Juan Rulfo hubiera querido pasar sus últimos días en Oaxaca | NVI Noticias Pasar al contenido principal
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Foto(s): Cortesía

Juan Rulfo hubiera querido pasar sus últimos días en Oaxaca

Aleyda Ríos Chavela

Leonardo Pino

El maestro Juan Rulfo, alguna vez comentó en su entorno familiar que le hubiera gustado terminar sus días en Oaxaca, de acuerdo al testimonio de su hijo, el diseñador y artista plástico, Juan Pablo Rulfo.

Oaxaca sedujo a don Juan, desde que visitó por primera vez el estado, en la década de 1940. A mediados de los años 50 lo recorrió extensamente. Durante el período en que realizó trabajos para la Comisión del Papaloapan, don Juan Rulfo hizo importantes trabajos de difusión de la historia y culturas oaxaqueñas.

En esos tiempos, don Juan conoce a Walter Reuter, fotógrafo, cineasta y revolucionario alemán, también maravillado por Oaxaca y sus culturas. La admiración y cariño de Reuter llegó a tal punto, que pidió que al morir sus cenizas fueran esparcidas en Chicahuaxtla, poblado triqui, donde realizó su serie fotográfica favorita: "El viento limpia el alma", descripta así por su hija Hely Reuter: "Hay mucha neblina. Es la feria del pueblo y hay una enorme fila de gente esperando subir al carrusel, una y otra vez. Él les pregunta por qué intentan subir y una señora le dice: 'porque el viento limpia el alma'”.

De su encuentro y amistad con Rulfo, Reuter recordó: “Conocí a Rulfo cuando no era Juan Rulfo, antes de que publicara sus libros. Eran los años 49 o 50, cuando la Comisión del Papaloapan estaba construyendo una presa entre Oaxaca y Veracruz. Él hacía investigaciones sobre la situación social de la zona. Un día nos enteramos que habría una concentración de danzas de la región Mixe; la cuestión indígena es algo que siempre nos interesó. Viajamos a caballo varios días.” En esa ocasión, recorrieron Ayutla, Tamazulápam, Totontepec, San Juan Cotzocón, Santa María Tlahuitoltepec y Zacatepec, jornadas en que Reuter filmó el documental "Danzas" y don Juan tomó fotografías del paisaje, las personas, la arquitectura de esa región y escribió sobre La Chinantla y sus pobladores.

De aquellas 350 fotografías captadas en territorio mixe, 64 ilustran el libro "Juan Rulfo. Oaxaca" (Editorial RM, 2009), que fueron exhibidas en el Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo de esta ciudad, en noviembre de 2009.

“Las protagonistas de casi la mitad de las imágenes de esa exposición son mujeres”, informa Andrew Dempsey, curador de la colección, y agrega: “Este hecho puede reflejar la decisión de Rulfo, o quizá el de quien hizo la selección de la muestra, Francisco Toledo; pero al menos tiene su origen en las circunstancias en que fueron tomadas las imágenes. (…) En cada imagen, la paciencia y fortaleza de estas mujeres se hace evidente. Uno siente la solidaridad de Rulfo con ellas”.

Don Juan Rulfo conocía casi toda la geografía mexicana, la que recorrió trabajando como agente de ventas de una compañía llantera. Del amplio territorio nacional, le atrajo de manera especial el mundo indígena de Oaxaca y Chiapas. Muchos conocedores de la obra rulfiana coinciden en señalar que en sus visitas al distrito de Ixtlán de Juárez, y en especial a San Juan Luvina, concibió uno de sus cuentos más conocidos.

A propósito de este topónimo, Rosendo Pérez García, en La Sierra Juárez, explica: “En el zapoteco de hoy se puede afirmar que Luvina es corrupción de la frase loo-ubina, en que la primera sílaba significa 'sobre' o 'cara'; la segunda, 'pobreza' que raya en la miseria, lo que juntando la significación sería sobre la miseria, atributo que sí corresponde a la situación constante de esta gente”.

En el cuento "Luvina", un maestro recuerda la ilusión con que había llegado a esa región que se yergue sobre la miseria y la desconfianza de los campesinos hacia el gobierno. Relata Rulfo, en voz del mentor:

Un día traté de convencerlos de que se fueran a otro lugar, donde la tierra fuera buena. ‘Vámonos de aquí”, les dije. No faltará modo de acomodarnos en alguna parte. El gobierno nos ayudará.

“Ellos me oyeron, sin parpadear, mirándome desde el fondo de sus ojos, de los que sólo se asomaba una lucecita allá muy adentro.

- ¿Dices que el gobierno nos ayudará, profesor? ¿Tú no conoces al gobierno?

Les dije que sí.

- También nosotros lo conocemos. Da esa casualidad. De lo que no sabemos nada, es de la madre del gobierno.”

