"Necesitamos un llamado de alerta”: Maalouf

CIUDAD DE MÉXICO.- De pronto las comunicaciones se interrumpen, sin teléfono, sin internet, la radio solo emite un pitido constante, hay razones para pensar en un cataclismo. Eve y Alec, vecinos y únicos habitantes de la isla más pequeña de un archipiélago, Antioquía, se ven forzados a romper su soledad y encontrarse.

El escritor franco-libanés Amin Maalouf (Beirut, 1949) construye una fábula en Nuestros inesperados hermanos (Alianza editorial) en la que el planeta ha logrado salvarse de la catástrofe por la providencial irrupción de quienes se hacen llamar los "amigos de Empédocles".

Este grupo ha permanecido oculto por siglos y se reconoce como heredero del "milagro ateniense" cuando en el curso de unas cuantas décadas en la Grecia antigua florecieron el teatro, la filosofía, la medicina, la historia, la escultura, la arquitectura y la democracia. 

Los amigos de Empédocles, el sabio de Agrigento, son estos hermanos inesperados quienes al salir de las sombras hacen que sople "en el mundo un viento de angustia y también un viento de esperanza".  

En entrevista desde París, Maalouf habla sobre el origen de esta novela que camina en la misma dirección de su ensayo El naufragio de las civilizaciones donde alerta sobre una civilización a la deriva y de la urgencia de salvarnos de nosotros mismos.

Pensó, al principio, ¿qué pasaría si ocurriera una intervención, pero que no fuera agresiva como se tiende a pensar al hablar de una invasión sino que fuera mayormente benevolente? Imaginó su llegada a una isla, a semejanza de la isla de la costa atlántica donde Maalouf pasa una parte del año. Pero aún siendo benevolentes, al ser tan poderosos, advierte el escritor, surge un problema: sería imposible lidiar con ellos como iguales.

Una novela que constituye un llamado de alerta para enderezar el rumbo. 

"Necesitamos un llamado de alerta, quizá lo que está pasando, lo que comenzó el año pasado con la pandemia sea un llamado de alerta para nosotros. Estamos aún metidos en este problema, no tenemos aún perspectiva, pero sentimos que algo bastante inusual está sucediendo. De pronto descubrimos que no podíamos continuar de la misma manera, que no podemos descartar que algo impensable puede ocurrir". 

Maalouf escribió la novela antes de que se desatara la pandemia en el mundo y sin embargo, parecería en cierto sentido profética. Aunque, ataja, la posibilidad de un virus siempre ha estado ahí, no era algo impensable. 

"Lo central en el libro y la realidad actual que me alentó a publicar el libro ahora y no esperar, es el hecho de que los problemas de salud se han vuelto centrales en nuestras vidas. 

"Esta idea me ha acompañado por mucho tiempo: en un punto de la aventura humana, la salud, la mortalidad y la inmortalidad se volverán el punto central. Ahora está aquí debido a la pandemia. Estoy seguro de que esto nunca desaparecerá. Creo que la obsesión de los humanos con la idea de la salud, la centralidad de los asuntos de la salud y todo lo que la rodea permanecerá con nosotros para siempre". 

La obra

Eve, novelista, se refugia en la soledad de la isla tras publicar una obra maestra, El porvenir ya no vive en esta dirección, una idea que permea la novela de Maalouf: una humanidad que vive en la luz, pero es portadora de sombra y otra, que vive en la sombra, pero es portadora de luz. Ella cree que a "nuestras civilizaciones no las ha ejecutado nadie cobardemente, han quebrado y punto". 

Mientras que Alec, dibujante de mediana edad, se aparta en la pequeña isla de Antioquía para entender mejor a los humanos de los que Eve rehúye. Alec se pregunta: "¿Cómo explicar que una civilización tan dinámica y tan creativa haya podido quedarse sin porvenir y a punto de zozobrar?".

