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Cocijo y el grito de la chicharra: El código sonoro de la lluvia

Cartón de Mario Robles.
Foto(s): Cortesía
Alexandra Zolorio

En el corazón de los Valles Centrales, el aire se vuelve denso y el calor parece inamovible. De pronto, un zumbido eléctrico y persistente rompe la calma: es la chicharra. Para el habitante de la ciudad, es solo ruido ambiental; para el campesino y el heredero de la tradición zapoteca, es el "telégrafo" de Pitao Cocijo, el dios del rayo y la tormenta.

El llamado del rayo

Desde tiempos prehispánicos, la cosmogonía zapoteca ha colocado a los animales como interlocutores de lo divino. Pitao Cocijo, la deidad de rostro de jaguar y lengua de serpiente que rige las nubes, no actúa en silencio. Según la tradición, las chicharras son sus mensajeras directas.

Cuando estos insectos emergen de la tierra para entonar su estridente coro, la creencia popular dicta que están "llamando" a la lluvia para aliviar la sed de los campos de maíz. No es una coincidencia: en el pensamiento indígena, el canto es una oración que activa el poder de Cocijo, quien responde con el trueno y, finalmente, con el agua que garantiza la vida.

La ciencia tras el "milagro"

Aunque la leyenda atribuye el canto a una petición divina, la biología ofrece una explicación que, lejos de contradecir el mito, lo complementa. Las chicharras son insectos ectotérmicos; su actividad depende estrictamente del calor.

Científicamente, su ciclo de reproducción se activa con el aumento de la temperatura y la humedad atmosférica, factores que preceden a las tormentas de verano. Los machos hacen vibrar las membranas de su abdomen (timbales) precisamente cuando las condiciones son ideales para que el sonido viaje mejor y atraiga a las hembras. Así, la chicharra no "causa" la lluvia, pero es un termómetro biológico tan exacto que rara vez falla en su pronóstico.

Un puente entre dos mundos

Hoy en día, este fenómeno sigue siendo un punto de encuentro entre la fe y la observación. Mientras los meteorólogos analizan mapas de presión, en las comunidades rurales se sigue escuchando el árbol de casuarina o el huaje: si la chicharra "grita", la siembra está a salvo.

El canto de la chicharra es, en última instancia, el recordatorio de que la naturaleza tiene sus propios ritmos. Ya sea como un proceso biológico de apareamiento o como el anuncio sagrado de que Cocijo ha escuchado las súplicas de su pueblo, este sonido sigue siendo la banda sonora de la esperanza en cada temporada de sequía.

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