Apenas pasado el mediodía del sofocante lunes 1 de agosto de 1966, el francotirador Charles Whitman ascendió al observador de la torre de la Universidad de Texas e inició una masacre que acabó con la vida de 13 personas y dejó, en la hora y media que duró la pesadilla, decenas de heridos. Ubicado a casi 300 metros de altura, el reloj de la torre de la Universidad de Texas, que ese año celebraba su aniversario 30, era un símbolo de la magnificencia tanto de la universidad como del estado de la estrella solitaria. Sin embargo, los 96 minutos de terror impuestos por Charles Whitman convirtieron el que se adivinaba un feliz cumpleaños en la hora más oscura de la capital del estado de Texas y, con la lluvia de fuego, el simbolismo del edificio cambió inmediatamente, convirtiéndose en un emblema de horror.
Un villano monstruoso
Los estudiantes caminaban por el campus en busca de algún lugar donde charlar, tomar un refresco o estudiar; muchos de ellos quedaron entrampados o fueron alcanzados por los proyectiles. Algunos fueron asesinados sin saber siquiera de dónde había llegado el objeto que acabó con su vida. Antes de las autoridades, fue la sociedad civil la que reaccionó. Muchos ciudadanos, en cuanto escucharon por radio la noticia de la agresión, acudieron con sus rifles para intentar mantener ocupado, o matar, al francotirador. Después, la policía también intentó hacer lo suyo, enviando incluso un aeroplano para que disparara sobre el agresor en la torre. No fue sino hasta que los oficiales de Austin, Ramiro Martínez y Houston McCoy, así como el ciudadano Allan Crum alcanzaron el observador de la torre que pudieron ver a un hombre con uniforme de marine moviéndose de un lado a otro. Dos de ellos distrajeron al francotirador, al tiempo que Martínez disparó su pistola para acabar en caliente con la vida y la angustia de Charles Whitman.
Los asesinatos masivos
El hospital Brackenridge resultó insuficiente para atender a las víctimas que llegaban por montones en las ambulancias. Los esfuerzos de los estudiantes universitarios de periodismo rivalizaron con los informadores de los medios de cobertura nacional. Los departamentos de policía de Estados Unidos decidieron crear los Equipos de Tácticas y Armas Especiales (SWAT, por sus siglas en inglés). El gobernador texano, John Connally, ya familiarizado con los francotiradores (él acompañó, tres años antes, a John F. Kennedy al momento en que éste fue asesinado por uno o varios francotiradores en plaza Dealey), comisionó un panel para estudiar exactamente por qué había ocurrido la tragedia. El presidente estadunidense Lyndon B. Johnson comenzó inmediatamente una investigación tendiente a crear una legislación de control de armas. El horror había terminado, pero la carnicería de Whitman había petrificado a la Unión Americana, la cual aún no se recobraba del brutal asesinato de ocho enfermeras en Chicago a manos del marinero Richard Speck, apenas una semana antes. El inventario de muertos de Whitman fue más grande que el de Speck, al que fue necesario añadir la madre y la esposa del francotirador, asesinadas la noche anterior de la balacera, un acto que Whitman perpetró para evitarles la pena del baño de sangre que tenía planeado.
Los eventos del 1 de agosto de 1966 significaron para la Universidad de Austin un legado trágico. Cada año los ciudadanos de la capital texana ven hacia las alturas, hasta el observador de la torre universitaria, para intentar explicarse cómo y por qué sucedió.
Tumor cerebral
Charles Joseph Whitman nació el 23 de junio de 1941 en el seno de un hogar violento de Florida. Desde niño estuvo acostumbrado a las armas de fuego y a las palizas que le propinaba su padre. En 1959 se alistó al Cuerpo de Marina de Estados Unidos y más adelante ingresó exitosamente a un programa escolar que lo condujo a la Universidad de Texas en Austin. Ahí conoció a Kathy Leissner, con quien contrajo matrimonio el 17 de agosto de 1962. También en ese año la Marina determinó que el desempeño universitario de Whitman era insatisfactorio y lo restauraron a sus deberes militares. Fue enviado a Carolina del Norte, donde enfrentó una corte marcial. Fue separado de la milicia en 1964 y regresó a la Universidad de Texas a completar sus estudios. Al momento de la masacre tenía 25 años y cursaba la carrera de ingeniero arquitecto.
Después de los hechos sangrientos de agosto 1 de 1966, la policía encontró en el hogar de Whitman una carta en la que el francotirador solicitaba que le hicieran una autopsia para descubrir “cualquier desorden físico visible”. Efectivamente, fue hallado un pequeño tumor cerebral. Algunos atribuyen a este tumor la furia y la violencia de Whitman, aunque los neuropatólogos, así como la mayoría de los expertos médicos, están en desacuerdo con la primera teoría. Otros dicen que Whitman actuó bajo la influencia de anfetaminas que tomaba para combatir el dolor de cabeza. Unos más, como el escritor Gary Lavergne, opinan que Whitman asesinó simplemente porque él había decidido hacerlo.
La masacre de Whitman
Una serie de suicidios, acompañada por el espectro indeleble de la masacre de Whitman, condujo en 1975 a las autoridades a clausurar indefinidamente el observador de la torre escolar. Pese a todo, la administración de la universidad mantiene una relación de amor-odio con la torre y su simbolismo. Y las opiniones se dividen en torno al icono arquitectónico. Por ejemplo, uno de los ex presidentes de la universidad, Peter T. Flawn, ha descrito a la torre como un “símbolo irresistible para los perturbados mentales”, mientras que el doctor William Livingston, vicepresidente de la universidad, ha declarado que representa un “fastidio seductor”.
En noviembre de 1998, 32 años después de la tragedia, las autoridades universitarias votaron en favor de reabrir el observador de la torre en respuesta a una propuesta del nuevo presidente de la universidad Larry Faulkner. El plan de Faulkner, que incluía la instalación de detectores de metal y la construcción de una “jaula de acero” para disuadir a los suicidas, fue aplicado en 1999.
