Por Rafael Alfonso
El teatro, desde su creación en la antigua Grecia, no ha dejado de maravillar al mundo siendo tan grande en tanto más pequeños son los recursos con los que cuenta, pues crece de manera inversamente proporcional al presupuesto que se le otorga.
El teatro es un arte que hace de las limitaciones materiales, propuesta estética y cuando lo hace con gracia –no es una exageración–, se convierte en una experiencia más satisfactoria que ver alguna súper producción hollywoodense.
Hace algunos años en Oaxaca los grandes teatros (El misteriosamente desaparecido Álvaro Carrillo, el Juárez, el Macedonio Alcalá) quedaron vedados en la práctica para el talento local, de manera que los teateros debieron recurrir a adaptar toda suerte de espacios públicos y privados como escenarios, supliendo con mucho talento la falta de infraestructura.
Era cuestión de tiempo para que surgieran por la propia necesidad, pequeños, pero muy dignos foros que permitieran a los teatreros de Oaxaca llevar a cabo su quehacer. La locomotora, la extinta Casa Ceiba, Foro La Mancha y La Candelaria, son muestra de ello.
El teatro tiene a su favor que, desde siempre, sus actores saben que (a través de su arte) deben procurar la complicidad del público para atraer a la experiencia teatral –por medio de la imaginación– todos los elementos que el escenario no puede mostrar. Una vez alcanzado este punto se puede comenzar a hablar de magia.
Como mágica describo entonces la experiencia que el sábado pasado nos brindaron Rosario Sampablo y Gustavo Martínez en "28 metros sobre el nivel del mar" con el desdoblamiento, no sólo de personajes –el cual se alcanza con un cambio de postura, de peinado, de tonos y matices de la voz o, por supuesto, de vestuario– sino también con el inteligente uso de los pocos elementos del atrezzo: un palo, una silla, un garabato y cuatro cajones.
Con esto poco y muchísimo talento, los actores nos muestran todo un pueblo al lado del mar, un mundo entero de emociones al que como espectadores podemos viajar desde nuestra silla para asistir, no a una, sino a las muchas historias que emergen de la vida y se asientan en el papel gracias a la pluma de Esmeralda Aragón. La también directora, conoce bien lo que significa adaptar los espacios más disímiles para habitarlos con teatro, por eso sabe guiar a su equipo de actores para lograr una hazaña que se antoja épica.
La obra, en manos de Rosario Sampablo y Gustavo Martínez transita por los terrenos de lo doméstico, convirtiéndolo en el espejo íntimo donde se reflejan los temas sociales de mayor calado como el despojo, la violencia y la misoginia.
Lo que sucede entre cuatro paredes, en la aparente insignificancia de una cocina, un patio o un salón de clase, es en realidad el eco de las grandes tragedias y transformaciones de nuestro tiempo. Los actores hacen honor a los muchos años dedicados a su oficio, provocando la risa, el sobrecogimiento y la reflexión al traducir la palabra escrita por Esmeralda Aragón como una entrañable experiencia sensorial que se instala en el pecho y la imaginación del espectador.
Y por si fuera poco
La noche tuvo, además del teatro lleno, un par de extras dignos de comentar: el público asistente tuvo la oportunidad de adquirir el libro El Coyul (El Cuajilote 2025), de Esmeralda Aragón que incluye tres textos teatrales de su autoría, uno de ellos, precisamente, "28 metros sobre el nivel del mar".
El otro gran detalle fue que, entre las personalidades del teatro oaxaqueño (cuya presencia siempre se agradece en las funciones), estaba la maestra Wagive Turcott, figura clave en la vida teatral de Oaxaca, quien se dio el gusto de festejar su cumpleaños viendo teatro en la Estación Morelos, donde se encuentra La Locomotora Foro Escénico.
Funciones como esta recuerdan que el teatro no vive solo del aplauso inmediato. Vive de las historias entrañables que nos juntan, y de las salas llenas que, función tras función, sostienen el trabajo de quienes, invirtiendo su tiempo, recursos y talento, han hecho de la escena su camino.
