Una montaña dorada

DENARIOS

Hoy termina el novenario por tu buen retorno a la casa eterna. La infausta nueva llegó acompañada de una pasionaria. ¡Qué triste se veía su vuelo! Parecía avergonzada de que su regreso, que anuncia la próxima primavera, portara la temida noticia. ¿Por qué era ella la elegida, si esa es tarea de la ascalafa?, parecía preguntar con su aleteo cuando se posó en un enorme agapanto blanco. En mi azoro y negación quedé estática y miré, por un instante, tu hermosa sonrisa y tus bonitos ojos.

La niebla penetraba muy despacio los recovecos de la serranía. De su cuerpo denso y enorme, salió un pequeño bebedor de néctar cuyas alas verdiazules se batían con todo su poder para quedar en suspenso unos segundos frente a mí.  Al momento, recordé cuánto te gustaban los colibríes. Rápido, voló hacia mi derecha, revoloteó sobre un arbusto de pequeñas flores blancas que aquí les dicen Conchitas, las besó rápidamente y se perdió entre la bruma. Yo quise creer que eras tú.

Cuando se lo comenté a Juan, clavó una cruz de troncos e improvisó un sencillo altar en el lugar, un vaso con agua, una luz encendida y tu fotografía al pie. Durante nueve días hemos pedido por tu buen retorno a la casa eterna. El agua es para mitigar tu sed en el camino y la luz, para que no te pierdas. Así se ayuda a las almas cuando el cuerpo las devuelve al creador. Lo mismo nos enseñaron las hermanas, ¿te acuerdas?, allá en el colegio, nuestra escuela de tres patios donde la clase de religión no era opcional.

Tu capacidad de indignación ante cualquier injusticia, me hizo valorarte más allá de tu alegre carácter, de tus divertidas bromas, algunas muy “pasadas”, como dicen los jóvenes, para frustración del blanco al que apuntaban. Te doy las gracias por todas las veces que sin pedírtelo, me llevaste a mi casa después de nuestras cenas con las amigas del colegio, sin importar terminaran después de la media noche y tuvieras que desviarte de tu ruta. Agradezco también por tu acompañamiento cuando murió mi hermano. 

El día que te despediste para enfrentar sola y valiente este mal, dijiste: “Me van a hospitalizar, pidan por mí”. Recordé que ya habías ganado una batalla, contra el Cáncer. Eso me llenó de confianza, sabías pelear por tí y eras una mujer de fe. Pusiste tu destino en manos de Dios, aceptabas su voluntad, pero no sin antes luchar.

¿Sabes? He estado recordando lo que me contaste, que viniste a verme en un sueño, que te había gustado mucho este lugar, de las canicas que compraste para tu nieto y de que la montaña, esa hermosa montaña de color dorado que me describiste, te dejó encantada.

Esa montaña está aquí, amiga. Justo es la más alta, y tenías razón; cuando el sol se va, por algún fenómeno natural, sus rayos pasan de color rojo a un anaranjado, su resplandor cubre de oro todo lo que alcanza, y es esta montaña la que mejor recibe ese baño.

Tu melena llena de suaves rizos se mece con el viento. Ahora podrás venir sin temor a contagiarme, la montaña está lista para recibirte, para regalarte su aroma, su frescura y bañarte con su oro. Disfrútala amiga, yo te la regalo.

 

“Durante nueve días hemos pedido por tu buen retorno a la casa eterna. El agua es para mitigar tu sed en el camino y la luz, para que no te pierdas”.