Sigue México el rumbo de la democracia, detonó AMLO activismo ciudadano

20 mil 500 puestos de elección popular federales y locales, en juego

CIUDAD DE MÉXICO.- Las elecciones de 2018 marcaron, en muchos sentidos, un parteaguas en la democracia mexicana. Punto de llegada y de partida, el proceso electoral más grande de la historia culminó con una nueva alternancia en el Poder Ejecutivo federal, la conformación de una nueva mayoría en el Poder Legislativo, la reconfiguración del mapa político del país y el surgimiento de un nuevo equilibrio en el sistema de partidos.

La tercera alternancia llevó a la Presidencia de la República a un político de larga trayectoria; constructor él mismo, junto con muchas otras personas, de la transición mexicana y detonador de muchas de las reglas e instituciones del sistema electoral mexicano.

En su tercera campaña presidencial, Andrés Manuel López Obrador dio el campanazo, al ganar holgadamente la presidencia y propiciar el triunfo de miles de candidatas y candidatos a muy diversos cargos públicos, postulados por un partido de reciente creación: Morena, que apenas en 2014 había obtenido su registro como fuerza política nacional.

El proceso electoral de 2018 cerró diversos ciclos históricos: uno de 50 años, si se considera el movimiento estudiantil de 1968 como punto de arranque de la democratización de México; uno de 40 años, si se ubica en la reforma política de 1977 el inicio del tránsito del régimen político hacia la pluralidad; o uno de tres décadas, si se considera las elecciones de 1988 como el punto de quiebre de la transición.

Lo cierto es que la democracia mexicana no nació el 1 de julio de 2018. Las condiciones democráticas estaban ahí, y gracias a ello fue posible el triunfo de Andrés Manuel López Obrador en su tercera campaña presidencial.

En el triunfo del hoy presidente confluyen diversas circunstancias: su trayectoria y las decisiones que tomó luego de su segunda derrota electoral en 2012; la ruta y las decisiones que tomaron los tres partidos políticos que, hasta antes de 2018, habían dominado la vida política del país (PRI, PANy PRD); la revolución digital que supuso el surgimiento de las redes sociales de internet como fenómeno de comunicación política y detonante de un nuevo activismo ciudadano, y el arbitraje del proceso desde el Instituto Nacional Electoral, no sólo como organizador de las elecciones, sino como garante de los principios de equidad, libre competencia, legalidad y certeza, necesarios para que el sufragio efectivo -el voto libre e informado- decidiera aquellos comicios. tes determinantes, episodios de conflicto, de negociación y de acuerdo entre los actores involucrados.

En esta historia hay competidores (ganadores y perdedores), grupos de interés, actores protagónicos y millones de participantes anónimos. Casi nadie en México se quedó en calidad de mero espectador en aquel proceso político y el triunfo de López Obrador constituye esa historia.

Epílogo

La construcción de la democracia mexicana fue el resultado de una larga evolución. Es el producto de muchas luchas políticas y sociales, de batallas colectivas encabezadas por una multiplicidad de actores y encaminadas a romper las prácticas autoritarias que se habían consolidado a lo largo del siglo pasado y que hacían de las elecciones meros momentos de renovación y de legitimación del antiguo régimen.

Esos esfuerzos por transformar en clave democrática el sistema político mexicano se centraron en hacer de los comicios un auténtico espacio de ejercicio libre de los derechos políticos de los ciudadanos, en el que pudieran participar todas las expresiones de nuestro creciente pluralismo político, en donde prevalecieran condiciones cada vez más equilibradas para la competencia política y en donde se contara con cada vez más y mejores garantías para la expresión autónoma de la voluntad de los electores.

Democratizar a México pasó así por tener elecciones ciertas, transparentes y creíbles. Esa lucha por transitar a la democracia no tuvo una autoría específica, sino que constituyó un proceso colectivo, articulado a lo largo del tiempo, una apuesta histórica por redefinir las reglas de acceso al poder público centrada en el respeto y tolerancia de todas las posturas políticas y de hacer del voto ciudadano libremente expresado en las urnas la única vía para acceder legítimamente a los cargos de representación y decisión política.

