndolo a Él de nuestra parte ante el Padre Celestial, ¿quién puede estar en contra nuestra?
La maravillosa experiencia de ser testigo de Cristo, consiste en abandonarnos totalmente en las manos del Padre eterno y ser libres y valientes frente al Mundo; teniendo muy claro que nuestra Patria definitiva es el Cielo.
"Tres palabras para recordar y meditar esta semana"
Gracia: La palabra significa belleza o bondad. En materia religiosa significó para los profetas "favor" y "fidelidad" (Sal. 89, 3); se refiere tanto a la actitud de Dios amigo y generoso, como a sus dones de vida y salud. En el Nuevo Testamento, la gracia, don gratuito, se convierte en el plan de salvación que brota de la bondad de Dios (Lc. 4, 22), nos restablece en la amistad con Él y nos lleva a la vida eterna (2Co. 12, 9; Rom. 5, 21).
Alma: Aquí Mateo da a esta palabra un sentido diferente del que tenía en la cultura hebrea, en la que se identificaba con la vida. En esta sentencia el alma designa, como para nosotros habitualmente, lo más personal de la persona, aquello que no muere en la muerte, es decir, la parte espiritual e inmortal del ser humano, la cual hace que el cuerpo constituya una unidad viva e inteligente.
Temor de Dios: No se trata de tenerle miedo como a un ser vengativo, sino de respetarlo; el respeto, la piedad, la devoción y la confianza, están muy lejos del miedo, por el contrario, el temor de Dios es fuente de sabiduría y salvación (Job 28, 28; Lc. 1, 50). Dios no nos amenaza con echarnos al infierno, más bien nos recuerda que perderlo a Él es perdernos a nosotros mismos.
