Como si fuera una copia, pero “mal hecha de una mujer”, toda su vida le han cuestionado la autenticidad de su identidad de género. Durante seis años habitó “en el limbo”.
La mayoría de personas se negaban a llamarla Rebeca o a darle un trato de mujer.
Su posición laboral en el Instituto Nacional Electoral (INE) le impide asumirse como activista, pero sí se reconoce como el primer caso visible de una mujer trans feminista que durante su estancia en ese órgano federal transitó de hombre a mujer.
Trans, del otro lado del sexo
Vivir seis años "en el limbo", la fortaleció. FOTO: Emilio Morales
El maquillaje es ligero en su rojotro. Los lóbulos de sus orejas están desnudos. El armazón de los lentes combina con un collar hecho de semillas. El cabello es lacio y llega hasta donde empieza su huipil de manta coloreada con detalles verdes. Un pantalón de mezclilla. Los zapatos de plataforma corrida y el bolso son de color oscuro.
Para hablar de ella elije un espacio público, alejada de la intimidad de su casa o del trajín de la oficina. Quien no la conoce y la ve, asume que es una mujer y ella lo sabe, más no siempre fue así. Años atrás “era leída socialmente” como un hombre, pero afeminado, como “jotito”.
Su pasado lo va reconstruyendo “cada que lo cuento”. Ahora no repite esos lugares comunes de que “era una mujer atrapada en el cuerpo de un hombre”. Ni transgénero ni transexual, huye de ambas palabras que tienen “un halo de morbo”.
Luisa Rebeca Garza López se asume como mujer, trans y feminista. Usa “trans” en un sentido político y un concepto más amplio, que pone en conflicto o problematiza la diferencia sexual como un orden natural a partir del cual se construye la sociedad.
La veracruzana "trans"
Habla con fluidez y apasionamiento, siempre adelante, cansada de que las otras personas se sientan con el derecho de preguntar sobre “lo que hay” en sus piernas.
Tampoco le gusta mencionar su “nombre de niño”, porque para ella no tiene importancia y “refuerza el sensacionalismo del cambio de sexo”.
1 de cada tres personas trans género vive en la pobreza
10% recibió una respuesta violenta de su familia
45% no pueden encontrar trabajo
60% no usa baños públicos por temor a ser atacados
25% han sido atacados fisicamen
15% han sido atacados sexualmente en la escuela
FUENTE: Centro Nacional para la Igualdad de la población transgénero (NCTE por sus siglas en inglés) de Estados Unidos
Nació hace 39 años en Veracruz, pero cuando tenía siete años su familia se mudó a Nuevo León. Ahí empezó a cursar el tercer año de primaria. A los 18 años rompió con las expectativas sociales de su familia, se asumió como mujer trans.
En la Facultad de Contaduría y Administración de la Universidad Autónoma de Nuevo León, en diciembre de 1999, concluyó la licenciatura en Administración, con acentuación en mercadotecnia.
"No contratan a 'jotitos'"
Ser “matadita” le permitió un promedio de 9.4, pero al momento de buscar empleo en nada le ayudó, su apariencia era más fuerte. “Era un hombre de 45 kilos, afeminado, y la gente seguro pensaba que no tenía espacio ahí porque no contrataban jotitos”, recuerda.
Desde la infancia se enfrentó a la discriminación, le pedían que “hablara como niño”. En la adolescencia “era leído” como un hombre gay muy femenino. En la juventud usar “ropa andrógina” hacia que la gente dudara de si era hombre o mujer.
Que el proceso para ingresar al Instituto Federal Electoral (IFE), hoy INE, la convirtiera en un “folio sin sexo”, le ayudó a obtener su plaza de vocal de capacitación electoral y educación cívica.
La mujer, con un collar entre las manos, teje y entreteje su historia. FOTO: Emilio Morales
En 2001 se volvió funcionaria electoral en el estado de Puebla. Logró la libertad de vivir sola y “empezar a transitar”, ese movimiento que le permitió pasar de un género a otro.
Inicia el camino
Su contacto con una comunidad virtual transgénero en el 2005 la acercó al proceso tradicional para ser la mujer que sentía ser. Lo primero que hizo fue acudir con un psicoterapeuta para que lo diagnosticara con disforia de género, empezó su terapia de reemplazo hormonal, decisiones que ahora critica y cuestiona.
Un año después de esa teoría hormonal “la gente inevitablemente decía que era mujer”, había desarrollado los caracteres secundarios del sexo con el que se identificaba, implicó también externarlo en su trabajo para que se le reconociera como mujer.
Que sus datos y documentos de hombre no coincidieran con su apariencia provocaba momentos incómodos y vulnerables: en viajes de trabajo debía compartir cuartos con hombres, su nombre era uno, pero su imagen otra.
Cuando concursó para cambiar de vocalía y, en 2011, viajar a Baja California, las críticas transfóbicas de un reportero la inhibían a hacerse visible. “Los tres años que estuvé ahí se refería a mí como ‘el hombre vestido de mujer´o el ´travesti´, eso me pegó mucho y descubrí que, aún con mi historia de privilegios, era muy vulnerable”.
Tras un juicio caro y una demanda al Registro Civil de Veracruz, en 2015 logró que su acta de nacimiento se corrigiera. Dos años antes, en 2013 llegó a la vocalía ejecutiva del INE en Oaxaca, a invitación del consejero presidente de ese entonces.
Privilegios
En todo el tiempo su discurso está politizado, plagado de conceptos, pero no hay un solo dejo de conmiseración.
Si contrapone su historia con las estadísticas que señalan que el promedio de vida para las personas trans es de 35 años o que el 98 por ciento se enfrenta al desempleo que las orilla al trabajo sexual, o los transfeminicidios, para ella su vida es un privilegio.
Sabe que por ser mujer trans llama la atención porque “es poco común que una persona pase de un género asignado a otro”.
Acepta que se acerquen a mirar su historia con una intención clara: ser un espejo para que, quien le mire, se cuestione su propia historia.
