Quiaviní, Oaxaca: un lugar de carencias y migración

Mario Jiménez LeyvaMario Jiménez Leyva

La pobreza es palpable

SAN LUCAS QUIAVINÍ, Ocotlán, Oaxaca.- En penumbras, Ausencio camina en su pequeño cuarto de tablarroca que le regalaron hace cuatro años; el carrizo que usa como bastón, es su guía. Desde hace cinco años, su vista se ha ido degradando y ahora solo ve sombras.

Nació y vive en San Lucas Quiaviní, Tlacolula, y es uno de los pocos habitantes que no emigró a los Estados Unidos en su juventud, por lo que su vivienda se resume en el cuarto de tablarroca y una cocina de carrizos que está a punto de caer.

Tiene 83 años de edad y vive con su esposa de 82; su única esperanza es su hija Crisanta, quien se las ingenia para que sus padres sobrevivan; “la verdad, nosotros somos de muy bajos recursos; somos campesinos, pero yo ya no puedo trabajar porque ya no veo bien”.

Su único ingreso durante años fue el programa de Pensión para Adultos Mayores, mejor conocido como 65 y más; sin embargo, desde hace un año dejó de percibirlo y no sabe la causa.

“Siempre me daban el apoyo, pero en agosto del 2017 vinieron y me pidieron mis documentos y entonces me dijeron que mi acta de nacimiento tiene un solo apellido”, explica Ausencio, con el rostro de resignación.

A pesar de que su movilidad es muy limitada por la edad y por sus problemas de visión, los encargados del programa lo han hecho dar muchas vueltas, sin que hasta el momento le den solución al problema.

“Ya fuimos cuatro veces a la oficina en Santa Lucía del Camino; me pidieron un montón de documentos sin que me den una solución”, señala el anciano, quien no tiene ningún tipo de seguridad social para tratar la ceguera.

Ausencio, su esposa y su hija, sienten en carne propia el abandono, en San Lucas Quiaviní. FOTO: Mario Jiménez

La necesidad es mucha, y sin poder ir al campo para sembrar, no tiene más que esperar a que su hija Crisanta consiga alimentos. La joven mujer es la guía y sostén de sus padres.

“Hace cuatro años me dieron un cuartito de tablarroca con un programa de vivienda; de no ser así sólo tendría mi casa de carrizo”, dice Ausencio; “mi cuartito de carrizo está por caer, pero como ya no veo, ya no los puedo componer”.

Pobreza, el pan de cada día

El sol pega a plomo sobre la cancha de basquetbol; es mediodía y San Lucas Quiaviní luce desolado; los jóvenes se fueron, sólo quedan las mujeres y los ancianos.

Aniceto Rodolfo Curiel es regidor de Educación de Quiaviní y explica que gran parte de los dos mil habitantes del municipio vive en pobreza; “no hay trabajo y falta de capacitación”.

La siembra de maíz, frijol y garbanzo, además de unas cuantas cabezas de ganado, sólo es para el autoconsumo; y este año, debido a las lluvias atípicas, gran parte de los sembradíos se perderán.

Riqueza engañosa

El centro de Quiaviní luce urbanizado; casas lujosas hechas de concreto, con bellas fachadas, no son difíciles de encontrar; es la herencia de los migrantes, esos que se han ido desde hace mucho y con el sudor de su frente mandaron las remesas para construir sus viviendas.

Sin embargo, al retornar a su pueblo sólo se quedaron con eso, con sus viviendas, porque los ahorros se esfumaron y los proyectos de inversión nunca llegaron; algunos quisieron repetir el sueño americano, pero con la política anti inmigrante de Estados Unidos, no lograron el ansiado cruce.

Niños y ancianos permanecen en el pueblo, en espera de sus familiares migrantes. FOTO: Mario Jiménez

“La mayoría de los jóvenes se va a los Estados Unidos, eso impulsa la economía; pero no es una solución a largo plazo, pues regresan y con el tiempo se acaban los ahorros”, destaca el regidor de Educación.

Es por eso que la gente de esta población pide a gritos fuentes de trabajo; “al gobierno del estado le pediría ayuda para crear empleos”, asegura el regidor de Educación, conocedor de que falta capacitación y educación de sus paisanos.

No hay agua

En tierra de campesinos, el agua es una bendición, misma que no ha llegado para los habitantes de Quiaviní; “soy campesino, siembro maíz y frijol”, dice Francisco López, quien desesperado busca en qué ocupar el tiempo.

En su parcela sólo espera la lluvia, no hay mucho que hacer, por lo que se busca trabajo, pero no hay; “la principal problemática de los campesinos es el agua, pues no tenemos la suficiente para nuestros cultivos”.

Las cosechas alcanzan para medio comer, por lo que hay que buscarle para los gastos. Los hijos de Francisco ya no viven con él, todos se casaron, lo que le da cierto alivio al anciano, pues sólo tiene que pensar en la manutención de su esposa y él.

“San Lucas es muy pobre y los que tienen casa de material se fueron a Estados Unidos”, explica; él mismo, durante su juventud, emigró al vecino país del norte, donde ahorró lo suficiente para construirse un cuarto de concreto.

“Yo gano 200 pesos en un día, pero el trabajo es muy escaso; por ejemplo, hoy no fui, porque no hay quien me contrate”, se resigna Francisco.

El tres veces migrante

Lorenzo tiene 86 años y visitó tres veces Estados Unidos. FOTO: Mario Jiménez

Lorenzo López pasa el rato sentado frente a su casa; vive en el centro de la población; es afortunado, pues sus hijos están en Estados Unidos y construyeron una casa, que para él es un palacio.

“Mis hijos no quieren que trabaje, tengo 86 años y apenas si puedo moverme”, explica sin levantarse de la banqueta; “aquí no hay cómo salir adelante, por eso todos salimos, pero no a todos les va bien”.

Tres veces estuvo en Estados Unidos y tres veces regresó; “lavé platos mucho tiempo, pero la tierra siempre llama”, finaliza Lorenzo.

Decenas de habitantes de Quiaviní tienen historias similares que contar, en un pueblo en el que hay que emigrar para sobrevivir.