Salir con vida de las cárceles en la época de Porfirio Díaz en Oaxaca

En 1898 se reconstruyó el frontispicio de la cárcel del exconvento de Santa Catalina

El hacinamiento de las cárceles del tiempo del Porfiriato provocaban que los internos no cumplieran sus sentencias, por cortas que estas fueran.

Esto, porque las enfermedades que pululaban en la ciudad hacían de los internos sus víctimas, que al vivir en pésimas condiciones, no contar con las medicinas suficientes, y al ser la mayoría de escasos recursos, morían en prisión.

Uno de ellos fue el labrador Francisco Bautista, de 23 años de edad, mexicano, soltero, natural y vecino de Santa Ana del Valle, quien junto con su hermano Regino Bautista, fueron acusados de ser los responsables del delito de incendio y lesiones a Tiburcio García y a Petrona.

Por lo que fueron condenados a 11 años de prisión, la cual inició el 29 de diciembre de 1885, así como al pago de una multa de 11 pesos con 90 centavos.

Sin embargo, el primero de ellos  falleció el nueve de marzo de 1890.

Otro de los sentenciados sin cumplir su condena fue Pablo Leyva, de 35 años de edad, mexicano, soltero, labrador, originario de Santa María Tonameca, Pochutla.

Responsable del delito de homicidio, por lo que, fue condenado en 1885, a ocho años de prisión, los cuales no llegó a cumplir, ya que falleció en el Hospital General el 15 de junio de 1891.

 

OTRAS HISTORIAS

Otras historias en prisión en aquellos años son la de Julio Juárez, de 25 años de edad, mexicano, natural y vecino de la Ciudad de Oaxaca de Juárez, soltero, carnicero, resultó responsable del delito de herida a Pablo Robles, por lo cual fue condenado a tres años, seis meses, contados desde el seis de mayo de 1886.

El 18 de julio de 1887 el juez segundo de criminal le impusó 20 días más de prisión, por heridas producidas a Manuel Garnica.

Cumplió el día 24 de junio de  1891.

Juan Márquez, de 35 años de edad, casado y aficionado a la medicina y cirugía, originario del distrito de Teposcolula, fue acusado de los delitos de falsedad y peculado, fue sentenciado a cuatro años de prisión, contados a partir del 28 de octubre de 1886, y le fueron impuestos 600 pesos de multa.

Pedro Torrecilla, de 31 años de edad, mexicano, natural de San Pedro Ixtlahuaca del distrito del Centro, soltero, de oficio labrador.

Responsable del delito de lesión a su compañero de prisión Blas Avendaño, suceso realizado en el taller de zapatería existente en la cárcel, donde pagó tres pesos con 25 centavos de hospital.

En la sala de la corte de justicia el tres de diciembre de 1888 confirmó la de vista que dictó la primera sala, que recreó la de la primera instancia y condenó al reo a cuatro años de prisión contados al día siguiente en que se extinga la condena de 16 años que le fue impuesta por el homicidio de Camilo Audelo el 17 de mayo de 1886, por el juez primero del ramo criminal.

Rafael Vargas, de 35 años de edad, natural de la Hacienda Xagenia de la jurisdicción del distrito de Ejutla de Crespo, soltero y labrador, responsable del delito de lesiones a Ramón Martínez, de la misma finca y condenado a tres años de presidio, contados desde el 31 de diciembre de 1887 fecha de prisiń formal.

La segunda sala de la Corte de Justicia, con fecha 14 de julio, confirmó la vigencia de la vista el 31 de diciembre de 1890.

Sin embargo, el 19 de octubre de 1889, el comandante de la escolta, sargento segundo de artillería en el estado, Jeler Barranco, que dio en esta alcaldía, en que el reo se fugó cuando realizaba la limpieza del palacio.

 

JAULA DE VIGAS

Una de las primeras cárceles de la gran ciudad, fue una jaula de vigas levantada en la “Plaza del Empedradillo” donde tuvieron  encerrados a campo raso, como animales dañinos,  a ciertos funcionarios malévolos, cuyos nombres no se mencionan en el libro “Oaxaca en el Centenario de lA Independencia”.

Aunque no se determina cuál fue el primer edificio para encerrar a los criminales; puede suponerse que antes de mandar a la picota de la Plaza de san Juan de Dios a los infelices inocentes o culpables, eran recogidos en la antigua Casa del Marqués, donde residía la autoridad.

Posteriormente, la prisión existió en las casas consistoriales, hoy Palacio de Gobierno, donde los detenidos y algunos reos políticos eran detenidos en la pieza que se ubica bajo la escalera ubicada en el patio Poniente.

LA PRIMERA CÁRCEL DE LA CIUDAD

Aunque después se sabe que la primera cárcel de la ciudad estuvo en la casa número seis de la segunda calle de la Libertad, que había sido convento de la Concepción.

Cuando las monjas se trasladaron al de la Concepción , el gobierno  adquirió el local y estableció  la prisión de hombres permanente ahí hasta el año de 1862.

La prisión de mujeres permaneció hasta la misma fecha en la casa número 14 de la tercera calle de Armenta y López.

En el año de 1862 el Ayuntamiento de la Ciudad, por iniciativa y gestiones del regidor Francisco Vasconcelos, consiguió del Gobierno Federal la cesión del ex-convento de Santa Catalina, en cuyo lado Norte, ocupando tres cuartas partes de la manzana, se preparó el local conveniente para las dos prisiones que ahí estuvieron.

INSTALAN ZAPATERÍA

Mediante decreto expedido el 17 de diciembre de 1861, se establecieron dos talleres en cada una de las cárceles de los distritos del estado, y posteriormente, siendo  gobernador  del estado Porfirio Díaz Mori, celebró contrato con la csa industrial “N Cuervo y Compañía” sobre la instalación de una zapatería montada convenientemente para darles ocupación laboral y jornal seguro a los presidiarios.

UN MEJORAMIENTO

En el año de 1898, en la administración del gobernador Martín González y siendo jefe político  Prisciliano Benítez, la cárcel  sufrió una modificación radical en su mayor parte, la gran puerta de la esquina de las calles tercera de Cinco de Mayo y primera de Abasolo; el departamento de los juzgados del ramo criminal; los salones de espera y de visita, como también el local destinado a la guardia de seguridad, estando de esa manera, en condiciones semejantes a las mejores prisiones de la República Mexicana.

Según los datos del bienio fiscal de 1907 y 1909, entraron en cárceles de ambos sexos, 6 mil 333 individuos  y salieron 5  mil 614, quedando 719 presos en julio de 1909.

Para la manutención de los presidiarios, el ayuntamiento de aquella época empleó entre los 14 a los 15 mil pesos anuales.

De ahí se estima que dichas cantidades no eran suficientes para alimentar, curar, prevenir enfermedades, evitar contagios entre los reos, peleas entre los mismos, por lo que, no todos lograban cumplir su condena.