Juan Emanuel apenas tiene siete años de edad, pero dentro de su pequeño corazón late una fe inmensa, heredada de generaciones y sostenida con cada paso que da durante la procesión de estandartes y relicarios.
La tradición, tan solemne como colorida, reúne cada año a devotos y devotas de todas las edades que, con profunda espiritualidad, salen a las calles a manifestar su amor por Dios y por sus comunidades.
“Hace un año lo llevé a ver una procesión y él me pidió que le hiciera un estandarte para poder participar”, relata con ternura su madre, María Guadalupe, mientras lo observa avanzar con firmeza.
Significado del estandarte
El estandarte que porta Juan representa a la iglesia de San Juan Chapultepec y lleva en su centro el relicario de San Juan Bautista, una imagen que, según su madre, él mismo eligió por considerarla muy especial. El peso de su estandarte, que ronda los cinco kilos, no es impedimento para que lo cargue con entereza. Entre el terciopelo, el mástil y la imagen, parece sostener también una responsabilidad espiritual que lo llena de orgullo.
En el caso de los adultos, los estandartes pueden llegar a pesar hasta 70 kilos. Su manufactura se distingue por el uso de terciopelo y bordados elaborados a mano, los cuales se combinan con relicarios de gran tamaño que representan a la vocación de cada templo. Estas piezas no sólo son objetos litúrgicos; son también arte textil, testimonio de la riqueza cultural de Oaxaca y de la devoción que ha perdurado a través de los años.
Origen de la tradición
Esta tradición tiene su origen en 1979, cuando un grupo de mayordomos de los barrios más tradicionales de la ciudad de Oaxaca decidió reunirse. Aquel año, se contabilizaron 72 estandartes, y desde entonces, la procesión ha ido creciendo no sólo en número, sino también en simbolismo. Hoy, los estandartes representan a diversas parroquias, barrios y comunidades de la capital y del estado: un mosaico de fe y pertenencia.
Fernando Mendoza Jiménez, presidente de la Hermandad de Estandartes y Relicarios del Santísimo Rosario de la Arquidiócesis de Antequera Oaxaca, señala que esta procesión, dedicada al Señor de las Tres Caídas, es una de las manifestaciones religiosas más importantes previas al Jueves y Viernes Santo.
Señor de las Tres Caídas
La imagen del Señor de las Tres Caídas avanza sobre la Avenida Venus, acompañada por la música de banda tradicional. Es un momento de comunión espiritual que fortalece el tejido comunitario.
“La fe y el agradecimiento a Dios por todos los favores recibidos a lo largo del año es lo que nos mueve a salir en procesión”, explica Fernando. Esta expresión religiosa, aunque profundamente espiritual, también tiene un carácter cultural. Cada estandarte es una pieza única, elaborada con esmero por las comunidades, y cada uno cuenta una historia.
Estandarte de San Pedro
Lucía Viridiana Morales Hernández es una de esas historias. Ella porta el estandarte de San Pedro, tradición que le fue inculcada desde pequeña por sus abuelos. “Desde los tres años participo en las procesiones. Empecé con un estandarte pequeño, y no he dejado de hacerlo desde entonces”, dice con orgullo. Este año, como en muchas otras ocasiones, su petición fue por salud y trabajo para su familia. “Aunque no hemos pasado por una situación difícil, siempre es necesario tener el amor a Dios”, comenta.
A lo largo del recorrido, los portones de las casas se abren. Familias enteras salen a observar el paso de los estandartes. Algunos hacen la señal de la cruz; otros lanzan bendiciones en voz baja. Los estandartes, además de su sentido religioso, cautivan por su belleza visual: bordados con hilos dorados, flecos, símbolos e imágenes que hablan de identidad, pertenencia y resistencia cultural.
Niños con estandartes
Miguel Ángel Martínez, de 14 años, porta el estandarte dedicado a San Martín de Porres. “Participo por devoción. Esto me lo inculcaron desde pequeño”, dice. Para él, la fe es guía. Su principal petición: seguir con éxito sus estudios y encontrar un buen camino. La procesión, dice, le permite fortalecer su relación con Dios y recordar que hay un propósito más allá de lo material.
Luis Manuel Díaz González, originario de Santa María Ixcotel, tiene 52 años y forma parte de la hermandad desde hace 13. “Nos gusta mostrar los relicarios que pertenecen a nuestra comunidad. A mí me mueve la fe. Mis padres me criaron en la fe católica, y ahora yo trato de enseñarla a mis hijos”, comenta. Para Luis Manuel, la tradición es también una forma de enseñar valores y fortalecer los lazos familiares.
En medio de la adversidad que vive el mundo, María Guadalupe considera que la fe es un refugio. “Es necesario pedirle a Dios que nos ayude, que nos dé entendimiento y sabiduría para saber guiar a nuestros hijos por el buen camino, darles un buen ejemplo”, dice. Para muchas familias, participar en esta procesión es también una forma de sanar, de encontrar consuelo y de reconectarse con su espiritualidad.
Quienes participan aseguran que este momento les permite meditar sobre sus errores, agradecer lo vivido y retomar el camino hacia una vida más consciente, más justa, más en paz. En cada paso que dan, en cada estandarte que cargan, no sólo llevan imágenes religiosas, sino también los deseos, las plegarias y la historia de su comunidad.
