Quizás recuerde usted, aunque sea de nombre, a la madre más famosa de los escenarios contemporáneos; me refiero a la Madre Coraje y sus hijos, obra escrita por Bertolt Brecht. En ella somos testigos de las peripecias de Anna Fierling, vendedor trashumante que en el contexto de la Guerra de 30 años (1618-1648); se dedica a traficar a bordo de un carromato, distintas mercancías acompañada por sus hijos Eilif, Schweizerkas y Kattrin, la muda; cada uno de ellos, hijo de distinto padre.
La mujer, dueña de una fuerte determinación empresarial, pondera su negocio por sobre muchas cosas; aún así, no está exenta de preocuparse por la suerte de sus jóvenes hijos. En el contexto de una guerra religiosa, los varones son urgidos a incorporarse a las filas. Siendo una mujer de armas tomar, a punta de cuchillo, Madre Coraje trata de evitar que sus hijos sean enrolados; sin embargo, el canto de las sirenas es más fuerte y el mayor de ellos se enlista, llegando incluso, con el tiempo, a ser reconocido por su valor al dar muerte a cuatro campesinos y robar sus bueyes.
De esta guerra encarnizada entre católicos y luteranos, Madre Coraje sabrá sacar partido traficando en ambos bandos todo tipo de artículos, desde municiones hasta géneros, obteniendo con ello buenos dividendos. El sargento, uno de los personajes, le reprocha: “Quiere vivir de la guerra, pero también ella tendrá que dar algo a la guerra”, en clara referencia a sus hijos.
Schweizerkas, venido a contador del regimiento, es arrestado por no dar cuenta del dinero de su ejército. Aunque Madre Coraje intenta rescatarlo vendiendo su carromato, es demasiado tarde y escucha a lo lejos el fusilamiento de su hijo, del cual termina renegando para salvarse a sí misma.
Negando incluso ayuda humanitaria con tal de no perder sus mercancías, Madre Coraje ve en la guerra la fuente de su prosperidad, a grado tal que lamenta una posible tregua. Sin embargo, la guerra continúa y también sus cambios de fortuna. Madre Coraje se pone de vuelta en camino sin conocer la suerte de su hijo mayor, que será muerto a causa de la acción que en tiempos de guerra le habían premiado.
Kattrin, la hija muda, que en otras ocasiones de la obra ha dado muestras de su valor y nobleza, ante la sorpresa de Madre Coraje y con ayuda de un tambor, pone sobre aviso a la ciudad de Halle que está a punto de ser asaltada. Ese acto heroico le cuesta la vida, siendo acribillada por el enemigo. Madre Coraje se arrodilla ante su hija muerta y después de encargar su entierro mediante un pago, engancha su carro para seguir a la tropa y continuar con sus negocios.
Madre Coraje por supuesto es una obra que critica el sistema de valores cristianos. Para Brecht, ateo y comunista convencido, el hecho de que la guerra tenga un trasfondo religioso le parece perverso, así como absurdo que los hombres estén dispuestos a matarse por asuntos religiosos. Madre Coraje, en este contexto, simboliza las virtudes de la sociedad mercantilista y los costosos sacrificios que tiene que pagar para mantenerse en marcha.
