Doña Lucy

LECTURAS PARA LA VIDA
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Me asomé a los abismos de lo sobrenatural antes de empezar a leer, si bien los cuentos y leyendas se volvieron mis lecturas predilectas en los libros de primaria, antes de eso ya tenía terreno andado en los menesteres del mundo umbrío.

Además de mis abuelos que constantemente nutrían mis imaginarios hubo personas que compartían conmigo pasajes de su vida en los que figuraban duendes, aparecidos o seres inmateriales, poco a poco desarrollé un olfato para identificar a quién podía arrancarle una estampa estremecedora. Doña Lucy fue una de estas personas o más bien debería decir un personaje, ella era una catequista viejita a quien detecté inmediatamente, recuerdo muy bien su rostro surcado, su voz aguda y sus delgadas trenzas negras, a veces usaba rebozo.

Una tarde, al terminar la catequesis, no pude quedarme a jugar con la pandilla, así que me fui caminando con doña Lucy, lo cual se convirtió en costumbre pues quedé atrapada en las narraciones que me compartía, creo que ella también me había olido; disfrutaba al narrarme sus relatos. Con su manita huesuda tomó la mía, dijo que debía sostenerla mientras contaba para que ninguna de las dos se fuera “a perder”.

"¿Conoces la leyenda de la Yusca?" preguntó, respondí que no. Contó que la Yusca había sido en su juventud una mujer muy bella, era una bruja que en las noches se convertía en pájaro, pero antes se quitaba los ojos y los dejaba en un traste, en cierta ocasión su marido por accidente al querer hacerse un café tomó el traste donde estaban los ojos y los dejó caer al fogón, desde entonces la Yusca quedó ciega.

Por un momento solté la mano de doña Lucy y ella, de forma violenta, volvió a tomármela. Dijo que la Yusca ahora es una viejita que anda por las calles, aunque nunca pide caridad la gente le da una que otra moneda. "La Yusca siempre se aparece cuando hay difunto, es como una mensajera de la muerte, en un velorio es la primera en llegar", finalizó.

Dos semanas más tarde, avisaron a mi abuelo que don Tino el tendero había muerto, mi abuela dejó lo que estaba haciendo; rápidamente nos fuimos a la casa del difunto; al llegar, el cuerpo estaba tendido todavía en su lecho; nadie, excepto una persona conocida por mí, comenzaba los rezos: era doña Lucy.

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