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Expone Yvonne Domenge en Palacio Iturbide de la Cdmx

Yanireth Israde/Agencia Reforma

 

CIUDAD DE MÉXICO.- "Soy muy terca. Soy tauro: terca", afirmaba la escultora Yvonne Domenge, quien antes de morir, en 2019, preparó "Interconexiones", la mayor muestra dedicada a su trabajo, con más de 140 obras, desde la primera que produjo, hasta la última.

Expuesta en el Palacio de Iturbide, sede de Fomento Cultural Citibanamex, reúne varias piezas presentadas por primera vez, como la esfera monumental dispuesta al centro del patio, de título "Cicek" ("Flor" en idioma turco) o un águila esculpida en madera que permanecía en el jardín de su casa, así como las elegidas para Millenium Park.

Fue la primera mexicana en exponer en este espacio de Chicago que alberga obra de artistas como Anish Kapor, Jauma Plensa y Frank Gehry, pero las esculturas de ella no se conocían en México, señala Chantal Couttolenc Domenge, hija de la creadora que hizo de la esfera, símbolo del ser, su leitmotiv.

Curada por Fernanda Muñoz Castillo y Cristina Gálvez, la muestra, que permanecerá hasta mayo de 2022 en el recinto de Madero 17, Centro Histórico, destaca el interés de Yvonne Domenge por las formas microscópicas --como la estructura de las moléculas o la geometría de los virus--, y también por las minúsculas, como las semillas. 

Pero no sólo indagó lo invisible al ojo humano, o lo minúsculo, para hacerlo visible -o más notorio- y enfatizar su belleza, sino que también exploró el cosmos para, a la inversa, acercar lo macroscópico al público.

"Se trataba de mostrar lo que no vemos porque era inmenso o porque era pequeño", puntualiza Couttolenc durante un recorrido por la exposición con la que reabrió, el pasado noviembre, el Palacio de Iturbide, tras un prolongado cierre debido a la pandemia.

Determinación y curiosidad 

Domenge murió a los 73 años, el 27 de septiembre de 2019, poco antes de que se propagara el virus del SARS-CoV-2. Atestiguó, en cambio, la pandemia de la influenza en 2009, y esculpió el virus AH1N1 que la provoca, para una obra expuesta en el Instituto de Investigaciones Biomédicas de la UNAM.

Couttolenc reconoce la capacidad de investigación de su madre, una gran lectora, cuya biblioteca resguarda títulos de diversas disciplinas -geometría o filosofía, por ejemplo-, testimonio de su avidez por conocer y de su curiosidad, que la llevó a experimentar con madera, yeso, bronce, acero inoxidable, fibra de vidrio, hielo, jabón o cera, entre otros materiales. 

Justo encima de los libreros del estudio recreado en la muestra, un águila de madera domina el paisaje.

"Del águila le gustaba mucho el concepto de fuerza interior, porque era muy fuerte interiormente", recuerda Couttolenc, quien también evoca la disciplina de la escultora en su labor artística.

"Trabajaba de domingo a domingo, de día, de noche, no paraba nunca. Hasta cuando estaba de vacaciones llevaba una maleta con sus cuadernos, con sus lápices y dibujaba todos los días, recogía semillitas, todo el tiempo estaba pensando en la siguiente escultura".

Esa determinación y perseverancia, añade, le permitió sortear los obstáculos en una actividad, la escultura monumental, dominada en su época por varones.

"Se enfrentó a todo. En algunos aspectos por ser mujer, en otros por ser mexicana o por otras cuestiones, pero nada la detuvo; ante un freno seguía adelante. A veces se lograba y a veces no, pero ella siempre luchaba. Decía: Soy muy terca. Soy tauro: terca".

Belleza que transforma 

Estaba convencida de que su obra podía operar cambios, así fueran momentáneos, indica Muñoz Castillo.

"Deseaba, con sus piezas, cambiar el estado de conciencia de la gente; si iban caminando sobre Madero y pensaban pagar la luz o ir al banco quería que los transeúntes encontraran la belleza que ella buscaba transmitir y cambiara su estado de conciencia".

Por ejemplo en "Laberinto Rojo" -que expuso en el Festival de Arte Sonoro de 2012 en el Ex Teresa- la artista proponía caminar alrededor de la sombra que proyectaba la pieza hasta experimentar una reducción del ritmo cardiaco que propiciaba una especie de meditación. Al momento de llegar al centro, el visitante podía tocar una campana. 

Domenge, recalca la curadora, tenía una manera distinta de ver el mundo, como ocurrió cuando visitó en Italia el Palacio Real de Palermo: mientras el grupo de visitantes del que formaba parte admiraba el techo, la artista atendía la geometría del piso.

De esa observación en el suelo surgió la serie "Cosmati", apellido de la familia de marmolistas y artesanos del siglo 12 que decoraron los principales pisos de las catedrales europeas.

Domenge reconoció en los cosmatis -diseños de esa familia- diversos códigos ancestrales, como mandalas y laberintos, y estructuras geométricas, por ejemplo moléculas, átomos y cuasicristales, que habían constituido su lenguaje plástico.

 "Cicek", la pieza principal de "Interconexiones" corresponde a esta serie. La muestra cierra con "Lirio", obra que hizo para los Juegos Olímpicos de Beijing, en 2008. 

"Ese lirio es un esfera abierta y una metáfora de la vida abierta que acoge al cosmos", apunta Muñoz Castillo.

Principio y fin de la exposición aluden a flores, vueltas en sí o extendidas. Es, así, una muestra esférica en sí misma.

De acuerdo con los planes de Couttolenc, "Interconexiones" podría itinerar en el País y fuera de él una vez que concluya su estancia en el Palacio de Iturbide.

Perfilan rescate en la Buenos Aires 

Las esculturas de autopartes creadas por mecánicos de la Colonia Buenos Aires de la Ciudad de México con la guía de Yvonne Domenge requieren un proceso de restauración que promoverá la familia de la artista. Por lo pronto es un proyecto que esperan se consolide próximamente.

El corredor escultórico de la Colonia Buenos Aires (1999-2002) fue una propuesta apoyada por el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA), que se inscribió en las labores de corte social impulsadas por la artista, quien aseguraba que el arte redime, recuerdan Chantal Couttolenc Domenge y Fernanda Muñoz Castillo.

En Doctor Vértiz se ubican alrededor de 30 esculturas, resultado de  dos años de trabajo con los mecánicos de la colonia. Hubo jóvenes que prefirieron convertirse en artistas en lugar de continuar con su trabajo en los talleres de autos, señalan al ponderar los cambios que indujo la iniciativa.

El tesoro del estudio Domenge 

La primera pieza que Domenge talló en madera y el gran tesoro de su estudio es la obra "Qué le han hecho a mi México", una mujer indígena que la escultora produjo en 1985, el año del terremoto.

El título alude, además, a los padecimientos del país en los rubros político, social o económico.

Alrededor de esta pieza se congregaban la artista y sus hijos cuando acampaban y ella trabajaba en la obra, evoca Chantal Couttolenc.

"Ella viajaba con la escultura y nos prestaba sus gubias para enseñarnos a tallar. Me daba miedo romperle la trenza a la señora o agujerear un pie, pero mi mamá siempre decía: 'no te preocupes, todo tiene solución'. Y sí: alguien se llevó a la trenza y entonces ella tomó un pedacito de madera, lo pegó con resistol y volvió a la talla".

"Para ella era importantísimo", destaca, "que tuviéramos un trabajo creativo, nosotros y los niños en general".

El estudio Domenge promueve la obra y el legado de la artista. Interesados pueden escribir a 

[email protected]