Temas como el acoso, las desapariciones y el sufrimiento atraviesan la literatura de la escritora colombiana Mariantuá Correa (Barranquilla, Colombia, 1992), quien en “Ciudad láser” (Almadía, 2024), plasma la historia de la desaparición de Soledad y con ésta sumerge a los residentes de su pensión en un torbellino de dudas y emociones turbulentas.
En este complejo escenario, la detective Gisell Horn, con un trasfondo personal de pérdidas, se lanza a descifrar el misterio. La trama se desenvuelve entretejiendo las vidas y secretos de personajes en un contexto urbano y periférico.
La historia revela una serie de enigmas vinculados a la clínica de depilación Ciudad Láser. La ausencia de Soledad se transforma en el elemento central que expone las profundas aspiraciones y deficiencias de los involucrados, dotando a la narración de una perspectiva profunda sobre la condición de los desaparecidos en nuestra sociedad. En entrevista, la escritora quien actualmente radica en Barcelona habla del proceso de escritura y los temas que la llevaron a escribir “Ciudad láser”.
¿De dónde surgió Ciudad Láser?
Tiene tres ideas principales o tres cosas que me inquietaron mucho. Por un lado está la violación de la privacidad. A mí me da muchísimo miedo que alguien te pueda estar espiando sin que tú lo sepas y sobre ese tema va un poco la novela.
Por otro lado está la desaparición. Yo estuve trabajando en el 2016 cuando se estaba firmando el proceso de paz en Colombia con la Universidad de los Andes e hicimos una campaña para un nuevo máster que se llamaba Máster en creación de paz, en el que los estudiantes eran exmilitares, excombatientes de la guerrilla y víctimas del conflicto armado y claro que todas las historias eran conmovedoras, pero a mí me perturbó muchísimo hablar con las madres que tenían sus hijos desaparecidos o hijas desaparecidas; yo notaba mucho sufrimiento por la ausencia y perturbación de la psique humanas.
Otra fue la pregunta de por qué estas mujeres y estos hombres no pueden hacer las paces con nada, me refiero a los padres y madres, que no pueden aceptar la muerte de su hija o hijo porque no hay un cuerpo y no se pueden levantar sin la esperanza de encontrarlos.
Durante un tiempo dejé el tema de las desapariciones guardado y después me llamó la atención el tema de la depilación láser y cómo la posibilidad de que alguien te esté espiando cuando estás en un estado tan vulnerable, desnuda con los ojos cubiertos y no sabes lo que la otra persona está haciendo con sus manos, o con su celular.
El amor también está presente en la novela
Hay una historia de amor entre la protagonista y un chico que es un poco pandillero, que tiene sus negocios extraños. Son dos personajes que están en la línea, en la cuerda floja y se están apoyando para seguir adelante.
También existe una especie de manipulación con ella y él habla en susurro y la va convenciendo de cosas para el beneficio de los dos. Digamos que también me interesa escribir sobre esas relaciones de codependencia y de toxicidad, en las que no hay una violencia directa, sino que es ese susurro, porque este tipo de violencia es una metáfora de cómo la mujer de alguna manera va creando su propia desaparición.
¿Cómo fue tu proceso de escritura?
Durante la pandemia nos dejaron ir a casa. Yo estaba trabajando en una firma de abogados y en casa tenía un montón de tiempo libre y empecé a escribir esta historia; al mismo tiempo me estaba haciendo la depilación láser.
Entonces tenía ambas cosas, por un lado la vulnerabilidad corporal de ser vista o exhibida sin darme cuenta. Y estos miedos se juntaron y empecé a escribir un poco ideas de la novela; luego busqué un máster de creación literaria y me fui a Barcelona a estudiarlo.
Durante el máster fui escribiendo la novela, tenía una tutora, que fue Mónica Ojeda, quien iba leyendo lo que yo iba haciendo. Fue un apoyo y también fue una belleza porque más allá de ayuda literaria, fue como confirmar que podemos escribir de esto teniendo apoyo psicológico.
Luego dejé la novela guardada y cuando terminé el máster, recordé estos gérmenes de la novela como historias que al parecer pueden ser tan sutiles o tan normales, es decir, cómo un día para cualquier mujer que va a un proceso de belleza o de estética puede ser presa del morbo o el fetiche, que es un tipo de violencia.
Después de escribir esta novela ¿crees que la mujer es realmente libre?
Como mujeres nos pega más duro la estética y así los procesos estéticos forman parte de una rutina. Ahora se manipula el deseo, porque nos dicen: eres libre, entre comillas, y puedes decidir lo que quieras y si tú te sientes libre nunca vas a luchar por liberarte, así que creo que no está claro; además de que está la sociedad de consumo que te hace sentir que tienes más necesidades de las que tienes.
Por otro lado está esta necesidad de perseguir constantemente algo, con ansiedad, entonces eso también acompaña la novela, esa reflexión de por qué estoy haciendo esto y qué es realmente la libertad y quién estoy siendo.
Cómo llegó la novela a Almadía
Cuando la terminé la dejé guardada, luego comencé a trabajar en un taller con Juan Pablo Villalobos, escritor mexicano, y en el taller me preguntó si tenía algo ya escrito. Yo le dije: pues si tengo una novela y se la mandé, él le echó un ojo y se la mandó a Guillermo Quijas, quien la quiso publicar. Ahí empezó todo por puras coincidencias bonitas.
Cómo aparece Bogotá en tu novela
En Bogotá la gente está en la lucha, porque son personajes marginales que viven en pensiones y están intentando conseguir el día a día y para ello se les ocurren ideas muy innovadoras para salir de la pobreza. En Ciudad láser está muy retratada Bogotá, el lenguaje es muy colombiano también y hay otro contrapunto en la novela, la protagonista es una persona isleña de Barú, una isla que queda cerca de Cartagena.
Esta isla tiene dos caras, por un lado está una isla preciosa llena de hoteles a los que va gente con mucho dinero y por el otro lado está la comunidad de verdad. Ahí hay un grupo conocido como Las abuelas, mujeres muy sabias que alrededor del fuego comparten sus experiencias y rituales. También están los pescadores y la gente que recoge la fruta. Mi personaje es de esa comunidad y le toca irse hasta la capital, y cómo este desplazamiento le arranca la vida y termina cayendo en manos de manipulaciones.
¿Qué escritoras colombianas te han influenciado?
De escritoras colombianas contemporáneas me gusta mucho Margarita García Robayo, me encanta leerla, me parece muy aguda, cómo explora el mundo íntimo y saca conclusiones bastante universales.
También me gusta mucho leer a Vanessa Londoño; me parece que tiene un uso de lenguaje impresionante, bellísimo, crudo.
Y hay una chica que se llama Mariana Matija, su ensayo “Niñapájaroglaciar” me gusta; esta chica tiene un amor por la naturaleza impresionante.
De Oaxaca qué te llevas
Es mi primera visita a la ciudad de Oaxaca y me han impactado las calles del centro, porque me recuerdan a las de mi país. Me gusta que aquí la gente diga: buenos días. Por otro lado me entusiasmaron los sabores como el del mole y el café de olla.