Este relato, según su autor, fue el origen de "Pedro Páramo": “En Luvina encontré la atmósfera que necesitaba para la novela.” (Juan Rulfo a Armando Ponce, Proceso, 1980).

Además de todo este abordaje a Oaxaca y sus culturas, don Juan editó en el Instituto Nacional Indigenista, una colección editorial de más de 250 títulos, entre los que se encuentran varios dedicados a la mayoría de los pueblos originarios del estado. 

El próximo 16 de mayo, se cumplen 105 años del nacimiento de Rulfo, dice él  “en Apulco, Jalisco. Me llamo Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno. Me apilaron todos los nombres de mis antepasados paternos y maternos, como si fuera el vástago de un racimo de plátanos y aunque sienta preferencia por el verbo arracimar, me hubiera gustado un nombre más sencillo”.

Con motivo de este nuevo cumpleaños, recordamos con alborozo a uno de los grandes hacedores de la literatura mexicana, padre de Pedro Páramo, narrador de la paternidad ausente, del abandono, de la migración forzada, de los llanos incendiados, de la tierra envuelta en tolvaneras, de violencia, muertes y abusos de poder.

EX LIBRIS

Andrés Henestrosa: una llegada a tiempo

Pocas las páginas de Juan Rulfo: las necesarias para su fama y gloria: las solas que hasta cierto día tenía que escribir. Pero en él la palabra poca no tiene el significado habitual, el cotidiano, el del diccionario; poco tiene aquí una connotación diversa: colinda con la idea de perfección, de escaso, de selecto, peregrino, insólito, extraño.

Un personaje del cuento "Nos han dado la tierra", camina bajo un diluvio de sol que lo tatema; anda bajo un chaparrón de silencio que lo ensordece; el llano se pierde en su inmensidad, se está quieto, inmóvil; no hay distancia, no se sabe si se camina para adelante o para atrás. De pronto, como si despertara de un momentáneo sueño, como si volviera en sí, dice entre dormido y despierto, a solas, a nadie: “Y a mí se me ocurre que hemos andado más de lo que hemos caminado”. Camino y camino y no ando nada, dice otro. Así es: camina el que va a alguna parte, el que llega; anda el que solo camina. Anda el que no va a ninguna parte y camina el que va a alguna. Y a mí se me ocurre ante ese aparente juego de palabras, o retruécano o paradoja, que Juan Rulfo ha escrito más de lo que lleva escrito. Juan Rulfo caminó hasta donde tenía que llegar, y llegó. Su breve obra, escasas trescientas páginas, han bastado para darle fama universal, gloria imperecedera. Cada página, cada uno de los fragmentos en  que sus libros se reparten, son libros enteros en la enormidad de su pequeñez. Cada vez que se lee a Juan Rulfo, el lector se encuentra con un nuevo escritor, con otro nuevo libro.

(Fragmento de: Andrés Henestrosa, Una llegada a tiempo; México Indígena, Instituto Nacional Indigenista, número extraordinario, 1986).

En esos tiempos, don Juan conoce a Walter Reuter, fotógrafo, cineasta y revolucionario alemán, también maravillado por Oaxaca y sus culturas. La admiración y cariño de Reuter llegó a tal punto, que pidió que al morir sus cenizas fueran esparcidas en Chicahuaxtla, poblado triqui, donde realizó su serie fotográfica favorita: "El viento limpia el alma", descripta así por su hija Hely Reuter: "Hay mucha neblina. Es la feria del pueblo y hay una enorme fila de gente esperando subir al carrusel, una y otra vez. Él les pregunta por qué intentan subir y una señora le dice: 'porque el viento limpia el alma'”.

De su encuentro y amistad con Rulfo, Reuter recordó: “Conocí a Rulfo cuando no era Juan Rulfo, antes de que publicara sus libros. Eran los años 49 o 50, cuando la Comisión del Papaloapan estaba construyendo una presa entre Oaxaca y Veracruz. Él hacía investigaciones sobre la situación social de la zona. Un día nos enteramos que habría una concentración de danzas de la región Mixe; la cuestión indígena es algo que siempre nos interesó. Viajamos a caballo varios días.” En esa ocasión, recorrieron Ayutla, Tamazulápam, Totontepec, San Juan Cotzocón, Santa María Tlahuitoltepec y Zacatepec, jornadas en que Reuter filmó el documental "Danzas" y don Juan tomó fotografías del paisaje, las personas, la arquitectura de esa región y escribió sobre La Chinantla y sus pobladores.

De aquellas 350 fotografías captadas en territorio mixe, 64 ilustran el libro "Juan Rulfo. Oaxaca" (Editorial RM, 2009), que fueron exhibidas en el Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo de esta ciudad, en noviembre de 2009.

“Las protagonistas de casi la mitad de las imágenes de esa exposición son mujeres”, informa Andrew Dempsey, curador de la colección, y agrega: “Este hecho puede reflejar la decisión de Rulfo, o quizá el de quien hizo la selección de la muestra, Francisco Toledo; pero al menos tiene su origen en las circunstancias en que fueron tomadas las imágenes. (…) En cada imagen, la paciencia y fortaleza de estas mujeres se hace evidente. Uno siente la solidaridad de Rulfo con ellas”.

