La canción de la Danzarina

LECTURAS PARA LA VIDA

La mujer deja la casa de su amante mientras habla un poco de cómo ocurrió su historia. Más bien, recuerda las miradas, las palabras que aquel hombre le ha dedicado desde que se conocieron hasta que la ve partir esa tarde. Cada imagen es descrita profundamente; cada detalle aporta un poco más de información hasta completar un cuadro entero. Es como ver la escena del guion de una película, aun cuando en aquel entonces el cine era algo apenas explorado. Ella misma se observa a través de la mirada de su espectador, quien no para de llamarla “danzarina”, aunque la protagonista admita que no sabe bailar.

Sidonie-Gabrielle Colette (1873-1954) escribió más de cincuenta novelas y libros de cuentos a lo largo de su carrera, lo que la convierte en una de las autoras francesas más prolíficas. Tanto en su vida como en su obra, el erotismo era un tema fundamental. De hecho, es bien sabido que la mayoría de sus escritos son casi autobiográficos, con una intencionalmente desdibujada línea entre la ficción y la realidad. Por ello, fue durante mucho tiempo infravalorada: se creía que hablar del mundo y las pasiones terrenales era mucho menos profundo que abordarlo desde sus abstracciones más intelectuales.

En “La Canción de la Danzarina”, Colette narra desde la perspectiva de su personaje femenino la admiración que le profesa su amante, un hombre del que no se sabe nada pero cuya falta de descripción tampoco es relevante. El relato se centra únicamente en la protagonista, más precisamente en la voluptuosidad y sensualidad que sabe suyas, en un cuerpo que sabe disfrutar el placer pero le pertenece únicamente a ella. La escritora se deslinda de las consideraciones románticas para reivindicar la carne sobre el espíritu y aproximarse a la naturalidad del mundo animal. Su importancia radica, más allá de la agilidad de su prosa, en su valor al anteponer la figura femenina a la masculina en un mundo y una época dominada por un machismo abrumador.

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