La madeja de Giuseppe

LECTURAS PARA LA VIDA

Octava de diez partes

Los pasajeros veían con curiosidad al hombre y al niño que amorosamente jugaban en el asiento; la sorpresa aumentó cuando escucharon una canción de cuna perfectamente entonada, el arrullo hizo que no solo el infante durmiera a pierna suelta; una sinfonía de ronquidos se dejó oír hasta el destino final de aquel tren.

Giuseppe e Ítalo llegaron a su nuevo hogar, los esperaba una casa modesta en el sur de México que uno de los amigos de la familia le había vendido. El recuerdo de Beatrice acompañaba las tardes en las que padre e hijo caminaban por el campo o se sentaban en el pórtico para ver el atardecer, algunas veces Giuseppe abría su costurero y bordaba. Al poco tiempo consiguió una nana para su niño. Él se empleó como cartero: oficio que le llevó a conocer el poblado, no tardó en hacer amigos, algunos días llevaba a Ítalo, quien creció rodeado no sólo de la naturaleza, sino de las palabras, las historias de los pobladores que se encariñaron con ambos. Más adelante no fue necesario entregar correspondencia para que las familias les ofrecieran entrar a sentarse y degustar un buen taco, una jícara con agua fresca, alguna golosina.

Cierto día, Giuseppe se sorprendió al llegar a la oficina postal pues no había más que un sobre para entregar, la dirección no le resultaba familiar, nunca había entregado correspondencia en esa casa. Se dirigió al destino muy animado pensando que después iría a casa para pasar el resto del día con su hijo. Se acercó con cautela a la puerta de aquella casa, dos perros de tamaño mediano cuidaban, se pusieron en guardia cuando se acercó, ladraron incesantemente y no hubo necesidad de tocar la puerta pues una voz irrumpió:

-¿Quién es?

 -Traigo carta, señora– respondió Giuseppe, apenado pues no se trataba de una señora sino de una joven, quien le clavó la mirada como si con ella tratase de dejar en claro que no era señora.

-Usted disculpe, señorita.

Giuseppe entregó la carta, ella la tomó y le dio las gracias, acto seguido cerró la puerta en la nariz del cartero. El resto de la tarde, Giuseppe no dejó de pensar en aquellos ojos que le hicieron recordar la promesa hecha a Beatrice en su lecho de muerte.

Continuará el próximo miércoles

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