Don Juan Rulfo conocía casi toda la geografía mexicana, la que recorrió trabajando como agente de ventas de una compañía llantera. Del amplio territorio nacional, le atrajo de manera especial el mundo indígena de Oaxaca y Chiapas. Muchos conocedores de la obra rulfiana coinciden en señalar que en sus visitas al distrito de Ixtlán de Juárez, y en especial a San Juan Luvina, concibió uno de sus cuentos más conocidos.

A propósito de este topónimo, Rosendo Pérez García, en La Sierra Juárez, explica: “En el zapoteco de hoy se puede afirmar que Luvina es corrupción de la frase loo-ubina, en que la primera sílaba significa 'sobre' o 'cara'; la segunda, 'pobreza' que raya en la miseria, lo que juntando la significación sería sobre la miseria, atributo que sí corresponde a la situación constante de esta gente”.

En el cuento "Luvina", un maestro recuerda la ilusión con que había llegado a esa región que se yergue sobre la miseria y la desconfianza de los campesinos hacia el gobierno. Relata Rulfo, en voz del mentor:

Un día traté de convencerlos de que se fueran a otro lugar, donde la tierra fuera buena. ‘Vámonos de aquí”, les dije. No faltará modo de acomodarnos en alguna parte. El gobierno nos ayudará.

“Ellos me oyeron, sin parpadear, mirándome desde el fondo de sus ojos, de los que sólo se asomaba una lucecita allá muy adentro.

- ¿Dices que el gobierno nos ayudará, profesor? ¿Tú no conoces al gobierno?

Les dije que sí.

- También nosotros lo conocemos. Da esa casualidad. De lo que no sabemos nada, es de la madre del gobierno.”

Este relato, según su autor, fue el origen de "Pedro Páramo": “En Luvina encontré la atmósfera que necesitaba para la novela.” (Juan Rulfo a Armando Ponce, Proceso, 1980).

Además de todo este abordaje a Oaxaca y sus culturas, don Juan editó en el Instituto Nacional Indigenista, una colección editorial de más de 250 títulos, entre los que se encuentran varios dedicados a la mayoría de los pueblos originarios del estado. 

El próximo 16 de mayo, se cumplen 105 años del nacimiento de Rulfo, dice él  “en Apulco, Jalisco. Me llamo Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno. Me apilaron todos los nombres de mis antepasados paternos y maternos, como si fuera el vástago de un racimo de plátanos y aunque sienta preferencia por el verbo arracimar, me hubiera gustado un nombre más sencillo”.

Con motivo de este nuevo cumpleaños, recordamos con alborozo a uno de los grandes hacedores de la literatura mexicana, padre de Pedro Páramo, narrador de la paternidad ausente, del abandono, de la migración forzada, de los llanos incendiados, de la tierra envuelta en tolvaneras, de violencia, muertes y abusos de poder.

EX LIBRIS

Andrés Henestrosa: una llegada a tiempo

Pocas las páginas de Juan Rulfo: las necesarias para su fama y gloria: las solas que hasta cierto día tenía que escribir. Pero en él la palabra poca no tiene el significado habitual, el cotidiano, el del diccionario; poco tiene aquí una connotación diversa: colinda con la idea de perfección, de escaso, de selecto, peregrino, insólito, extraño.

Un personaje del cuento "Nos han dado la tierra", camina bajo un diluvio de sol que lo tatema; anda bajo un chaparrón de silencio que lo ensordece; el llano se pierde en su inmensidad, se está quieto, inmóvil; no hay distancia, no se sabe si se camina para adelante o para atrás. De pronto, como si despertara de un momentáneo sueño, como si volviera en sí, dice entre dormido y despierto, a solas, a nadie: “Y a mí se me ocurre que hemos andado más de lo que hemos caminado”. Camino y camino y no ando nada, dice otro. Así es: camina el que va a alguna parte, el que llega; anda el que solo camina. Anda el que no va a ninguna parte y camina el que va a alguna. Y a mí se me ocurre ante ese aparente juego de palabras, o retruécano o paradoja, que Juan Rulfo ha escrito más de lo que lleva escrito. Juan Rulfo caminó hasta donde tenía que llegar, y llegó. Su breve obra, escasas trescientas páginas, han bastado para darle fama universal, gloria imperecedera. Cada página, cada uno de los fragmentos en  que sus libros se reparten, son libros enteros en la enormidad de su pequeñez. Cada vez que se lee a Juan Rulfo, el lector se encuentra con un nuevo escritor, con otro nuevo libro.

(Fragmento de: Andrés Henestrosa, Una llegada a tiempo; México Indígena, Instituto Nacional Indigenista, número extraordinario, 1986).