SAN JUAN BAUTISTA CUICATLÁN, Oaxaca.- En este municipio es fácil constatar los efectos del cambio climático en la agricultura. De las mil 200 cajas con 10 melones de buen tamaño que esperaba cosechar, Felix Martínez Gómez no logrará reunir ni la mitad.
De los 30 años que lleva de apostarle a este cultivo a cielo abierto, éste es el peor año; las plagas, pero sobre todo el clima extremoso, hizo que la planta no se desarrollara bien.
Como presidente del Comisariado Ejidal, tiene muy claros los números; sólo diez productores sembraron melón en una superficie global de ocho hectáreas, pues cada vez son menos quienes se arriesgan.
De las tres hectáreas que sembró, la mayoría de sus plantas “se enfermaron”; las hojas están amarillas, los melones se deformaron o simplemente no crecieron; “la cosecha será muy mala” y si acaso sólo alcanzará a recuperar el 40 o 50 por ciento de los 90 mil pesos que invirtió.
Frío y calor
Es de mañana, las nubes regordetas de agua impiden que la temperatura ascienda. Hay indicios de lluvia, pero conforme llega el mediodía, el cielo se despeja y el calor lo envuelve todo; la actividad en el campo es insoportable. Horas más tarde, el cielo se derrumba en forma de agua.
Experimentar climas extremosos en un mismo día es para Félix Martínez lo que deshace todo buen panorama de la siembra de melón a cielo abierto.
Previendo esos cambios, pasando el frío sembró sus dos primeras hectáreas el 5 de febrero; la otra la terminó el 15 de febrero, quizá fue eso lo que le dió una ventaja y las plantas están menos amarillas y los melones de mejor tamaño.
Cuando se logra la cosecha, la calidad del melón es inigualable. FOTO: Mario Jiménez
Félix camina entre los surcos, tarda un poco para encontrar un melón de la variedad navigator, pero lo consigue, lo corta y comprueba que además de buen color y consistencia, su sabor es dulce.
Si logra llenar 500 o 600 cajas con ese tipo de melón con un comprador del vecino estado de Puebla, recibirá a cambio 96 mil pesos, apenas el 40 o 50 por ciento de la inversión de este ciclo.
Más pérdidas
Que cada vez sean más las pérdidas en vez de las ganancias, hace que los productores se cuenten con los dedos de las manos.
“Hubo una superficie de cultivo de por lo menos ocho hectáreas; dentro de ellos fuimos diez productores, algunos en sociedad sembraron a medias; la situación que nos vino a dar preocupación y a desfalcar nuestros bolsillos fue que la planta enfermó, se empezó a marchitar”.
La marchitez por fusario fue tal, que algunas llegaron a morir, pero para Félix, más que las plagas, lo que afectó es el cambio climático: “Hay muchos días con muchísima calor, de repente frío y de los cultivos, pues es el del melón el que más está resintiendo, junto con el de la sandía, hortalizas como el chile y casi todo lo que se siembra a cielo abierto” (sic).
El cambio climático, fertilidad de plagas y enfermedades para el melón. FOTO: Mario Jiménez
Abandonan el mango
Por esa razón, hace unos años, Víctor Sánchez Victoria dejó de sembrar melón. Fue un intento de recuperarse de la mala racha que ha envuelto a este municipio por la depreciación del precio del mango, el cual ya carece de mercado.
Hablar de la riqueza de esta tierra le implica recordar los 30 árboles de mango manila que al año le llegaban a dar 50 toneladas, pero incluso los huertos resintieron el frío que “quemó mucha flor”.
Cuando en la región del Istmo de Tehuantepec, el mango tommy atkins empezó a ganar mercado hasta para exportación, el que produce la región de la Cañada experimentó su declive que en algunos huertos no hay quien quiera destinar tiempo para cosecharlos.
“De las 400 hectáreas que había sembradas de mango, si hay 50 es mucho; una tara o caja con 20 o 22 kilogramos llega a valer hasta 20 pesos”, expresa con desánimo.
Él ha intentado varios cultivos, como la papaya y el melón, pero dejó de sembrar por tanta plaga a cielo abierto, pues “sembrar así es un riesgo, ya no se cosecha lo mismo”
Abandonada la producción de mango; el fruto se pierde porque no hay quien lo coseche
¿Y las autoridades?
De las autoridades, los productores no esperan nada; lo que saben es que no hay quien le apueste a estas actividades primarias, a pesar de que aquí el 70 u 80 por ciento de las familias viven del campo.
Una de esas familias es la de Emma Astilleros Trejo e Isidro López Santiago. Ella, desde hace 18 años, monta un puesto a la orilla de la carretera federal 190 esperando compradores para sus cajas repletas de mangos ya maduros. A veces oscurece y nadie se detiene a comprarle.
“Yo pienso que porque todos los carros que antes aquí pasaban, ahora se van por la autopista”, opina en alusión al paso obligado por una vía que de manera serpenteante conecta a Oaxaca con Tehuacán, Puebla.
Su esposo Isidro ha considerado optar por otros cultivos, pero no tiene terrenos de sembradíos y hacerlo implicaría tumbar los 40 árboles de mango que tiene en una hectárea.
El grado de complicación para hacer producir la tierra a cielo abierto, hace que Isidro rechace la idea. Lo ideal es empezar a producir bajo un ambiente controlado, pero los productores no tienen opciones para acceder a proyectos que lo hagan posible.
