Esta es la horrenda historia de la condesa húngara, Elizabeth Báthory, que asesinó a más de 600 mujeres para lograr la belleza eterna con su sangre.
En las oscuras tierras de Transilvania, los cuentos y leyendas de terror acerca de vampiros y hombres lobo se entrecruzan con la horrible existencia real de hombres y mujeres que pasaron a formar parte de la triste historia de los asesinos en serie.
Una de ellas, una condesa de alta cuna, conocida con el sobrenombre de la Condesa Sangrienta, ostenta un terrible récord de asesinatos en una macabra búsqueda de la belleza. No en vano, se la considera la "peor depredadora que haya tenido la historia del crimen".
Elizabeth Báthory nació en Nyírbátor, Hungría, el 7 a agosto de 1560 en el seno de una de las familias aristocráticas más importantes de Transilvania. Su tío Esteban I Báthory, príncipe de Transilvania, se convirtió en rey de Polonia a finales del siglo XVI.
Elizabeth recibió una amplia y exquisita educación aunque también estuvo en contacto desde su más tierna infancia con la alquimia y el esoterismo, prácticas ampliamente practicadas por algunos miembros de su dinastía.
Su compromiso nupcial desde niña
Elizabeth Báthory vivió su infancia en el castillo de Csejte. Según la costumbre, a los 11 años Elizabeth fue declarada futura esposa de su primo, el barón y luego conde Ferenc Násdasdy. A los 12 la mandan a vivir al castillo de los Násdasdy.
A los 15 años, el 8 de mayo de 1575, se casa con Ferenc, de 20, en una suntuosa fiesta.
Pero el matrimonio, aunque consumado, tiene escasa vida en común. Ferenc, llamado el Caballero Negro por su crueldad, pasa meses y hasta años, combatiendo en las muchas y frecuentes guerras territoriales.
Esposa del Caballero Negro
La existencia de la condesa se hizo tediosa y solitaria. Sin poder salir de su castillo por orden expresa de su marido, Elizabeth empezó a intentar escaparse por diversión, hecho que consiguió en varias ocasiones en las que vivió alguna que otra aventura, entre ellas, una fugaz con un excéntrico joven conocido como el Vampiro por su extraño aspecto y vestimentas.
Tras los muros de su castillo, la condesa se rodeó de extraños sirvientes con los que practicó experimentos de brujería y relacionados con la alquimia.
Entre ellos, una bruja llamada Dorotea y su antigua nodriza, Jó Ilona, quien empezó a aconsejar a su señora el uso de la sangre para evitar los efectos del paso del tiempo.
En aquel tiempo, Elizabeth ya empezó a martirizar a sus sirvientas con los más retorcidos métodos como cubrirlas de miel y dejarlas en medio de un jardín para deleite de los insectos o dejarlas en el frío invierno afuera mientras las congelaba con gélidos cubos de agua hasta convertirlas en auténticas estatuas de hielo.
En sus castillos transilvanos de Csejthe y Varannó, la Báthory tuvo todo el tiempo y la soledad del mundo para desarrollar sus aficiones hasta un grado de sofisticación sádica escalofriante.
Recién pasada una década, en 1585, Elizabeth pare a su primera hija, Anna. Y en los siguientes nueve años llegan Úrsula, Catalina y Pablo, único varón de la estirpe.
A pesar de que la maternidad la alejó de sus extrañas actividades, una obsesión rondaba su cabeza desde hacía tiempo. El inefable paso del tiempo, el envejecimiento de su cuerpo, empezaban a preocupar a Elizabeth de un modo que terminaría convirtiéndose en enfermizo.
El baño de sangre
El 4 de enero de 1604, Ferenc, luego de una batalla, muere súbitamente de una enfermedad desconocida. La condesa, entonces de 44 años, queda viuda, y se operó en ella un cambio aterrador… "como si dentro de ella viviera un demonio", según los testigos que la rodean.
