Por Gerardo Gutiérrez Candiani
Ya son muchos meses con datos adversos de inversión. Por su consistencia y lo que nos dicen en términos relativos, apuntan a un problema estructural con implicaciones cada vez más tangibles. De entrada, un notorio estancamiento de la economía y su capacidad de crecimiento, rasgo distintivo del sexenio pasado que puede acabar siéndolo del actual si no se actúa ante los retrocesos traspasados por el antecesor y asignaturas pendientes de larga data.
Así lo confirman los Indicadores de Oferta y Demanda Global Trimestral del Inegi: excluyendo al 2020 de la pandemia, la inversión privada tuvo en 2026 el peor inicio de año desde el 2009 de la crisis global.
En el primer trimestre, la formación bruta de capital fijo privado bajó 3.5% respecto al último cuarto de 2025. Para comparar, usando esa variación trimestral simple, Estados Unidos creció 1.6% en el mismo periodo. A tasa anualizada, como se registra allá, la contracción trimestral en nuestro país sería de -13.3%, contra un aumento anualizado de 6.4% del otro lado (su modelo proyecta la variación anual con el ritmo del periodo).
Allá hay un poderoso detonante por el gasto en tecnología, centros de datos e infraestructura eléctrica para el boom de la inteligencia artificial. En México, en cambio, se acumularon inhibidores que frenaron dinámicas de inversión tan relevantes como el auge energético posterior a las reformas de 2014.
Ya son seis descensos trimestrales al hilo en la inversión privada. Haciendo de nuevo a un lado el atípico 2020, el de enero a marzo es el mayor, en general, desde el cuarto trimestre del 2012.
Para dimensionar lo que exponen estos datos, consideremos, primero, que el sector privado aporta más de 86% de la inversión fija total (privada y pública). En seguida, que esto equivale al 21% del PIB, muy lejos del 24% que se estima es fundamental para crecer a tasas de 4%, en vez del 2% de promedio histórico. Más distante aún de la meta del Plan México de 25% y hasta 28% al 2030, algo necesario, pero que difícilmente ocurrirá sin ajustes en el camino en que vamos.
Por lo pronto, con la inversión a la baja, ni siquiera hemos crecido al ritmo “neoliberal” criticado por el anterior gobierno: de 1994 a 2018 el promedio anual fue 2.5%; entre 2019 a 2025 no llegó a 1 por ciento.
La comparación con Estados Unidos es igualmente elocuente en este aspecto: tras una sintonía de 1994 a 2018, cuando ellos también avanzaron al 2.5% anual, duplicaron nuestro desempeño de 2019 a 2025, con un 2.1% anual.
Si la inversión se asienta en los bajos niveles actuales, podríamos estar ante una larga noche, ya no de bajo dinamismo: de estancamiento y desequilibrios incrementales en las finanzas públicas, con ingresos fiscales insuficientes y empantanados, al contrario que los gastos al alza.
En porcentaje del PIB, la inversión está muy por debajo del consumo, que representa más de 70%, pero es la clave para que haya más crecimiento sostenible, y con éste, bienestar perdurable. Como resaltó recientemente Macario Schettino en su columna, a diferencia de Japón, Alemania, Corea del Sur o China, que para su expansión invirtieron más, aun a costa de acotar el consumo, en México vamos al revés, gastando más e invirtiendo menos.
Ninguna economía logra sostener incrementos del bienestar social únicamente mediante el consumo: se requiere inversión para elevar productividad, empleo e ingresos salariales y tributarios que los hagan sostenibles.
Los países que han logrado tasas de crecimiento elevadas y sostenidas para recortar sus brechas de desarrollo y bienestar colocaron a la inversión como prioridad. En México, en los últimos años, voluntaria o involuntariamente, se ha hecho más para limitarla que para acrecentarla, tanto la extranjera directa (IED) como la nacional, que –suele olvidarse– pone más de 90% del total.
En este sexenio ha habido un esfuerzo de reactivación con el Plan México, pero ha sido insuficiente ante el legado negativo del predecesor y no atiende los problemas específicos de la mayor parte de las empresas mexicanas. La incertidumbre por la revisión del TMEC es lluvia sobre mojado.
Para cambiar la dinámica e incentivar la inversión productiva, lo primero es tener bien claras las causas que están determinando su descenso, tanto externas como internas.
En esta ocasión nos concentramos en el frente externo y en lo que sí está en nuestra cancha al respecto, más allá de la negociación comercial. En otra oportunidad analizaremos los factores que afectan sobremanera a las Pymes, como el encarecimiento de la formalidad económica, y con éste, una barrera más alta de acceso al crédito.
Aunque representa menos del 10% de la inversión total en el país, la IED tiene una relevancia crucial como tractora. En este terreno, el apogeo de la narrativa y el entusiasmo por el nearshoring alcanzó su punto máximo en el 2023, pero éste no se dio en la magnitud esperada y puede ya no ocurrir si no hay cambios.
Los récords en la IED ensalzados por el gobierno son reales, pero la llegada de capital fresco de empresas nuevas está en niveles históricamente bajos, como resaltan think tanks como el IMCO y México ¿Cómo vamos? Apenas 7% del total en el último reporte de la Secretaría de Economía (94% es reinversión de utilidades), cuando en la década pasada fluctuó entre 25 y 35 por ciento.
Imposible librarnos de las consecuencias del retroceso en reformas estructurales, el deterioro en la certidumbre jurídica por cambios constitucionales al Poder Judicial y organismos reguladores y, como comentamos en el artículo sobre el nuevo acuerdo con la Unión Europea, la falta de una agencia federal de promoción de inversiones desde hace casi ocho años.
Hoy estamos ante un “círculo vicioso”: la escasez de inversión nacional y un motor clave de la IED operando al mínimo reducen el crecimiento económico y esto desincentiva aún más la inversión.
Para salir del atolladero se necesitan ajustes en estrategia, políticas y narrativa. Estamos a tiempo, pero, como indican los datos, urge actuar.
