La muerte de un matador | NVI Noticias Pasar al contenido principal
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Foto(s): Cortesía

La muerte de un matador

Aleyda Ríos

Rafael Alfonso / Consideraciones psicoanalíticas

El 26 de septiembre del año 1984 murió Francisco Rivera “Paquirri”, una figura del toreo que gozaba de gran prestigio por derecho propio, aunque su fama internacional se apuntaló a partir de su matrimonio con la popular cantante Isabel Pantoja, razón por la cual la noticia de su muerte dio la vuelta al mundo. A partir de este hecho voy a permitirme algunas consideraciones acerca de la fiesta brava desde la disciplina psicoanalítica.

Tótem y tabú

La fascinación por la sangre, la crueldad y la violencia ha acompañado al hombre desde el inicio de los tiempos y hemos de suponer que formó parte de sus primeras grandes satisfacciones, la otra era acceder sexualmente a las mujeres de su clan. Fue entonces que se instauraron los tabúes tanto del incesto, como del asesinato, dando paso al totemismo, una organización social donde ambos tabúes eran fundamentales, permitiendo con ello el desarrollo de la civilización.

Símbolo del clan era el animal protector, a quien se le agradecían los bienes que proveía con su cuerpo -como piel, grasa y carne-, pero al mismo tiempo se le temía, ya que su fuerza y su ímpetu eran capaces de causar la muerte (y por lo tanto era la representación idónea del padre totémico). Dicho animal estaba protegido por este tabú; pero, cada cierto tiempo, también se ofrecía en sacrificio ritual, simbolizando con ello la muerte del patriarca y la renovación del prehistórico pacto social.

En la fiesta brava quedan resabios de aquellas costumbres totémicas. La lidia se convierte en una exteriorización sanguinolenta de las pulsiones sádicas que permanecen agazapadas en el inconsciente de la humanidad, mismas que deben reprimirse con fuerza para que, como seres civilizados, no andemos dándonos de palos con el prójimo a la menor provocación. Estas pulsiones también se exteriorizan en las peleas de box, de gallos e incluso partidos de futbol, pero entre todas estas expresiones, la fiesta brava conserva como ninguna otra el carácter ritual, pues no se puede permanecer indiferente al hecho de que un hombre se plante cara a cara frente a una bestia.

La muerte del matador

Quizá de ninguna de estas consideraciones estaba al tanto Paquirri cuando en Pozoblanco (Córdoba, España) se enfrentó a su último toro de nombre Avispado, el cuarto de la tarde. Es obvio que, entre las motivaciones de todo torero, se encuentran los deseos de fama y riqueza, y sin duda le estimulan las grandes descargas de adrenalina que obtiene por el ejercicio mismo de la violencia y el riesgo. Ya ni qué decir de la gratificación que le proporcionan el exhibicionismo y la admiración del público. Otro aliciente es la evidente sensualidad de los actos que encuentran su culminación en la lidia misma, actos que inician al momento de calzarse el traje de luces y que terminan, idealmente, en la salida en hombros de la plaza.

A pesar de que sus heridas no eran mortales por necesidad, una serie de circunstancias apresuraron la muerte del matador, entre ellas los lamentables servicios sanitarios con los que contaba la plaza, una enfermería llena de telarañas, muy sucia y que carecía de implementos básicos como anestesia. El torero todavía hizo gala de un gallardo gesto, al dirigirse con aparente calma al médico de plaza:

«La cornada es fuerte. Tiene al menos dos trayectorias, una para acá y otra para allá. Abra todo lo que tenga que abrir, lo demás está en sus manos. Y tranquilo, doctor».

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