La locura y sadismo de Elizabeth se desencadenó cuando una de sus desdichadas sirvientas le dio un desafortunado tirón de pelos mientras la peinaba.
Elizabeth le pegó una cachetada. De la nariz de la doncella brotó sangre, y unas gotas cayeron sobre la piel de su ama, quien creyó ver que en esa parte desaparecían las arrugas y recuperaba la tersura de la juventud.
Fascinada, como quien contempla un milagro, consultó a sus brujas y sus alquimistas. ¿Era posible? Por supuesto, no se atrevieron a negarlo.
Elizabeth ordenó a la bruja Dorotea y al mayordomo que desnudaran a la sirvienta, la degollaran, y volcaran su sangre en una bañera.
Luego, en un arrebato demencial, Elizabeth se metió en la bañera con sangre, ahuecó sus manos y también bebió el líquido hemático, presa de la excitación.
A la mente de Elizabeth volvieron las tétricas palabras de su nodriza.
Ese sería el primero de una larga lista de asesinatos para abastecerse de la sangre suficiente que le daría la eterna juventud.
En adelante, el ritual se multiplicó. En los siguientes seis años –1604 a 1610–, sus servidores debieron atrapar niñas de entre 9 y 16 años para ser sacrificadas y desangradas. Y agregó a esa bestial práctica, la costumbre de beber sangre de cuerpos vivos, mordiendo mejillas y pechos.
En su paranoica locura no se conformó pues, para no frotarse con toallas que disminuyeran el efecto de la sangre, obligaba a otras sirvientas a lamerle el cuerpo. A estas más les valía no mostrar rechazo ni repugnancia pues el castigo sería peor. Torturarlas hasta la muerte fue una práctica que no dudó en llegar a cabo la condesa.
En aquella espiral de muerte y depravación, Elizabeth Báthory se hizo con una serie de artilugios como un terrible sarcófago conocido como la Dama de Hierro en el que introducía a sus víctimas.
Era una especie de ataúd con forma de mujer y miles de afiladas púas en su interior, que al cerrarlo se clavaban en el cuerpo de la víctima.
Durante más de 10 años, los campesinos del lugar veían el carruaje de la condesa deambular por sus tierras en busca de pobres muchachas engañadas con la promesa de una vida mejor a la dura existencia del campo. Y las que se negaban, eran drogadas y obligadas a la fuerza a acompañar a Elizabeth a un castillo del que a buen seguro nunca más saldrían con vida.
A pesar de que la población cercana empezó a sospechar de la desaparición constante de muchas de sus hijas, la alta cuna de la que provenía la condesa hizo que ésta pudiera continuar con sus prácticas asesinas de manera impune.
Un error de cálculo
Pero las jóvenes muchachas se fueron terminando y la sed de sangre de Elizabeth la llevó a cometer un grave error. No dudó, desesperada por conseguir líquido para sus baños y víctimas para sus sangrientas prácticas, recurrir a jóvenes de la aristocracia.
El rey Matías no pudo ya hacer oídos sordos a las historias dramáticas que llegaban de su pariente.
Hombres del rey, dirigidos por el palatino Thurzó, decidieron investigar el caso. Cuando atravesaron los muros de Csejthe se encontraron un horrendo espectáculo de cadáveres torturados, sangre derramada y a la propia condesa disfrutando de uno de sus depravados baños.
La sentencia hecha pública el 17 de abril de 1611 condenaba a Elizabeth Báthory a ser recluida de por vida.
No corrieron la misma suerte sus cómplices quienes fueron ejecutados.
La condesa fue emparedada en su propio castillo, sin poder ver la luz del día, con una sola rendija por la que recibía algo de comida. Moría el 21 de agosto de 1614.
Terminaba así la historia de terror de la Condesa Sangrienta a quien sus más de 600 asesinatos y torturas no le sirvieron más que para sembrar el horror. La supuesta belleza que su nodriza le había prometido de poco o nada le sirvió en su tumba.


