Lecturas para la vida: Hablar contigo

Recuerdo mi niñez, yo tenía siete años cuando corría por la plaza del pueblo, jugaba a las escondidas con mis amigos, todos nos ocultábamos de “oye tú”, él era un niño poco menor que yo siempre quería jugar con mis amigos y conmigo, pero a nosotros no nos gustaba estar con él, porque estaba sucio, olía  feo, tenía el pelo desaliñado y los pies negros casi no hablaba pero le gustaba abrazarnos, algo que a mí me daba asco.

No sé cómo se llamaba, pero de niño pensaba que él tenía muchos nombres como: “oye tú”, “tú chamaco”, “andrajoso”, “escuincle, ese” porque escuchaba que mis padres y los demás adultos lo llamaban así; ahora que lo pienso, nunca conocí a sus progenitores.

Él era el mandadero del pueblo, a veces en la noche lo veía caminar sin compañía, desaparecía por días y cuando regresaba era un poco más callado, con el paso de las semanas observé que se iba alejando, ya no quería jugar con nosotros y empecé a extrañarlo, incluso no quería abrazarnos. Pensé en invitarlo a mi casa, ofrecerle darse un baño, darle comida y escucharlo, así lo hice.

Pero cuando llegamos a mi casa, mi madre me gritó:

̶̶ ¡¿Por qué traes a ese mugroso a la casa?! ¡¿No ves que te puede pegar una enfermedad o sus piojos?!

Después le gritó a él:

̶ ¡Lárgate de aquí y no te acerques a mi hijo!

Ahora no entiendo cómo mi mamá trató tan mal a un niño de cinco años; aún me avergüenzo por no haberlo defendido o al menos haberle dado comida a escondidas, o agua y jabón cuando mi madre no viera, no sé… incluso solo escucharlo, pero no, yo no hice más que observar cómo mi mamá le gritaba; él me miraba confundido, con sus ojos cristalinos pidiéndome algo; antes no sabía qué era, ahora sé que era ayuda.

Después de eso no lo volví a ver, hasta hoy… mientras espero el verde del semáforo, lo ví pidiendo monedas a los árboles; mi esposa me dijo:

̶ Está perdidísimo con todo lo que se mete, no sé qué encanto les encuentran a esas chingaderas.

No supe qué decirle a mi esposa o a él cuando se acercó a mi carro; por un momento sentí que me reconoció, pero solo le di veinte pesos; mi esposa se molestó mucho, todo el camino se la pasó gritándome que esa gente existe por personas como yo, y sí, creo que tiene razón, pero ella piensa en veinte pesos y yo en una mirada cristalina.

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