Homenaje postmortem a Crispín Valladares

La historia la construyen quienes con sus vidas dan ejemplo y con sus obras trascienden; este es el caso del maestro Crispín Vayadares, quien fue un artista autodidacta; vivió y trabajó en Oaxaca, Monterrey, la Ciudad de México, y Miami, Estados Unidos.

Expuso en forma individual y colectivamente en el interior del país y en el extranjero, con más de cien muestras.

Nació el 5 de diciembre de 1962 en San Miguel del Puerto, una comunidad de haciendas cafetaleras en las montañas de la Costa oaxaqueña. Sin embargo, fue en el Istmo donde creció desde los 6 meses de edad.

Su obra se ha conocido por sus potentes colores, su textura semejante a los tejidos y la alegría de su cosmos pictórico habitado por niños, novias, amantes, el Santo, pájaros, gatos y comida oaxaqueña.

Su obra forma parte de colecciones importantes, tanto privadas como públicas. Ganó en el transcurso de su carrera, premios muy importantes como la Medalla de Oro de la LX Legislatura en la Cámara de Diputados de la Federación, otorgada a ciudadanos sobresalientes por su trayectoria y aportación artística a la nación.

Asimismo, ganó el premio del Jurado del Museo de Boca Ratón, Florida, Estados Unidos, en 1993.

A veces pintaba por series y a veces una serie se entrelazaba con otra; descendiente de las cascadas mágicas, su madre recogía granos de café con su recién nacido amarrado a su espalda; así mecía al pintor infante en su rebozo, hasta convertirlo en una hamaca que amarraba a los arbustos cafetaleros o lo acostaba en la hierba viendo el cielo; la migración de su lugar de origen se debió a que su hermano quemó un sembradío y la familia tuvo que salir huyendo para evitar la venganza antigua.

Así que al crecer en el Istmo, empezó a pintar huipiles, pues fue su primer contacto con la plasticidad; comenzó pintando acuarela y a utilizar las figuras en tercera dimensión, que lo fue llevando a lo abstracto; el maestro imitó lo acuarelado al óleo y los fondos de sus obras dejaron de ser espacios negativos, para convertirse en espacios dinámicos.

Sus amigos guardan de él hermosos recuerdos; muchos de ellos aprendieron sus técnicas y dicen que se debe guardar de él memoria, no solo en la mente y en los corazones de sus amigos, sino memoria escrita en los museos de Oaxaca y de México; revalorar la obra del maestro lo agradecerían las nuevas generaciones.

El maestro Crispín Vayadares deja una gran escuela para quienes desean seguir sus pasos en el arte.

Innumerables artistas plásticos y críticos de arte han estudiado y analizado la obra del maestro; por su obra, tuvo publicaciones en la revista Vogue, Arte Día, La Jornada, El Financiero y muchos más.

Pero más que analizar su pintura, hay que sentirla, verla con los ojos del alma y entonces es cuando realmente se entiende.

A pesar de sobrellevar una enfermedad tipo autoinmune por décadas, el maestro Vayadares optó por ver la vida con alegría, supo transformar lo negro en color y ver la potencialidad en escenas y objetos cotidianos.

Amante del mar y la naturaleza, fue poseedor de una gran sensibilidad y humanismo; recordándolo siempre como un gran pintor, amigo, esposo y padre, Crispín Vayadares falleció el 6 de noviembre de 2020.