Ante la falta de oportunidades en la Ciudad de México, el organillero Gabriel Acuña decidió, junto con su familia, viajar a la Verde Antequera, para inundarla de melodías del recuerdo, en cada uno de los rincones; esto, aprovechando que la ciudad se inundó de visitantes nacionales y extranjeros.
Con el peso de 35 kilos al hombro, camina junto a dos mujeres que sonreían a los peatones que apenas alcanzaban a comprender para qué pedían dinero, hasta ver el sudor que perlaba el rostro del organillero.