Divinas delicias: el chismecito

CONSULTORIO DEL ALMA: CUENTA CONMIGO

Existe una frase popular y que en la actualidad se la he escuchado decir a alguno que otro terapeuta con la intención de fortalecer la autoestima, y es la de “ámate a ti mismo”; pero como dije en la nota anterior, si alguien se ama a sí mismo, ese es el Yo. La vida interna de hombres y mujeres es tan rica en su dinámica que no podríamos explicarla con aquello que se ve a simple vista y desde un solo ángulo, principalmente porque el Yo es el mago de las mil máscaras. Así que solo explicaré una de ellas.

Los artilugios del Yo

En esta entidad psíquica, el amor a si mismo se constituye prontamente; vivencias accesorias tales como los cuidados que le proporcionan al recién nacido contribuirán de manera importante, pero una determinante es la identificación que hace con todo lo que lo o la rodea. El niño aprende a diferenciar lo animado de lo inanimado, y por el advenimiento del principio de placer-displacer distinguirá lo agradable y desagradable, es en este último punto donde yace el soporte del gusto por el chismecito.

Lo que muchas veces el individuo vive como desagradable, es consecuencia de sus pretensiones o de su entrega al placer; por regla general no se percata de ello, ya que en la tierna infancia se instauró el mecanismo de expulsar hacia el mundo exterior aquello que del mismo le resultó desagradable. En dicho mecanismo encuentra también explicación el hecho de aquellas personas que se viven como víctimas del mundo.

Pero al ser el Yo la pequeña parte de la psique y la única que mantiene contacto con el mundo exterior, le resulta difícil mantener alejado de la conciencia el engaño que él se hace de sí mismo, por lo que echa mano de todo cuanto le proporciona el mundo para mantener su imagen, siendo el chismecito una de tantas actividades que le permiten reafirmarse y colocarse por encima del otro.

La identificación

En este punto no se nos puede olvidar la identificación, tenemos la idea general que el Yo se identifica con aquellos que considera igual a él o con un ideal. Sin embargo, así como el Yo expulsa de él lo que le resulta chocante, introyecta lo que del mundo exterior le produce placer, entonces el fenómeno de la identificación se torna más complejo.

En definitiva, no podríamos pensarnos sin el placer de echar chismecito, pues como vimos, es una actividad importante para que el Yo mantenga su estabilidad y relación con el mundo, pero no olvidemos que nuestra boca puede incendiar un pueblo o destruir la imagen del otro. Finalmente, destruir la imagen del otro también es resultado de haber expulsado al exterior lo que el Yo no puede aniquilar de él mismo.

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