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Día del padre: Una fecha móvil y una función esencial

Un padre y su hijo comparten un momento cercano, ilustrando cómo la figura paterna es un punto de referencia para el desarrollo de la personalidad.
Foto(s): Cortesía
Redacción

Resulta curioso ver cómo, al menos en México, el día del padre es una celebración que no tiene fecha fija, es, por así decirlo un festejo nómada. Este año por ejemplo cae el 21 de junio, pero el año pasado ocurrió el día 15. Aunque al igual que el día de la madre se trata como una fecha cívico-comercial, a diferencia de ésta, no se considera día feriado por la Ley Federal del Trabajo.

Lo que a simple vista no es más que un dato, es en realidad una serie de síntomas culturales de raíces profundas. La forma en que una sociedad nombra, fecha y reconoce —o decide no hacerlo— a la figura paterna.

La madre, uno de los ejes del universo psíquico

Mientras que el Día de la Madre en México es el 10 de mayo, así caiga lunes, domingo o miércoles, el tejido social entero se transforma. El Estado, las escuelas, los comercios y la cultura nacional se alinean a esa fecha fija, ritual e inamovible. Las escuelas suspenden clases, las oficinas “dan el día” a las madres y los restaurantes se saturan. Por el contrario, el Día del Padre es "el tercer domingo de junio" y, a ver quién se acuerda.

Esa fecha móvil para el día del padre es casi poética: no se conmemora un día exacto porque su función es disruptiva en el binomio original (Madre-hijo (o hija). La madre tiene un día fijo porque culturalmente se la asocia a lo constante, a la presencia continua, al cuidado diario. 10 de mayo, es igual a “Madre” única y eterna. Siempre ahí.

El relativismo del padre y su función simbólica

¿Qué podemos decir acerca de la constancia de los padres, sino que es o puede ser relativa?, así lo escuchamos cotidianamente en la clínica. Su radio de acción no es necesariamente el hogar pues se supone que el padre “sale al mundo” a buscar el sustento de su familia, lo cual de pasadita aprovecha para poner una distancia emocional respecto de sus hijos, absorbidos por el trabajo, en el mejor de los casos, o cuando no están entregados a "sus cosas" (placeres o hobbies), o de plano se han desentendido por completo de sus obligaciones parentales poniendo tierra de por medio.

Aun así, el peso de la figura paterna es un punto de referencia ineludible para el desarrollo de la personalidad, incluso cuando el hijo conviva poco, o nada, con su progenitor. Para entender lo anterior hay que separar al padre real de su función simbólica. En el plano psíquico, el padre es la ley, la del tercero que rompe la simbiosis inicial entre la madre y el bebé, obligando al sujeto a mirar hacia el exterior, hacia la cultura, el lenguaje y la sociedad. Su función es necesaria, no por su calidez, sino por su capacidad de instaurar un límite. Por eso, la falta de un padre real no anula la función; al contrario, muchas veces la sobredimensiona a través del mito o del trauma (como en Pedro Páramo).

Puedo suponer, y también equivocarme en ello, que existen suficientes razones para que el Día del Padre en México sea así: móvil, sin descanso oficial, más práctico que emotivo. Es la cultura diciendo: "Gracias por todo, pero la mera, mera indispensable, es mamá".

Claro, tiene lógica.

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