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Cultivan flor de perrito en temporada de frío en San Antonino

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Foto(s): Emilio Morales Pacheco
Nadia Altamirano Díaz

La ternura con la que habla Rodolfo Santiago López de la flor de perrito (Antirrhinum majus), que siembra en una parcela de San Antonino Castillo Velasco, contrasta con su ruda complexión moldeada por el trabajo diario en el campo:

“Siento alegría que estoy vivo; pienso en Dios; que Dios nos las brindó, y pienso en mi familia; porque es un sustento para mi esposa y mis hijos”, dice, con una voz gruesa y tranquila, al referirse al momento en el que corta las flores que sembró cuatro meses atrás.

Para otras festividades

La temporada de muertos pasó y con ella la demanda de flor de cempasúchil y borla que en los campos de San Antonino, a 35 kilómetros de la Ciudad de Oaxaca, creció en abundancia.

La cercanía de diciembre, pero sobre todo de las fiestas religiosas que el calendario católico marca para celebrar a la madre de Jesús, son un buen augurio para la comercialización de éste tipo de flor que mancha de colores en el campo verde de San Antonino.

“Hay mucha gente que compra esta flor para una imagen; para llevarla a Dios; también para recordar a sus muertos; se vendió ahora, pero no mucho; se vende más en diciembre; porque aquí en el Valle hay mucha mucha gente creyente, empezando con nosotros”, expresa Rodolfo antes de revisar en su memoria el calendario que le representará un incremento en sus ventas.

“Empezamos con la Virgen de Juquila”, que se celebra cada 8 de diciembre, y luego el 12 de ese mes se venera a la Virgen de Guadalupe; y seis días después a la Virgen de la Soledad, conocida como la patrona de las y los oaxaqueños, cuyo templo está a un costado de la Plaza de la Danza.

Pero en el calendario de ventas de Rodolfo, la demanda de flor de perrito no acaba ahí, se prolonga en Navidad y Año Nuevo, “con la gente que adornan sus altares” y acude a los templos católicos.

 

Buen ciclo

“Es entonces cuando se vende bastante, tenemos mayor pedido de florecitas”, relata Rodolfo con la alegría de saber que las lluvias de octubre trajeron “aliento” a una actividad que en otros años han pensado abandonar porque los pozos de donde obtienen el agua cada vez están más secos.

De esa crisis hídrica habla también Fernando Ventura Santiago, cuñado de Rolando, y con quien hace dupla para sembrar las flores de perrito, nombre común que reciben por su semejanza con el hocico de ese animal doméstico.

“En años anteriores estaba demasiado seco, ya estábamos buscando otro trabajo, pero este año, gracias a Dios, nos dio bien bonito”, afirma Fernando.

Pero el agua de lluvia que es favorable para la tierra, puede también perjudicar el largo tallo de la planta y su forma recta, restando calidad y posibilidades de venta.

La tierra en este municipio es tan próspera que los campesinos tienen para elegir entre una variedad de verduras y hortalizas para sembrar, además del maíz.

Rodolfo siembra flores tal como vio que lo hizo su padre Antonio y su abuelo Gonzálo, un ejemplo con el que también creció Sayra, su hija mayor.

Aunque a sus 23 años, Sayra ya formó su familia y tiene su propia parcela, no deja de ayudar a su padre porque le gusta, de todas las flores, las de perrito; éstas, son sus preferidas por su olor “suave” que ella siente en su olfato como cremoso, dulce y especial.

El tallo de esta flor, traída a México de la zona mediterránea que conforman los continentes de Europa, África y Asia, puede alcanzar entre 1.5 y 2 metros de altura; pero es en la punta donde se forma un racimo de flores de color blanco, amarillo, rosa, naranja o matizado, por el ir y venir de los colibríes. 

El calor trae plagas

“A esta flor le gusta mucho el agua y el frío”, expresa conocedora de los secretos del campo Sayra quien, como su padre Rodolfo, sabe que una buena cosecha depende del cuidado y la atención que se le ponga.

Lo que Sayra y Rodolfo quieren es que haga el frío necesario para que la planta crezca y florezca, porque el calor trae plagas al cultivo.

Aún con la incertidumbre climática que implica cada siembra, Rodolfo no quiere ni pensar en dejar su labor de floricultor, porque su amor por el campo parece estar en su código genético y quiere envejecer así, trabajando todos los días; como su abuelo Antonio, que días antes de morir todavía trabajó en el campo.

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