Por Rafael Alfonso
Del hominino primigenio, hace un par de millones de años se desprendió el género Homo, que agrupa a por lo menos a una decena de criaturas descendientes de un ancestro común que comparten no sólo el bipedismo, sino también una mayor capacidad cerebral y el uso de las manos para construir herramientas.
Homo habilis, homo erectus, neandertales son sólo algunos nombres que se les ha dado a estas variedades de humanos de las que ya solo queda en pie el homo sapiens (nuestra especie). Más que nuestros ancestros, debiéramos concebir las otras especies humanas como nuestros primos, con los que con frecuencia compartimos territorio y a veces nos llevamos tan pesado que, a algunos de ellos, los desaparecimos de la faz de la tierra.
En una entrega anterior nos quedamos en que el hominino primigenio era un animal. ¿Qué supone ser un animal? Recordemos el adagio que dice, “más vale pájaro en mano…” y llevemos a cabo un pequeño ejercicio mental, que para algunos será más una evocación: imaginemos que vemos un ave, un pez o un pequeño mamífero silvestre y pretendemos tomarlo con nuestras manos. Hemos de suponer que no es una tarea fácil, y no lo es, simple y sencillamente, porque el animal silvestre jamás se permite abandonar su estado de alerta.
Ser animal, implica habitar el caos y el caos no es una falta de sentido, sino un exceso. Todo significa o puede significar algo, ya sea una amenaza a la vida o un potencial alimento: cada sombra, cada sonido, cada olor… un movimiento a la lejanía, un cambio en la luz o en la temperatura del aire o en la peculiar coloración de animales y plantas.
El animal no tiene posibilidad de sustraerse a semejante aluvión de estímulos permanentes, así que vive en aquel lugar que hoy en día el ser humano a veces hasta paga por visitar: el aquí y el ahora.
En aquellos videos de la naturaleza que circulan profusamente en todos los medios podemos ver cómo un animal bebe agua o duerme: con un ojo al gato y otro al garabato. Esa es la vida silvestre, podemos convenir que el estado de abandono o indiferencia ante los estímulos del medio sólo es propio del ser humano, aunque en ocasiones se extiende a los animales domesticados.
En algún momento el homo sapiens compartió con los animales el caos, pero sustraerse de él fue un paso necesario para encumbrarse en lo más alto de la escala evolutiva al ser la única especie capaz de transformar el entorno para adaptarlo a su circunstancia, un hecho inédito en millones de años de vida en la tierra. ¿Cómo sucedió esto? Las sospechas recaen en el lenguaje.
El desarrollo de la comunicación humana permitió transmitir información superando las barreras espaciales y temporales; crear super manadas organizadas —que no necesitaban conocer la cara de sus líderes para atender a su mandato—, y generar cultura e historia, entre otras hazañas. Todo lo anterior a partir de un distingo fundamental.
El lenguaje permitió nombrar las cosas y sólo así la especie humana aprendió a discriminar entre lo apremiante y lo que podía esperar, entre lo importante y lo banal, entre la amenaza y el lugar seguro y después a crear categorías cada vez más complejas —como el tiempo—. Ha sido, pues, el lenguaje una capacidad fundamental para lograr el actual dominio del mundo.
*Esta colaboración es parte de la columna Lecturas para la vida.
