"Nunca lo imaginamos", afirman pobladores de La Ciénega, Oaxaca, sobre saldo que dejó el COVID-19

La Ciénega, Zimatlán, Oaxaca.- A Rosario le ha faltado tiempo para asimilar que hace ocho semanas su padre Saturnino Bernabé Ojeda murió por COVID-19, una enfermedad que el 14 de marzo pasado situó a este municipio en el mapa del panorama epidémico, pero de la cual hay apenas 23 casos contabilizados oficialmente y una sola defunción entre la población.

"Lamentablemente acá nunca nos imaginábamos que nos iba a tocar, porque estamos lejos de la ciudad y es un pueblo, las medidas de prevención se toman, pero quizá no tanto", expresa Rosario, la hija mayor de una familia fracturada por la COVID-19.

El primer caso

Es de mañana. Este municipio de casi 3 mil habitantes tiene la tranquilidad de siempre. En el reporte oficial uno de sus habitantes de 62 años, con hipertensión arterial y diabetes, el 10 de marzo del año pasado comenzó a experimentar síntomas tras volver de un viaje a Nueva York, en Estados Unidos. 

En ese entonces el contagio era un caso importado, porque el virus todavía no se propagaba con la misma rapidez de ahora que aceleran nuevas variantes. Ese primer paciente pudo recuperarse con poco medicamento, sin necesidad de oxígeno medicinal o ingresar a una unidad hospitalaria.

La única vez que aceptó una entrevista con este diario fue con la mediación de la sobrina, quien por sus conocimientos médicos se encargó de darle seguimiento. La conversación se hizo vía telefónica para no romper con su aislamiento y sin asentar su nombre, en respeto a su derecho a la confidencialidad.

El impacto individual

Para que este municipio volviera a ingresar otro caso a la estadística oficial pasaron más de tres meses, cuando un hombre de 58 inició con síntomas, pero fue en este año, el pasado 6 de enero, cuando registró su primera defunción por COVID-19, cuando en Oaxaca ya sumaban 28 mil 860 casos y 2 mil 166 defunciones. 

Unir esos fragmentos de la historia de esta pandemia, a Rosario le causan un profundo dolor: “No lo crees que a nosotros nos tocó. La gente no lo cree, 'si tú papá se cuidaba', 'no salía', nos decían y no te explicas. Es un poco fuerte. Cuando se enteraron del primer caso, pues dijimos ya está aquí, pero cuando fallece mi papá vimos la realidad. Es un gran impacto. Aún no lo podemos creer”.

Rosario, la hija mayor del matrimonio de Lilia y Saturnino, acepta contar la historia de su padre para que no forme parte de la fría cifra de muertes, desprovista de nombre y rostro que para cada familia representa una ausencia honda.

Ella atiende una juguería que reabrió el año pasado tras perder su empleo en la guardería que tuvo que cerrar porque la pandemia hizo que no hubiera niños o niñas a quienes cuidar.  

En décadas pasadas este municipio se fortaleció por la migración de sus habitantes, pero ahora quien decide trabajar en Estados Unidos lo hace por temporadas y tras conseguir su Visa, pero ella prefirió quedarse aquí.

Como la mayoría de hombres que no migran, Saturnino encontraba en el campo su sustento, hasta que un problema con sus rodillas le impidió trabajar como antes, pero se empleaba limpiando casas o cuidando enfermos.

El contagio

Ser hipertenso le obligaba a viajar a la ciudad al menos una vez al mes y el transporte público pudo ser su medio de contagio o que tuvo contacto con una persona positiva a SARS-CoV-2, un análisis que su familia ya no quiere hacerse.

Fue Saturnino quien a principios de diciembre pasado inició con síntomas similares a un resfriado, a los que luego se sumó el dolor de cuerpo y los huesos, pero tras una prueba sanguínea el médico que lo trató descartó que fuera COVID-19. 

Cuando a Saturnino le comenzó a doler el pecho, optaron por una prueba molecular que un sábado les hizo saber que era positivo a SARS-CoV-2, un virus que velozmente le disminuyó la oxigenación en la sangre y le hizo requerir oxígeno medicinal, la dificultad mayor en un pequeño municipio donde el servicio no existe.

La familia de Saturnino se aisló, pero para entonces su esposa y sus tres hijas sentían que estaban contagiadas, no fue necesario una prueba porque identificaron los síntomas, sólo Sergio, el cuñado de Rosario que no enfermó, se encargó de viajar a la ciudad y esperar dos horas para que le llenaran un pequeño tanque de oxígeno medicinal portátil.

Once días antes de su muerte, cuando aún no terminaba el año, su yerno Sergio se puso el equipo de protección personal que compró y en su vehículo llevó a Saturnino al Hospital Regional de Alta Especialidad de Oaxaca, optar por una ambulancia era pagar casi 10 mil pesos. Sorprendentemente hubo espacio para él, pero llegó demasiado tarde. 

Incredulidad, aún

“Muchas personas no creen todavía en el virus. A mi me gustaría que no pasaran por esto de no contar con oxígeno, las vueltas, los medicamentos y el dolor de ver a tu familiar sufrir. Sí, nos va a dar tal vez a todos, pero frenémonos”, reflexiona Rosario.

La diferencia, sabe bien, lo marca asumir medidas prontas, buscar la ayuda correcta, informarse y no aturdirse, pues ahora entiende que cada paciente es diferente y ella no quisiera que sus vecinos, familiares o alguien más sienta la profunda herida que la COVID-19 deja cuando fractura a una familia.