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El lector furtivo: Peza y Acuña, íntimos

relatos_historia
Foto(s): Cortesía
Redacción

Primera de dos partes

Por Rafael Alfonso

Cierta propensión a la ternura tenía Juan de Dios Peza, discípulo de Altamirano “hermano” de Manuel Acuña y colega y correligionario de Vicente Riva Palacio, estamos en el México que salía del tercer cuarto del siglo XIX, de la consolidación de la República y su política liberal.

La primera vez que leí a Juan de Dios Peza era yo muy niño, como en muchos libreros familiares, en el de nuestra casa había un tomo de las 500 poesías famosas, volumen muy visitado por mí, y donde se encontraban poemas de Manuel Acuña, Salvador Díaz Mirón, Rubén Darío y con títulos afamados que no podían faltar en una tertulia respetable como Mamá, soy Paquito o el célebre Nocturno (A Rosario). Dentro de esta pléyade, Juan de Dios Peza es autor de un poema, en su momento, bastante popular, Fusiles y muñecas, cuyo tema eran profundas reflexiones respecto de la humanidad a partir de los juegos infantiles. Por supuesto que, desde el título, se echa de ver la idiosincracia vigente en aquel entonces:

El uno corre de entusiasmo ciego,

la niña arrulla a su muñeca inerme,

y mientras grita el uno: fuego, fuego,

la otra murmura triste: duerme, duerme.

Mucho después me enteré de que el poeta, diplomático y político fue abandonado por su mujer con tres criaturas a su cuidado, situación poco habitual en aquellos años. Se volcó entonces el poeta en el cuidado de estos pequeños hijos suyos y de su casa, no por nada es conocido como el poeta del hogar, en parte porque sus títulos más célebres —La ciencia del hogar (obra de teatro estrenada en 1874) y Cantos del hogar (obra poética) — hacen referencia a este. Algo de aquel carácter tierno y grave advierte el soneto de Manuel Acuña dedicado al poeta, a quien llama “mi hermano”:

Cuando todo era flores tu camino, cuando todo era pájaros tu ambiente, cediendo de tu curso a la pendiente todo era en ti fugaz y repentino.

Vino el invierno con sus nieblas, vino el hielo que hoy estanca tu corriente,

y en situación tan triste y diferente ni aún un pálido sol te da el destino.

Y así en la vida el incesante vuelo

mientras que todo es ilusión, avanza

en sólo una hora cuanto mide un cielo.

Y cuando el duelo asoma en lontananza

entonces como tú, cambiada en hielo,

no puede reflejar ni la esperanza.

Juan de Dios Peza, nacido un 9 de junio de 1852 en la Ciudad de México, compartió aula en la Escuela Nacional de Medicina con Manuel Acuña, originario de Saltillo, Coahuila y nacido el 27 de agosto de 1849, ninguno de los dos terminaría la carrera, aunque por razones muy distintas. Ambos tuvieron insignes maestros que los alentaron en las letras, entre ellos, Ignacio Ramírez “El Nigromante” e Ignacio Manuel Altamirano. Junto con Agustín F.

Cuenca, su compadre, y otros muchos literatos y poetas, Peza y Acuña eran presencias habituales en las tertulias (reuniones sociales en donde poetas y músicos presentaban sus producciones recientes en un ambiente de camaradería). Una de las más célebres tertulias se realizaba en casa de Don Juan de la Peña, en esta casa habitaban también las hijas del anfitrión, Margarita y Rosario, que levantaban suspiros entre los jóvenes bardos. Es precisamente a Rosario a quien Acuña dedica sus versos más célebres, razón por la cual se le relaciona, de manera no del todo justa, con el fatal desenlace del poeta.

Continuará el próximo domingo…

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