El sueño de una remontada heroica en el asfalto magiar se transformó en una amarga pesadilla para la afición mexicana. Cuando el Gran Premio de Hungría entraba en su fase más crítica y dramática, el monoplaza de Sergio "Checo" Pérez dijo basta en el giro 51 de 70, consumando un doloroso abandono que deja al tapatío nuevamente con las manos vacías en su etapa con la escudería Cadillac.
La jornada en el trazado de 4.381 kilómetros ya se perfilaba como una prueba de supervivencia extrema. Pérez venía librando una batalla sin cuartel en el medio campo, desgastando neumáticos y peleando cada milímetro en una pista donde el rebase cuesta sangre, sudor y lágrimas. Sin embargo, a solo 19 vueltas del banderazo a cuadros, la fiabilidad del auto estadounidense le dio la espalda al piloto jalisciense.
"Perdimos potencia, se acabó... no hay nada más que hacer", fue el resonante y frustrante mensaje en la radio entre el mexicano y el muro de ingenieros de Cadillac antes de enfilar el auto hacia el garaje y apagar el motor de forma definitiva.
El calvario de la adaptación y la deuda mecánica
El resultado en tierras húngaras enciende las alarmas en el entorno del mexicano y de la escudería automotriz. La adaptación al nuevo proyecto sigue cobrando un peaje altísimo los domingos de carrera:
ESTRATEGIA TRUNCADA
Checo había ejecutado una labor titánica para alargar su segundo stint, apostando todo a un cierre agresivo con neumáticos frescos para asaltar la zona de puntos en las últimas diez vueltas.
Más allá del ritmo competitivo en tanda larga, los problemas técnicos continúan siendo el talón de Aquiles de la estructura estadounidense, privando a Pérez de sumar unidades que parecían al alcance tras el desgaste de sus rivales directos.
