Yadira Narváez, la reina del insecticida

Yadira Narváez nació en 1985 en Florencia, Caquetá, Colombia, pero fue criada por sus padres en Rivera, Huila, junto con sus dos hermanos.

​Narvaéz era una mujer de negocios y poseía una finca en Caquetá, vivía con su esposo y su hija. Radicada en Florencia, se dedicó a trabajar en sus negocios, pero en algún momento de su vida mantuvo una relación con una mujer, la misma que la delató ante las autoridades por la muerte de varias personas.

Motivada por el dinero y la ambición, decidió amafiarse con un grupo de personas con el fin de obtener dinero por medio del robo, por lo que acechaban a personas mayores de edad.

Utilizaba un tipo de pesticida llamado Carbofurano, conocido comúnmente como Furadan, altamente tóxico para los humanos.

La sustancia era mezclada con bebidas alcohólicas, por lo que las víctimas morían de forma muy rápida y silenciosa.

Se desconoce el número de víctimas

Narváez cometió todos los crímenes en 2011, entre los meses de agosto y diciembre. Se cree que finalmente asesinó entre 5 y 6 hombres por medio de este método, aunque según su propia versión fueron más víctimas.

En la acusación, la mujer fue condenada por los delitos de homicidio agravado y hurto calificado y agravado; sin embargo, en la negociación se estableció que el agravante del asesinato se le quitaría.

Sus víctimas les suministraba insecticida en las bebidas que tomaban cuando las llevaba a un hostal o en sus casas.

La serie de crímenes

La mujer, de 29 años de edad, a finales de marzo de 2014 aceptó su responsabilidad en la muerte de Ferney Lozano Lizcano en el municipio de Campoalegre.

Meses atrás, en el 2013, confesó su autoría intelectual y material en los homicidios de Gustavo Arrigui, Leónidas Polanía, Reinel Ramírez y Libardo Torres, en la ciudad de Florencia, Caquetá.

Los seis homicidios fueron perpetrados en el año 2011. «Éramos cuatro, pero la única capturada soy yo. Yo hacía el trabajo sucio», confesó la mujer.

A todos les dio veneno

Yadira a sus víctimas les suministraba insecticida en las bebidas que tomaban.

Así ocurrió con Jaime Guanaca, quien llegó con la mujer al hotel a las 10:38 de la mañana del 11 de noviembre de 2011 y dos horas más tarde estaba muerto.

«Minutos después sale de la habitación con la camisa en la mano e ingresa nuevamente a la habitación», dijo en la audiencia de la fiscal.

Agregó que a las 11:31 de la mañana el hombre volvió a salir «totalmente desorientado, como dando zigzags contra las paredes… se observa a la mujer saliendo de la habitación a buscarlo, lo toma del brazo y lo mete a la habitación», explica la fiscal al relatar lo que se observó en el video de la cámara de seguridad del hotel.

En el relato de los hechos añade la funcionaria judicial que en las imágenes se vuelve a ver a Yadira Narváez saliendo de la habitación y abandonando el lugar. «Es esperada por una persona masculina, quien toma la moto de la víctima y huyen».

En la audiencia, la fiscal recordó que el hombre fue encontrado sin vida sobre la cama por los empleados del hotel, quienes acuden a la habitación debido al olor que se difundía de ella. «Se percatan que algo ocurría y es cuando encuentran a Guanaca sobre la cama sin vida».

Las investigaciones de los efectivos de la Policía permitieron establecer que el modus operandi que empleó contra Jaime Guanaca fue el mismo que ejecutó contra sus demás víctimas.

«Todos eran conocidos, salíamos los fines de semana. Pecaron por inocentes. Ver morir a una persona no se siente nada», expresó.

Víctimas de edad avanzada

Sus víctimas siempre fueron hombres de avanzada edad. Los investigadores siguieron su actuar hasta tener las pruebas suficientes para acusarla. Ha sido condenada cinco veces y aún faltan procesos por resolver.

Semidesnudos y sin señales de violencia aparecían los hombres que confiaron en Yadira Narváez Marín.

