LÁZARO PEÑA V., PBRO.
Domingo XXX del Tiempo Ordinario, 27 de octubre de 2024. MR p. 442 [440] / Lecc. II p. 182. LH Semana II del Salterio. Verde. Jer 31, 7-9; Heb 5, 1-6; Mc 10, 46-52.
Para entender la primera lectura, recordemos que Jeremías, en Nombre de Dios, había animado a quienes estaban cautivos en el país del norte, diciéndoles: “Cuando se cumplan los setenta años en Babilonia, los visitaré y cumpliré mi promesa de hacerlos volver a su país”. Y ya se había cumplido el tiempo y el pueblo volvió para reconstruir sus casas, plantar sus viñedos y vivir como una sola familia que alaba a Dios, llena de alegría, en su templo santo. La marcha hacia el destierro sólo es un recuerdo amargo donde las lágrimas fueron el pan de su desdicha; ahora vuelven consolados, protegidos y llenos de gozo en el Dios verdadero.
En la segunda lectura, de la Carta a los Hebreos, vemos cómo todo sacerdote, por lo menos debe tener dos condiciones: Ser llamado, es decir, elegido por Dios; y que sea un hombre semejante a quienes deberá servir. Respecto a la primera condición, el mismo Cristo fue llamado directamente por Dios para el oficio sacerdotal, como lo dice el Salmo 110 (109), 4: “Juró el Señor y no ha de retractarse: Tú eres para siempre sacerdote como Melquisedec”. Respecto a la segunda condición, que sea un hombre semejante a aquellos en cuyo favor ofrecerá su ministerio; los Sacerdotes son hombres que sonríen, lloran, tienen hambre y se enferman, que están envueltos en debilidades para comprender a quienes representan ante Dios. Mucho cuidado, no se dejen engañar por quienes no han sido llamados, elegidos y consagrados, pues esas oraciones y celebraciones no llegan a Dios, mucho menos nos traen su bendición; pero también les pido a los consagrados no orillar a sus fieles a irse con falsos sacerdotes, no sean tan exigentes sopretexto de un celo evangelizador, que muchas veces cargan sobre sus hombros los catequistas o agentes de evangelización. Nunca rechacen a quien va buscando el rostro de Dios; siempre hay que buscar junto con ellos una solución; creo que el único problema sin solución es la muerte.
En el Evangelio San Marcos nos habla del viaje de Jesús a Jerusalén, a la ciudad santa, la capital de Israel, donde viven los jefes del pueblo. Jesús como valiente profeta y consciente de la suerte que le espera en la ciudad santa, avanza decidido al encuentro de la Cruz, para entregar su vida en rescate de muchos. El evangelista quiere esclarecer qué se entiende por fe y qué implica seguir a Jesús. El caso del ciego Bartimeo es ejemplar, pues es un hombre que ora con perseverancia, que invoca a Jesús, a pesar de las dificultades, va a su encuentro, se deja abrir los ojos, tira su manto y lo sigue; solamente con este ánimo del ciego Bartimeo, es posible seguir a Jesús hacia el Calvario, hacia el anonadamiento, hacia la Cruz. Bartimeo nos enseña cómo ser un verdadero discípulo de Jesús, primero hay que gritar nuestra fe en Dios con fuerza e insistencia, en medio de las burlas e insultos de los que no creen; seguir reconociendo que Jesús es el Mesías, el Salvador del Mundo, quien con su Sangre nos ha redimido; tirar el manto de la soberbia, de la ceguera, de la incredulidad, de la flojera y del mal, para que libres de ese peso podamos ponernos de pie y, de un salto, acercarnos a Jesús y caminar con Él, para que después de esta vida podamos verlo eternamente en el Cielo.
"Tres palabras para recordar y meditar esta semana"
Cautiverio en Babilonia: Se conoce con este nombre al periodo en que parte considerable de los habitantes del Reino de Judá, estuvieron exiliados en Babilonia. Esto comenzó inmediatamente después de la toma de Jerusalén y la destrucción del Templo por Nabucodonosor II; finalizando en el año 538, con el edicto del rey persa Ciro, quien permitió que los judíos volvieran a su tierra de origen. Este exilio duró 70 años y fue un tiempo muy duro para el pueblo de Israel, como describen en el libro de las “Lamentaciones”; fue un tiempo de arrepentimiento, de vuelta a Dios, movido por el sufrimiento que pasaron. Israel se dio cuenta de la magnitud de su pecado, de que había abandonado al Dios verdadero y su Ley de vida; comprendieron que habían hecho el mal, que habían robado, idolatrado, asesinado, etc. Así pues, arrepentidos, declararon a Dios como Señor de la historia y le suplicaron que tuviera misericordia de ellos (Contenido original «Exilio y Salvación» accesible en «https://www.cursocatolico.com/historia-de-salvacion/exilio-y-salvacion/». Propiedad de Curso Católico «www.cursocatolico.com» bajo la licencia CC by-nc-nd 4.0.
Sacerdote: Proviene del latín “sacerdos” y éste de “sacer” = sagrado. El Sacerdote es el ministro del culto divino y en especial del mayor acto de culto, el Sacrificio Eucarístico. En este sentido, toda religión tiene sus sacerdotes, que ejercen funciones sacerdotales más o menos elevadas, como intermediarios entre el hombre y la Divinidad (Heb. 5,1: "porque todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados”). Puede distinguirse entre dos tipos de sacerdocio, el ministerial, reservado a aquellos varones que, por su configuración con Cristo, poseen este ministerio otorgado mediante el Sacramento del Orden; y el sacerdocio común de los fieles, que todos recibimos en el Bautismo. La vocación del Sacerdote, cuyo nombre más preciso es el de Presbítero, consiste en el servicio a Dios y a la comunidad; su ministerio es eclesial, su función es coordinar y presidir el culto, así como enseñar e impartir los Sacramentos.
Jerusalén: Significa “Ciudad de la paz”. Jerusalén está situada al noreste del Mar Muerto. Fue conquistada por el Rey David, quien trasladó ahí el Arca de la Alianza y la convirtió en sede del reino (2Sam 5, 6 – 6, 23). Salomón construyó en Jerusalén el majestuoso templo y, desde entonces, se constituyó en la capital político-religiosa de Israel (1Re 6, 1ss; 8, 1ss). El templo se convirtió en el centro de toda la vida religiosa. Otros nombres con los que se refieren a Jerusalén es: Monte Sión, Salem, Ciudad de David, Ciudad de Dios, Ciudad Santa (Is 29, 1ss). Recibe además los títulos de “novia” (en cuanto a amada por Dios, alegre y festiva); “madre” (de sus habitantes), “viuda” (por la muerte de sus ciudadanos); en el Nuevo Testamento se habla de una redención de Jerusalén y de una Jerusalén celestial, nueva, definitiva, símbolo de la Ciudad de Dios, purificada de toda mancha (Ap 21-22). Tomado de Diccionario Bíblico, P. Martín Solórzano Solórzano, fmap.
