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Maíz pigmentado, una apuesta para hacer frente al cambio climático

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Foto(s): Nadia Altamirano Díaz
Nadia Altamirano Díaz

Magdalena Apasco, Etla, Oaxaca.- Cuando otros productores han abandonado la actividad agrícola por el incremento en el precio de los insumos, la pérdida de fertilidad en los suelos y los cambios en los patrones de lluvia, Hugo y su padre Celso intentan en cada ciclo que la siembra de maíces (zea mays) pigmentados sea la vía para lograr la autosuficiencia alimentaria y derrotar momentáneamente al cambio climático.

Apenas en junio ambos sembraron tres cuartos de hectárea con alfalfa y maíz blanco intercalado con calabaza y frijol, en el sistema milpa.

En otro cuarto de hectárea siembran maíz amarillo criollo y otro tanto igual del mismo color, pero mejorado, del que no podrán extraer semilla, pero que les dará un mejor rendimiento.

En otros mil metros de tierra recién sembraron maíz negro y en una superficie similar maíz rojo para obtener la semilla que por falta de mercado en décadas atrás los productores sustituyeron por maíz blanco.

“Al que se le destina mayor superficie, es al maíz blanco”, reconoce Hugo Miguel Cruz, quien tiene claro que si en algún momento tienen un exceso, “de lo que ocupamos y nos sobra un poco”, se puede comercializar a diez pesos el kilogramo.

Los maíces de color o pigmentados, “si los buscan, pero su rendimiento es menor” y aunque el precio aumenta en un 30 por ciento en comparación con el blanco, todavía hay dificultades para hacerlo económicamente redituable.

 

 

Política en contra

El ingeniero Carlos Barragán García, quien como colaborador del Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo (CIMMYT) asesora a Celso y a su hijo Hugo, entiende la disminución en la siembra de maíces pigmentados o de colores por la política pública que imperó en los años setenta, en el siglo pasado.

“Cuando se formaron los centros de acopio de maíz se privilegió la comercialización de maíz blanco que, en combinación con el auge de Maseca (empresa que comercializaba harina de maíz para tortillerías) todo empezó a girar en torno al maíz blanco y el amarillo se empezó a destinar a la ganadería y los azules o rojos se dejaron casi de sembrar”, recuerda.

Ambos factores fueron determinantes para que a falta de mercado, los productores dejaran de sembrar maíces de colores hasta que en conjunto, la producción en Oaxaca llegó a ser inferior al 30 por ciento, predominando el maíz blanco.

 

 

Variedad de razas

El investigador del  Instituto Nacional de Investigaciones Forestales, Agrícolas y Pecuarias (Inifap), Flavio Aragón Cuevas, ha realizado estudios detallados de las 35 razas de maíz que se siembran en Oaxaca, lo que representa el 70 % de la diversidad existente en México.

Entre las colectas que ha realizado, ha encontrado “una alta diversidad en colores de grano”, pero en el 62.9 por ciento predomina el maíz de color blanco, en un 20.1 por ciento el amarillo, en un 7 por ciento el azul, en un 3.4 por ciento el negro, en un 2 por ciento el naranja y sólo con 1.4 por ciento el rojo, además de que 2.75 por ciento de las colectas no tienen reporte del color.

En medio del auge gastronómico que los maíces pigmentados o de colores alcanzan, sobre todo en el mercado internacional, gradualmente los productores buscan volver a preservar la semilla que es más resistente a las condiciones de baja fertilidad de los suelos y requiere menos cantidad de lluvia.

“Tienen muchas riquezas en términos biológicos y sus características son muy adecuadas para el tipo de suelos en Oaxaca, sobre todo en laderas, además de que continúen antioxidantes que previenen en algún tipo de cáncer”, resalta Carlos Barragán.

A través del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) y el Centro de Investigación y Asistencia en Tecnología y Diseño del Estado de Jalisco (CIATEJ), Barragán García participa en la implementación del esquema de formación Programa Interinstitucional de Especialidad en Soberanías Alimentarias y Gestión de Incidencia Local Estratégica (PIES Agiles).

Con este esquema, se busca que a través de acciones de investigación y acción participativa se busca que productores como Hugo y Celso produzcan alimentos basados en prácticas agroecológicas.

 

 

Más trabajo

Para lograrlo, Hugo está dispuesto a sacrificar rendimiento, ya que en vez de las seis toneladas de maíz que podría obtener de una hectárea en la que siembre maíz mejorado o híbrido “con bastante fertilizante” sintético, prefiere mantener una producción de maíces pigmentados para autoconsumo con dos toneladas por hectárea.

Décadas atrás, cuando Celso era joven, hacer producir el campo no presentaba tanta dificultad, “aunque lo hacíamos más rústico y era tradicional con la yunta, se daba, porque llovía suficiente, lo más difícil que estamos viviendo actualmente es que no hay agua”.

No se abastecen del agua de la presa que existe en este municipio, pero su nivel inferior a la mitad de su capacidad en plena temporada de lluvia, permite saber que las condiciones climáticas dejaron de ser favorables para la producción.

Así como las fechas de la temporada de lluvia cambiaron, Celso y Hugo también retrasaron la siembra y en vez de hacerlo en mayo, en este ciclo lo hicieron en junio.

El problema, coinciden, es que ahorita, que la planta empieza a crecer, el agua que cae con la lluvia es insuficiente y si vuelve a llover en gran cantidad en septiembre, cuando el maíz ya espigó, sólo será para “hacerle daño”.

Por ciclo, para que una planta de maíz se desarrolle de manera óptima, requiere 600 mililitros de agua, pero en esta zona la lluvia sólo le otorga entre 400 y 500 mililitros.

Hugo, Celso y Carlos coinciden en que los maíces rojos, negros, azules, amarillos y de otros colores son más resistentes a ese cambio climático que pone en jaque la producción para permitir el sustento alimentario, el problema es que todavía no hay incentivos en el mercado local para que se vuelva rentable. 

 

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