El tamaño de Rulfo

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Rulfo sostuvo un encuentro con Jorge Luis Borges en la ciudad de México, en 1973.

Juan Rulfo (nació en Sayula, Jalisco, 1918; falleció en Ciudad de México, 1986) es considerado uno de los más notables escritores mexicanos del siglo XX a pesar de su breve producción literaria publicada: “El llano en llamas” (1953), un libro de cuentos conformado por 17 relatos, y “Pedro Páramo” (1955), novela centrada en el mítico Comala, lugar en que confluyen la nostalgia y las pasiones de vivos y muertos.  

Esta obra ocupa un lugar preponderante dentro del llamado Boom de la literatura hispanoamericana de los años 60.

El mexicano fue de los precursores del denominado “realismo mágico” en que lo fantástico e irreal conviven con lo cotidiano, e influyó en autores latinoamericanos como Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa.

Él mismo reconocía que “Pedro Páramo” pasó de ser una novela mexicana a convertirse en universal: “Yo narro la búsqueda de un padre, como una esperanza. Como quien busca su infancia y trata de recuperar sus mejores días, y en esa búsqueda no encuentra sino decepción y desengaño”. 

Para establecer la justa dimensión de Rulfo, podemos recordar el encuentro que sostuvo con Jorge Luis Borges en la Ciudad de México, en 1973, donde el argentino lo reconoce diciendo: “Le voy a confiar un secreto, mi abuelo el general decía que no se llamaba Borges, que su nombre verdadero era otro; sospecho que se llamaba Pedro Páramo. Yo entonces soy una reedición de lo que usted escribió sobre los de Comala”.

La infancia del autor estuvo marcada por dos tragedias temporales. A los 6 años asesinaron a su padre y cuatro años después murió su madre, por lo que fue trasladado a un internado de Guadalajara, capital del estado.

Desde pequeño descubrió a Alejandro Dumas y Víctor Hugo, y pronto se apasionó por el mundo de los libros. Decía ser un gran lector, antes que escritor. “Cuando era joven leía dos novelas diarias”, señaló en entrevista al periodista Fernando Benítez en 1980. 

En 1934 se trasladó a Ciudad de México donde trabajó en una fábrica de neumáticos y como agente de inmigración en la Secretaría de la Gobernación. A partir de 1938 viajó por algunas regiones del país en comisiones de servicio y comenzó a publicar sus cuentos en revistas literarias. 

El ojo rulfiano 

Producto de sus viajes reunió un acervo de hasta 6,000 imágenes que nos legó. En vida, su trabajo como fotógrafo fue poco conocido. Algunos señalan la afinidad visual que tuvo respecto de Cartier Bresson, con quien entabló amistad.

En vida tuvo al menos dos exposiciones, una en Guadalajara y otra en Bellas Artes. 

Una muestra del Rulfo fotógrafo la encontramos en el libro “Cien Fotografías de Juan Rulfo”, compilada por Andrew Dempsey y Daniele De Luigi, en el que retrata paisajes rurales, casi oníricos, y a la gente del campo conformando un auténtico tesoro visual, el cual se ve reflejado en su literatura.

El Luvina de Rulfo

“De los cerros altos del sur, el de Luvina es el más alto y el más pedregoso”, inicia el texto donde el escritor nos lleva a un escenario agreste y brutal, fantástico. “la loma que sube hacia Luvina la nombran Cuesta de la Piedra Cruda. El aire y el sol se han encargado de desmenuzarla... ”, continúa.

Rulfo utiliza el nombre de un sitio real para desarrollar su historia en un espacio casi irreal plagado de soledad y miseria, de ecos y espectros.  

Luvina, San Juan de Luvina, Oaxaca, existe, pero le sirve de base para contar otra cosa, a usanza de como lo hizo con Comala. En una entrevista en el programa “A fondo” con Joaquín Soler Serrano, el escritor menciona que “lo único que hay de real es la ubicación […] cualquier persona que tratara de encontrar esos paisajes, esos motivos que han dado origen a esas descripciones, no lo encontrarían”. 

El pueblo oaxaqueño es el de su mirada, memoria e imaginación.