Segunda y última parte
Por Rafael Alfonso
La segunda vez que leí a Juan de Dios Peza, fue en un amplio artículo que daba pie a un volumen de los Cuadernos Mexicanos, una interesantísima colección de bajo coste que editaban la Secretaría de Educación Pública junto con la extinta CONASUPO allá por los años ochentas, en elentendido de que la cultura debía formar parte de la canasta básica. El volumen en cuestión se titulaba Manuel Acuña,íntimo y en él Peza hace un retrato de quien en vida llamara hermano y lo hace, ciertamente con ternura, pero también con rigor periodístico. Por esta lectura me entero, a grosso modo,de que Manuel Acuña no se suicida por amor por el amor a Rosario, como dicta la creencia popular, y de que el afamado nocturno no fue el escrito póstumo de Acuña —aunque José Martí así lo refiera—, sino que este ya era bastante popular a la muerte del poeta.
Peza, concluye que el presunto amor que Manuel Acuñahubiera podido tener por Rosario de la Peña no era más que un asunto, si acaso, platónico y que el poeta gozaba de afectos bastante carnales con otras mujeres. El amigo revela que en el cuarto número 13 de la Escuela de Medicina Manuel Acuña era visitado cada semana por una joven sirvienta que lavaba su ropa a la vez que lo proveía de afecto y comida y que incluso pagó de su bolsa algunos gastos relacionados con los funerales del malogrado. Así mismo, se sabe que Acuña sostenía una relación con la también poeta, Laura Méndez de Cuenca, quien le dio un hijo, Manuel Acuña Méndez, nacido apenas dos meses antes del suicidio, y que vivió poco. Lo anterior cuestiona el protagonismo de la bella Rosario de la Peña en la vida del poeta, y relegándola, si acaso como fuente de inspiración poética, como también lo era para otros poetas y contertulios.
En Manuel Acuña íntimo, Juan de Dios Peza describe a su amigo en estos términos:
“…triste en el fondo, pero jovial y punzante en sus frases, sensible como un niño y leal como un caballero antiguo; le atormentaban los dolores ajenos y nadie era más activo que él para visitar y atender al amigo enfermo y pobre”.
En este mismo ensayo da cuenta del carácter melancólico de Acuña y la tendencia que éste tenía de por sí a evocar la muerte. En una de esas anécdotas cuenta como Acuña, elpropio Peza y otros compañeros de la Escuela de Medicina, a la luz de unas pocas veladoras, llevan a cabo un macabro juego, escriben sobre una calavera algunas líneas poéticas.
Finalmente, testigo privilegiado, Peza ofrece por menores del célebre suicidio, y su posterior, ya que toda la información que tiene es de primera mano.
Juan de Dios Peza afirma que en la víspera de su muerte ambos poetas sostuvieron la siguiente conversación:
–Mañana a la una en punto te espero sin falta.
–¿En punto? –le pregunté–.
–Si tardas un minuto más…
–¿Qué sucederá?
–Que me iré sin verte.
–¿Te irás adónde?
–Estoy de viaje… sí… de viaje… lo sabrás después.
Después relata: “A las diez, los amigos íntimos de Acuña cargamos en hombros su cadáver y salimos de la Escuela en medio de un silencio y de una consternación profunda”.
Peza cuenta que tal era la popularidad del poeta que más de cien carruajes particulares acompañaban el cortejo. Curioso, tomando en cuenta que el poeta murió en pobreza. Irónico es también que hoy en día el Premio Internacional Manuel Acuña de Poesía en Lengua Española, que otorga el Gobierno del Estado de Coahuila de Zaragoza, su estado natal, sea uno de los mejor pagados del país.
FRASE
“Le atormentaban los dolores ajenos y nadie era más activo que él para visitar y atender al amigo enfermo y pobre”.
