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El Padre y el Hijo unidos en el Espíritu Santo, por el amor

Pablo hace alusión a la unidad y amor de la Santísima Trinidad.
Foto(s): Cortesía
Redacción

Por Lázaro Peña V., Pbro.

Domingo IX del Tiempo Ordinario, Solemnidad de la Santísima Trinidad, 31 de mayo de 2026. Blanco [se omite la Fiesta de la Visitación de la Santísima Virgen María]. MR p. 447 [445] / Lecc. II p. 18. LH Semana I del Salterio. Éx 34, 4-6. 8-9; 2Cor 13, 11-13; Jn 3, 16-18.

En este pasaje del Éxodo, Dios se da a conocer por sus atributos: “Yo soy el Señor, el Señor Dios, compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel”. El verdadero conocimiento y cercanía del Dios inaccesible se da a través de los hombres que, luchando por vivir los atributos de Dios, son compasivos, clementes, pacientes, misericordiosos y fieles. Dios no está directamente a la vista, pero estos hombres de Dios lo manifiestan al mundo en todos los tiempos y lugares, pues en ellos están presentes las huellas de Dios. Y ya, en el Nuevo Testamento, tiene su perfecta revelación en la persona de Jesucristo, su Hijo Unigénito. 

Esta segunda carta de Pablo, termina con una exhortación a los Corintios y a todas las comunidades cristianas (parroquias); con una calurosa invitación a la horizontalidad comunitaria. Por eso, lo primero es la alegría social, que anima a todos los fieles que creen en Cristo Jesús; alegría que tiene como base el “com-padecer” y el “alegrarse-con”, como lo dice claramente en 1Cor 12, 26: “Si un miembro sufre, todo sufren con él; si un miembro recibe honores, todos se alegran con él”. Pablo hace alusión a la unidad y amor de la Santísima Trinidad, por eso termina diciendo: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con ustedes”. 

En el Evangelio de hoy, Juan nos recuerda que “tanto amó Dios al Mundo”. Un mundo que salió del amor de la Santísima Trinidad, un mundo de fraternidad, de verdad, de justicia, de solidaridad. Pero al ver que su obra maravillosa había sido pervertida por el Diablo, mandó a su propio Hijo, que salió del seno de la Santísima Trinidad, con el único fin de rescatarlo y volverlo a su Creador, aunque para ello tuviera que derramar su propia Sangre. Creo que la afirmación más clara de todo el Evangelio de Juan sobre el amor de Dios, es la presencia de su Hijo Jesucristo en el Mundo para rescatarlo. Este Hijo único tiene la experiencia más hermosa y cercana del amor, de la misericordia, de la compasión y del perdón; y toda esa experiencia viene a compartirla con los hombres, para que puedan volver a Dios. Por eso, el hombre que acepta a Jesucristo como verdadero Dios y verdadero Hombre, y hace vida su doctrina, no será condenado; pero el que no creé, ya está condenado, por no haber creído en el Hijo Único de Dios, pues Cristo es el puente que une a lo humano con lo divino, la Tierra con el Cielo. El mismo san Juan nos dice en su capítulo 14, verso 6: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre si no es por mí”.

"Tres palabras para recordar y meditar esta semana"

  • Dios Padre: Es la primera Persona de la Santísima Trinidad. Desde el Antiguo Testamento se considera a Dios Padre, creador, protector, soberano, principalmente en relación con el Pueblo de Israel, en virtud de la alianza (Éx 4, 22 y 34, 10; Is 63, 16). Pero es Jesús quien revela de forma definitiva la profundidad de la paternidad divina, al enseñarnos que Dios no sólo es Padre suyo, sino también Padre nuestro (Mt 6, 9; Mc 14, 36; Lc 6, 36; Rom 8, 15). Al designar a Dios con el nombre de "Padre", el lenguaje de la fe indica principalmente dos aspectos: que Dios es origen primero de todo y autoridad transcendente; y que es al mismo tiempo bondad y solicitud amorosa para todos sus hijos.

  • Hijo: Es la segunda Persona de la Santísima Trinidad. Es Jesucristo, el Verbo eterno del Padre que, en la plenitud de los tiempos, por obra del Espíritu Santo se encarnó en el vientre virginal de nuestra Madre Santísima, la Virgen María, y se hizo Hombre, y entregó su vida por la salvación de todos (Jn 1, 1-5 y 3, 16 - 18; Lc 1, 26 - 38). Es el Hijo Unigénito de Dios, es consubstancial al Padre, es decir de su misma naturaleza (Jn 14, 8 – 11).

  • Espíritu Santo: Es la tercera Persona de la Santísima Trinidad. Es Señor y dador de Vida, procede del Padre y del Hijo; por eso, el Espíritu Santo, con el Padre y el Hijo, recibe una misma adoración y gloria. Ha sido enviado por el Padre en nombre del Hijo (Jn 14,26), y por el Hijo "de junto al Padre" (Jn 15,26); su propia misión revela que Él es con ellos el mismo Dios único. Actuó desde la Creación (Gn 1,2) y a través de los profetas; obviamente estuvo presente en toda la vida de Cristo, también actuó junto a los discípulos y en ellos (Jn 14,17), para enseñarles (14,16) y conducirlos "hasta la verdad completa" (Jn 16,13). Desde Pentecostés guía, ilumina y fortalece a nuestra Iglesia. 

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