Oaxaca, el alma en la mano

Mario Jiménez LeyvaMario Jiménez Leyva

Los danzantes de la pluma, de la delegación de Zaachila

Paseo de mil colores que ondulan en charmés y algodón, canto sobre el brillo del machete, una copla con sabor picosito y el coro que resuena con el eco ¡Por siempre Oaxaca!

Octava de Guelaguetza que brilla sobre cantera verde moldeada zapateada a zapateada, en torrente y calma, en alborozo y nostalgia.

El telón cayó en forma luciérnagas multicolores, único como el cielo negro en el que silban los juegos artificiales antes de reventar de alegría.

Y en el redondel verde esmeralda, expresión de ocho almas, la de la Costa, el Papaloapan, la del Istmo, de los Valles Centrales, de la Cañada, Sierra Norte y Sierra Sur.

Una nocturna presencia que es canto, que es poesía amalgamada en un son y una chilena. Paseo por la tierra que a diario nos recuerda que Dios Nunca Muere.

En la esencia del “remojo”, una nube cubre el cielo. La lluvia baña El Fortín liberando el exquisito olor a tierra mojada, el que evoca al hogar, el origen y semblanza.

El himno oaxaqueño

Ya las notas danzan en voz de tenor que, con el alma en la mano, van hilando la melodía de Macedonio Alcalá con el público de pie en virtud del himno oaxaqueño.

Morena piel que croma la verde cantera, en su voz sentimiento. Francisca Pérez Bautista, diosa Centeótl de Santa María Zacatepec arranca los primeros aplausos con el pecho henchido de orgullo por su cuna y raíz tacuate.

La fiesta ha comenzado. Vehementes guajolotes hacen su entrada con la travesura del pico a pie de los carnavaleros putlecos. Revoloteo en la Sierra Sur al grito de ¡¡qui quiri qui!!! Ellas moviendo los hombros de chaquira, ellos buscando un besito.

Y al aire se desdobla el sabor a pan y panela en un vuelo hacia los manojos de turistas apretujaditos en las gradas. Aroma a serranía que acompaña los amaneceres y el anochecer en un tazón humeante.

Hipnótico balanceo mazateco

El trombón resopla una melodía mística. Las notas se enredan en negras trenzas de la mujer huautleca, solemne y apacible en el balanceo de la Flor de Liz. Hipnótica imagen que parece flotar entre pétalos perfumados en blancos campos.

La bulla recorre de derecha a izquierda. Levanta a los asistentes con las manos ondulantes hacia el cielo, en vaivenes que revisten la fiesta.

Tierra de humo que reposa en la región mixteca acompasados en violín y jarana. Tronando espuela y blandiendo fuetes de cuero. Caporales, rubios y lenchas que al baile van contando las andanzas de Santiago Juxtlahuaca, unas veces buscando el rastro, otras domando al toro.

El saxofón resopla alegría de la tierra de Andrés Henestrosa. "Ixhuateca eres tú, la reina de ese lugar". Los acordes cantan con la belleza de terciopelo y pinceladas de flores rojas y naranjas. "Hay Paulina, mi corazón macerado Paulina"....  El sol se desliza bajo la velaria como queriendo envolver con su calor el paso de la inmortal Sandunga que se balancea en gallardas zapatillas.

El arrullo mixe

Su canto es un trinar del orgullo Ayuuk. Vuela entre la eterna neblina de los Jamás Conquistados. Se comparte a la madre tierra en sorbitos tibios de mezcal y se cobija en el solemne rebozo que es arrullo y duelo de Santa María Tlahuitoltepec.

Sombreros mecidos al aire les dan la bienvenida y así continúa bajo los acordes que anuncian el Torito Serrano de San Pablo Macuiltianguis. Las mujeres con el carácter indomable, los hombres, con la gallardía del torero

Alegría estallada entre caída y caída de valientes novilleros que eran lanzados fuera del escenario con el grito sentido de la asistencia.

El velo va tomando oscuridad detrás de los músicos. La brisa refresca, bailotea en la rotonda con las notas que gritan ¡¡¡Ya llegaron los de Ejutla!!!!

Torbellino multicolor se desplaza con furia apasionada levantando la ovación ensordecedora al Jarabe Ejuteco. Estampa de color y jolgorio, cortejo hecho juego, música hecha verso inmortalizada en la trova del Güero Guzmán.

Los acordes chatinos vibran. El sabor a mezcal se dispersa en el baile de La borrachita. Mareo y caída; grito y bulla de Santos Reyes Nopala.

La lluvia resbala en cascada sobre la velaria que cubre el cerro de Huaxyacac. La chirimía antecede tenue a la danza ritual, danza de mil vuelos. Guerreros de la tierra zaachileña se elevan en la policromía de sus penachos con la agilidad de las plumas que los coronan.

Asunción Ixtaltepec a matiz de flor, llenas del color de los campos y la suavidad de las nubes cantando y bailando a las notas del Cantarito de barro.

Dulce olor de piña

Bellas tuxtepecanas destilan el aroma a dulce piña en la sincronía del baile. La de Usila, Soyaltepec, Ojitlán, Jalapa de Díaz, Ixcatlán y Valle Nacional desatan la madeja de mil colores en un homenaje a la abundancia de la región del Papaloapan.

Después el escenario se cimbra bajo el zapateado del Rinconcito oaxaqueño con el resoplo del sotavento de Loma Bonita.

La noche ha caído con el aire helado de la tarde de julio en donde las azucenas se bañan en el rocío del cielo.

San Pedro Pochutla no podía faltar para imprimir el picante al baile. ¡ay ay ay India del alma!

El cierre se acerca. Marmoteros y faroleros se apoderan del espacio. Agarran vuelo las faldas de satén esposadas de la blusa de cajón, porque así es la china oaxaqueña, la que no falta en las calendas.

El homenaje concluye. La Guelaguetza dice hasta pronto entre promesas forjadas en bailes a veces arrebatados, otras solemnes. Moldeadas en el sabor ardiente del mezcal o suave del dulce de coco. Lo mismo acompasada por el violín que por la tuba, porque así es Oaxaca, armonía y furia que grita ¡¡Por siempre Guelaguetza!!