La definición, perfeccionamiento y puesta a punto de esas reglas fue el resultado de un proceso gradual y paulatino que se articuló a través de una serie de cambios constitucionales y legales que, de manera acumulativa, fueron mejorando la calidad de las elecciones con el paso del tiempo.

Desde ese punto de vista, las elecciones de 2018 y la tercera alternancia en la presidencia de la República de nuestra historia son un punto de llegada, la última estación (hasta ahora) de un largo y arduo proceso, el de la construcción y consolidación de nuestra democracia, que seguramente seguirá evolucionando en el futuro, y no su punto de partida.

La historia de nuestra transición, sin duda desde la reforma política de 1977, pero particularmente después de las controvertidas elecciones de 1988, se centró en construir, a partir de nuevas reglas, procedimientos e instituciones, la confianza que permitiera elecciones creíbles y que jugaran el papel de legitimación política a partir del voto libre.

Durante ese periodo han ocurrido múltiples reformas electorales que han configurado un sistema de partidos plural y cada vez más competitivo, comicios con crecientes condiciones de equidad, autoridades electorales autónomas y procedimientos que garantizan la certeza de que cada voto cuente y se cuente bien.

En ese sentido, la elección de 2018 no constituye el arranque de nuestra democracia, sino la consecuencia de los esfuerzos y logros de al menos un par de generaciones de actores políticos, luchadores sociales, académicos, periodistas y de miles y miles de ciudadanas y ciudadanos que apostaron por democratizar al país.

Una visión evolucionista de nuestra transición permite identificar las estaciones clave que propiciaron un sistema que hoy ha dado como resultado tres alternancias en la presidencia, cambios significativos en la conformación del Congreso de la Unión, 23 alternancias de gubernaturas en las 36 elecciones que han ocurrido entre 2015 y 2020, y una expresión clara de la pluralidad en los ayuntamientos y congresos estatales. 

El índice de alternancia en las elecciones que se han realizado desde la reforma de 2014 es del orden del 56 por ciento y todos los partidos se han beneficiado, en mayor o menor medida, de esa realidad. Es cierto que la alternancia no es lo que condiciona la calidad democrática de un sistema político.

Lo que lo hace democrático es que existan condiciones reales ( jurídicas y políticas) para que, si así lo deciden los electores con su voto, pueda haber alternancia.

En ese sentido, el hecho de que haya habido un índice de alternancia tan alto es la mejor prueba de que esas condiciones ya estaban garantizadas.

Hoy, en México, es la ciudadanía y nadie más quien decide libremente quién gobierna y quién la representa, y, dada la intensa pluralidad política que caracteriza a la sociedad mexicana, todos los partidos políticos tienen la misma oportunidad de ganar o perder, como lo demuestran los resultados electorales.

Desconocer la historia de las reformas que permitieron la construcción de este sistema no permite valorar en su justa dimensión lo que hoy tenemos y, en cambio, abre la puerta a eventuales regresiones hacia un autoritarismo hoy afortunadamente superado. Este libro termina con la jornada electoral del 1 de julio de 2018.

Hoy, a tres años de los comicios de 2018, y de cara a las elecciones de 2021 que, nuevamente, serán las más grandes que hayan tenido lugar en México, tanto por el número de potenciales electores (más de 93 millones de ciudadanas y ciudadanos) como por la cantidad de cargos públicos a elegir (alrededor de 20 mil 500 puestos de elección popular federales y locales), vale la pena reconstruir la génesis de nuestra democracia como un recordatorio de los esfuerzos realizados y de los logros alcanzados.

Se trata de un ejercicio de memoria de que la democracia ha sido el resultado de una obra colectiva y, en consecuencia, su defensa es también una responsabilidad común, una tarea que nos corresponde a todas y todos. La democracia no se construyó en un día.

ENTRESACADO

La elección de 2018 no constituye el arranque de nuestra democracia, sino la consecuencia de los esfuerzos y logros de al menos un par de generaciones de actores políticos, luchadores sociales, académicos, periodistas y de miles y miles de ciudadanas y ciudadanos que apostaron por democratizar al país.