La mujer de Solita, Caquetá, fue descrita desde el inicio de las investigaciones como una «mujer gordita, bajita, de cabello largo y rasgos indígenas».

Yadira Narváez usaba un poderoso agroquímico llamado Furadán o Carbofurán que es utilizado para el control de plagas en los cultivos. Sabía cuál era su efecto en el organismo y lo agregaba a las bebidas que ofreció a Gustavo Arriguí, Leónidas Polanía, Simón Vega (un sobreviviente), Libardo Torres, Ferney Lozano y muchos más que ni ella puede contar.

Tenía una finca y de los insumos que compraba para la misma robaba las dosis que luego les dio. «Era más fácil que dispararles», dijo. No quería generar ruido ni sospechas. De antemano sabía que el Furadán causaba la muerte de manera instantánea y de esa manera no «bregaban mucho».

Habla en plural porque también manifestó que no actuaba sola. Contó que era un grupo de cuatro personas el que planeaba las acciones ilícitas y Yadira Narváez la que se encargaba del «trabajo sucio». Entre éstas estaba su novia.

Los llevaba a hoteles

Las residencias eran los lugares escogidos para «negociar» los vehículos que luego hurtaba tras dejar el cadáver en alguna habitación. Se aseguraba de que el veneno cumpliera su labor y luego salía. Los cuerpos inertes quedaban cerca de los baños, por lo general. Después de ingerir el tóxico la respiración se les dificultaba y les daba calor así que buscaban la ducha.

Sin embargo, hubo espacio para la excepción y una de ellas fue Simón Vega. Oriundo de la capital del Caquetá, fue contactado por Yadira Narváez para que le vendiera su motocicleta. Lo condujo hasta una residencia y le comunicó que esperarían a su hijastro para verificar que los documentos estuvieran en regla. En la espera le ofreció una cerveza que le produjo malestar. Simón se fue para el baño con desaliento y su mundo dando vueltas. Se salvó de morir porque allí vomitó una sustancia rosada pero perdió su moto en medio del traslado para recibir atención médica.

La ruta para atraparla

Policías supieron de casos de muertes en extrañas condiciones en Florencia -primer lugar donde se reportaron las andanzas de Yadira Narváez- y fueron atando cabos. Los elementos comunes: hombres de avanzada edad, pérdida de pertenencias -motos y otros-, causa del fallecimiento indeterminada y ausencia de señales de violencia.

Pero los vecinos declararon e hicieron mención a una mujer. En los reconocimientos fotográficos se estableció su identidad además de que en un closet de una de las víctimas tenía todos sus datos incluidos el número de cédula. Las sospechas se confirmaron con la denuncia de Simón Vega pero no tenían pruebas para acusarla de homicidio. Finalmente, mientras esperaba transportarse de Neiva a Rivera, fue sorprendida por las autoridades y enviada a la cárcel.

Al inicio se declaró inocente pero después la Fiscalía consiguió establecer el elemento que faltaba: los homicidios fueron producidos por un veneno de alto poder. Así, sin más alternativa y con cara de resignación, aceptó los cargos.

Cinco condenas

Los crímenes ocurrieron entre agosto y diciembre de 2011. Su primera condena fue de 42 meses en el primer proceso por hurto calificado. Los muertos se enterraron en el Tolima, Huila, Caquetá y Putumayo. Yadira sólo tuvo temor cuando le quitó la vida al primero, después se le quitó. «Operábamos todos los días», confesó. «Manejábamos plata y teníamos una vida bien. Nos dedicábamos a viajar y a disfrutar».

La segunda vez que un juez decidió en su contra fue condenada a 35 años de cárcel. Eso ocurrió el 31 de enero de 2013. La tercera por otro florenciano. La cuarta proferida el 30 de abril de 2014 por cerca de veinte años en el caso de un mototaxista neivano. La quinta por otro asesinato, sin terminar, la condenó a siete años.

Hoy está en la cárcel Las Heliconias en Florencia y los jueces la han hallado culpable en cinco ocasiones. Paga una pena de 19 años y cinco meses de prisión.