Maalouf plantea la actitud de ambos de manera distinta: Alec está preocupado, pero confía en que habrá solución; Eve está convencida de que estamos condenados, está desesperada, piensa que todo se derrumba. 

"Diría que una parte de mí es como Alec y otra parte como Eve", matiza el novelista. "Como Alec quiero salir de este mundo y observarlo con mayor serenidad, y hasta cierto punto creo que algo sucederá que nos salvará. Parte de mí es como Eve, miro al mundo y me digo: no sé cómo nos salvaremos. El diálogo entre ellos, debo confesar, es el diálogo dentro de mí".

Dividido por esa lucha interna, Maalouf a veces también cree que hace falta un milagro, la posibilidad de producir algo totalmente inesperado, como sucedió en la Grecia antigua con el milagro ateniense.

"El progreso de la tecnología y la ciencia, de la producción en el último siglo se ha producido muy rápido, ¿por qué el avance del progreso de la mente no se da al mismo nivel? La idea de que es posible acelerar el progreso moral e intelectual en orden de ponerlo al mismo nivel que el progreso material es un tema importante desde mi punto de vista. Tenemos que cerrar esa  brecha. Es uno de los elementos detrás de esta novela". 

El escritor franco-libanés suscribe una idea de Novalis citada como epígrafe en la novela: "La novela surge de las carencias de la Historia".

"Es muy cierto respecto a esta novela, en los últimos años he sentido que muchas cosas iban mal en el mundo, en mi zona de origen, en Europa, en el mundo, tantas cosas no iban en la dirección apropiada. Con frecuencia soñaba con cambiar eso. Sentí que con este libro soñaba con un camino, en parte mágico y en parte posible, para cambiar radicalmente el curso de la historia.

"Tal vez no todas las novelas surgen de las carencias de la Historia pero estoy seguro de que en el caso de esta novela es el principal incentivo para escribir".

Reimaginar el futuro

Amin Maalouf piensa dejar París en el mes de mayo para trasladarse a su habitual estancia en una isla de la costa Atlántica. Algo que hace desde hace 30 años. En ese ambiente sereno, en calma, es donde nacen buena parte de sus libros. La pandemia ha acentuado su carácter sedentario.

Desde muy joven gustaba de estar solo. Se ríe cuando cuenta que sus padres, a quienes estaba muy apegado, "solían olvidarlo en su cuarto". Él se dedicaba a observar y escuchar. "Amo la soledad lo que no significa que no me guste la gente", ataja el escritor, de talante afable. "Si estoy rodeado de gente me gusta conversar y discutir, pero podrían dejarme en un cuarto y recogerme dos meses después y no tendría ningún problema, estaría leyendo, escribiendo, pensando, escuchando música".

Tanto en París como en la isla dispone de una habitación y trabaja rodeado de libros. Evita escuchar música mientras trabaja. A pesar de disfrutarla -Maalouf es el autor del libreto de la ópera El amor de lejos, de la compositora Kaija Saariaho-, reserva ese placer para el descanso.    

Al principio solía cargar su auto con muchos libros para ir a la isla; después, se concentró en llevar solo aquellos referenciales, pero con la tecnología, desde hace varios años hace buena parte de su investigación en línea, así que no necesita de tantos libros. Ahora se traslada a la isla en tren y bote, viaja ligero, con su computadora y dos o tres llaves USB.

Desde esa isla, Maalouf no deja de mirar el atribulado mundo pero sin renunciar a la esperanza. 

"La primera tarea de la literatura es reimaginar un futuro diferente, ser conscientes de lo que va mal. Uno de los principales deberes del escritor es ver las cosas tal cual pero sin propagar la desesperación. Aun cuando no vea una clara salida del desastre, debe volver a mirar hasta encontrar una salida. El escritor no debería decir jamás que no hay esperanza. Uno de sus deberes es hallar esperanza, nunca es una solución propagar la desesperación".