El Lector Furtivo: ¡Pobre flor que mal naciste!

En más de una ocasión, siendo niño y aún después, escuché a mi padre contar a propios y extraños la siguiente anécdota protagonizada por mi abuelo. Contaba que al participar de un sepelio, don Carlitos, que así llamaba mi padre al suyo, encontró en el panteón una flor naciendo de la cuenca vacía de una calavera y que, en el acto, inventó unos versos que decían: Pobre flor que malnaciste/ que al primer paso que diste / te encontraste con la muerte/ el dejarte es cosa triste/ y el arrancarte… ¡es darte la muerte! Versos que en aquél momento fueron muy celebrados por su paisanos habitantes de la sierra veracruzana. En casa jamás se nos hubiera ocurrido dudar de la veracidad de lo que mi padre contaba.

Hace poco me hice de un volumen que reúne la obra satírica y festiva del gran Francisco de Quevedo y en una página titulada “La calavera de la casa de campo”,  vi con gran sorpresa la anécdota que mi padre atribuía a mi abuelo. En esta ocasión, los protagonistas de la historia son Francisco de Quevedo y El Rey Felipe VI, quienes, en una visita a una casa de campo, dan con la dichosa flor naciendo de la trágica cuenca. Según el libro, el maestro español expresó las siguientes coplas:

¡Pobre flor! ¡Qué mal naciste!

¡y qué fatal fue tu suerte!

que al primer paso que diste

te encontraste con la muerte.

El dejarte es cosa triste,

el cortarte, cosa fuerte

el dejarte con la vida

es dejarte con la muerte.

Don Carlitos (1900-1982) fue un rústico habitante del campo veracruzano que apenas había adquirido los rudimentos de la lectoescritura. Francisco de Quevedo (1580-1645), por el contrario, es nacido de familia de hidalgos ilustrados. Su padre fue secretario de la princesa María y después de la Reina Doña Ana. Gracias a ello, Quevedo se formó en el colegio Imperial de los Jesuitas y en la Universidad, y fue autor de versos de toda índole: religiosos, amorosos, morales, etcétera. Su talento lo llevó a ocupar un lugar preponderante en lo que se conoce como el Siglo de Oro español.

El pequeño misterio de este fin de semana es: ¿cómo llegaron los versos de Quevedo a labios de mi abuelo? Aventuro una probable explicación. A veces olvidamos que la literatura ha tenido en la voz humana un importante vehículo de difusión. Muy probablemente, como sucede en otros casos del mismo autor, estas coplas se han integrado orgánicamente a la imaginería del vulgo, ocultando el nombre de su creador, pero ganando una inmensa popularidad. Es de esta manera que los ecos de Quevedo resuenan a miles de kilómetros  y cientos de años después.

Por supuesto, esta no es la única anécdota acerca de mi abuelo ingenioso y versador. Sospecho que de seguir investigando, Francisco de Quevedo no será el único autor involucrado en sus aventuras. Otra posibilidad, aunque remota, es que mi abuelo, a la manera de Paul Menard (el autor del Quijote, según el cuento de Borges), haya emprendido la tarea de escribir de la obra de Quevedo partiendo de cero, sin haberla leído siquiera; tarea que por cierto, dejó inconclusa.