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Mundial, home office y la peligrosa celebración de la mediocridad

Cartón: Mario Robles.
Foto(s): Cortesía
Rodolfo Ríos Reyes

México acaba de enviar un mensaje preocupante al mundo. Y no tiene que ver con el futbol.

Mientras las principales economías compiten por inteligencia artificial, semiconductores, innovación tecnológica, investigación científica y productividad laboral, el gobierno mexicano decidió decretar teletrabajo y suspensión de clases para facilitar la movilidad durante algunos partidos de la Copa Mundial de la FIFA 2026.

La medida fue publicada el 16 de junio en el Diario Oficial de la Federación y establece esquemas de home office para dependencias federales en la Ciudad de México y Guadalajara, además de suspender actividades escolares en determinadas fechas con motivo de los encuentros mundialistas. Entre ellos, el partido Uzbekistán-Colombia del 17 de junio en la Ciudad de México; el México-Corea del Sur del 18 de junio en Guadalajara; y el México-Chequia del 24 de junio nuevamente en la capital del país.

Oficialmente, el argumento es razonable: reducir congestionamientos, mejorar la movilidad urbana y garantizar la seguridad vial durante eventos masivos.

Sin embargo, el problema de fondo es mucho más profundo.

Porque cuando un país paraliza parcialmente actividades gubernamentales y educativas para acomodar un espectáculo deportivo, termina enviando señales culturales que trascienden el simple futbol.

La pregunta incómoda es inevitable: ¿qué prioridad tiene realmente la educación en México?

Los resultados internacionales no son precisamente alentadores. En la prueba PISA 2022, México se ubicó por debajo del promedio de los países de la OCDE en matemáticas, lectura y ciencias. Más de la mitad de los estudiantes mexicanos no alcanzaron niveles mínimos de competencia matemática. El rezago educativo provocado por la pandemia todavía no ha sido recuperado completamente y millones de alumnos presentan deficiencias importantes en comprensión lectora y razonamiento lógico.

En ese contexto, suspender clases por un partido de futbol parece una señal desafortunada.

No porque una jornada escolar vaya a cambiar el destino del país.

Sino porque fortalece una narrativa peligrosa: la del entretenimiento por encima de la formación.

Los países que hoy lideran la economía mundial construyeron una cultura donde el conocimiento es una prioridad nacional. Corea del Sur —curiosamente uno de los rivales de México en este Mundial— transformó en apenas medio siglo una nación devastada por la guerra en una potencia tecnológica gracias a una obsesión colectiva por la educación, la disciplina y la innovación.

Mientras Corea exporta microchips, inteligencia artificial y tecnología de punta, México suspende clases para ver un partido contra Corea.

La comparación es incómoda, pero necesaria.

El problema tampoco es el home office en sí mismo.

Diversos estudios de la Universidad de Stanford, encabezados por el economista Nicholas Bloom, han demostrado que el trabajo remoto puede incrementar la productividad bajo ciertas condiciones, especialmente cuando existe planeación, objetivos claros y una cultura organizacional madura.

Pero aquí el teletrabajo no se decreta para impulsar la transformación digital del Estado, reducir emisiones contaminantes o modernizar procesos burocráticos.

Se decreta para un partido de futbol.

Y esa diferencia es enorme.

La señal institucional importa.

Los símbolos importan.

Las prioridades importan.

México lleva años enfrentando problemas estructurales de competitividad. El país registra bajos niveles de inversión en investigación y desarrollo, una reducida generación de patentes respecto a economías comparables y una productividad laboral que crece a ritmos insuficientes para cerrar brechas con los países desarrollados.

Al mismo tiempo, la conversación pública suele concentrarse más en espectáculos, celebridades, polémicas deportivas y escándalos virales que en educación, ciencia o innovación.

El decreto mundialista no crea ese problema.

Pero sí lo refleja.

Y quizá también lo profundiza.

Porque el mensaje implícito parece ser que un evento deportivo merece más flexibilidad institucional que muchas actividades académicas, científicas o culturales que rara vez reciben semejante atención gubernamental.

Nadie discute la importancia económica del Mundial.

Se estima que la Copa del Mundo generará miles de millones de pesos en derrama económica, turismo e inversión en infraestructura. Las ciudades sede tienen la obligación de garantizar movilidad y seguridad. Eso es incuestionable.

Lo discutible es que México siga celebrando soluciones temporales para problemas permanentes.

Si la movilidad urbana colapsa por un partido, el problema real no es el futbol.

Si la única forma de evitar congestionamientos es suspender clases y enviar trabajadores a casa, el problema real no es el Mundial.

El problema es que seguimos sin resolver de fondo nuestras deficiencias urbanas, educativas y productivas.

Las naciones desarrolladas aprovechan eventos globales para mostrar fortaleza institucional.

México corre el riesgo de mostrar exactamente lo contrario.

Y mientras millones celebran la comodidad del home office mundialista, quizá valga la pena preguntarse qué país queremos ser cuando se apaguen los reflectores, termine el torneo y las cámaras internacionales se marchen.

Porque los goles duran noventa minutos.

Pero las decisiones culturales duran generaciones.

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