Ser padre es un regalo: Alfredo Bazán

Alfredo Bazán (Oaxaca, 1958) es creador de un universo paisajístico que transporta a todo quien lo ve, a la región Mixteca. Sus evocaciones son resultado de los recuerdos de infancia, esos caminos amarillos y rojos surcados por magueyes, andados por caballos flacos y mulas, labrados por campesinos, por mujeres macizas y encuadrados por cielos repletos de nubes que abrazan su andar. En sus pinturas él se reconoce, son una suerte de espejo que al reflejar sus reminiscencias abren el paso a quien desee adentrarse en sus relatos. El artista se recrea en su pintura y en su otra misión de vida, ser padre.

Ambas misiones, a las que dedica cuerpo y alma, comenzaron en tiempos distintos por motivos inimaginables quizá y ahora le han dado una cosecha de cariño, amor y atenciones que agradece como antes no lo hubiera podido hacer. Su pintura ha cambiado, las escenas de contemplación ahora son habitadas por personajes que conoce bien; esa gente que ha querido y quiere, son personajes que transitan también en instantes de admirar esos mismos paisajes.

 

En entrevista, desde un espacio en el que recibe tratamiento, Alfredo Bazán responde abierto, ecuánime y orgulloso. Compartimos aquí esta conversación que surgió desde el agradecimiento y la resiliencia de saberse querido y vivo. 

-Cuando comenzaste a pintar, ¿cómo fue compaginar tu paternidad y tu arte?

-Empecé a pintar como a los 17 años, con alegría por plasmar los colores y paisajes que traía impresos en la memoria de mi infancia, que pasé en mi pueblo natal.  A la par fui madurando con los pinceles y los lienzos;  también en los amores. Me convertí en padre a los 28 años y fue una experiencia de emociones alegres e indescriptibles. Un regalo de vida que me dio la oportunidad de ver las maravillas de poder sentir, tocar, cantar, danzar, con una creación que supera en mucho a todo lo que uno pueda imaginar y, entonces, cuidar con cariño, esmero y responsabilidad a ese hijo que tuve en mis manos. Desde entonces fueron dos los  motivos que habría que cultivar con alegría y pasión: el hijo y la pintura.

-En los días de contemplación, de silencio, de alegría, ¿qué te significa ser padre?

-Son días maravillosos, así como sueñas y planeas en el lienzo los trazos, el bosquejo, los colores y la aplicación de las pinceladas e imaginas cómo se verá terminada una obra, lo mismo sucede con los hijos: soñando todos los días con ellos. Son etapas muy bonitas. Aunque ya has soñado con ellos, cuando los tienes el primer día en tus brazos, empiezas a sentir su calor, su olor, sus risas y sus llantos, sueñas ver sus primeras monosílabas, sus primeras palabras y sus primeros pasos. 

 

"Sueñas cuando llegue el primer día de escuela y sus primeras letras, sueñas sus estudios de primaria, secundaria, prepa y lo más decisivo: ¿a qué se va a dedicar el muchacho? En todas estas etapas ves los cambios físicos y la maduración del carácter y personalidad que van adquiriendo en donde en gran medida uno participa con decisión en aprobar o corregir para modular y hacer de nuestros hijos, ciudadanos de bien. 

"Aquí hay un comparativo con una pintura, cuando se da por terminada, aún cuando la aprecias y la quieras mucho, llegará el día que se irá a otro hogar y uno desea que quede en el mejor lugar; así, nuestros hijos se irán, deseando estar en el mejor lugar que el destino les depara y para ambos: pintura e hijos se van, pero viven en nuestro corazón”.

-Según tu experiencia, ¿qué tan importante es la paternidad en la vida de todo ser humano?

-Yo quedé huérfano de padre aproximadamente al año de nacido, crecí hasta los seis años al cobijo de mi abuelo; cuando tenía esa edad, él murió.  Es un factor muy importante el tener el apoyo paterno, porque semánticamente, sería comparable si un buen pincel se destruyera en pleno proceso de obra y ahora hubiera que improvisar para terminar una obra, lo mismo a los que nos hizo falta el padre en el proceso de forjar y acentuar el carácter y personalidad. Por eso felicito a todos los que cuentan con su padre y a los padres de estar al frente de sus hijos.

-Tienes tres hijos y una hija, ¿qué representan en tu vida?

-Cuando empleo la palabra hijo, me refiero a las hijas e hijos. Y es en este punto que me detengo. Yo siempre he sentido y pregonado que las mujeres son mucho más importantes, fuertes en todos los sentidos, mucho más amorosas e inteligentes que nosotros los hombres, además ellas dan vida. Si me preguntaran si Dios tiene sexo, sin duda diré que para dar tanto amor, Dios debe ser mujer. Yo tengo la fortuna de tener una hija: Enya Bazán.

 

-El terruño, tu añoranza, esos paisajes que te han cobijado a lo largo de toda tu vida y los que tanta nostalgia te producen, ¿eso te ha marcado tanto como para tomar decisiones a la hora de educar a tus hijos?

-Efectivamente, esas estampas que quedaron impregnadas en mi infancia, sirven ahora para compararlas con la vida. Los caminos no siempre son planos, pero tampoco son limitantes para alcanzar sus metas y así como a lo largo del año los campos se visten de hermosos colores -los cuales son pasajeros: el verdor de la primavera, los colores de las flores del verano, los  frutos y dorados otoños, el frío seco y la blancura del otoño-; nuestra vida es así, como un año. Nuestros hijos deben vivir a plenitud las estaciones de su vida y nosotros, como padres, darles los consejos y herramientas necesarios para que su vida transite en el ecuador de este mundo.

-¿Qué representa hoy en día la palabra paternidad? Sus conceptos cambian con el tiempo, la edad o el ejercer de padre.

-La paternidad debe ser primero dar rienda suelta a los sentimientos naturales de protección y entrega total de amor a los hijos. Eso se trae dentro. Además y, por fortuna, esto no se puede comprar y tampoco hay quien lo venda, de ahí las cosas materiales son un complemento que habrá que darlas con medida.

-Recuerdas alguna anécdota en especial con tus hijos, alguna lección que te venga en recuerdo inmediato, algo chusco, quizá.

-Son tantas… Hay una muy chusca.  Un día, camino de regreso a casa, mi hija Enya, quien cursaba sus primeros días de kínder, me preguntó: 

-¿Qué hora es el relot del coche?, papá.

-No se dice relot, se dice reloj- le digo.

-¡Relot!- me contesta.

-Reloj- vuelvo a corregir.

-¡Relot! que así dice mi maestra. ¿Acaso tú vas a mi escuela?-  me reprende.

Y ambos soltamos una enorme carcajada.