DENARIOS: Eufrasia

Menudita, morena, reservada, casi parca con los desconocidos. La primera vez que llegué a su cocina, estaba moliendo el nixtamal. Sus manos, de aparente fragilidad, empujaban con firmeza hacia adelante y hacia atrás, la mano del metate. Los movimientos rítmicos de sus brazos me encandilaron por un momento. Cada vez se usa menos ese mortero de piedra rectangular para moler maíz.

-Buenos días-, saludé. No contestó. Repetí el saludo tocando con suavidad la puerta de lámina, con medio cuerpo asomando a la cocina. Apenas contestó con una frase que no logré entender, parecía que me estaba esperando. Volví a saludarla y dije:

-Vengo a verla, para pedirle que me venda tortillas todos los días; vivo aquí enfrente, pasando el camino-; ella emitió algo que entendí como  “ya sé”.

-¿Cuánto va a querer?- dijo.

 -Treinta pesos diarios. Yo le aviso cuando quiera más- respondí.

A partir de ese día, no falto a su cocina. Todas las mañanas le doy gusto a mi olfato con el aroma ancestral de las tortillas cuando se esponjan en el comal. Algunas veces llevo un queso y compartimos, ella me ofrece una tortilla extra o las que se me antojen, además de una taza de café humeante. En otras ocasiones, cuando llego, tiene en el comal unos huevos estrellados, que ahora sé, toma del nido de sus gallinas. No me dice nada, solo me los ofrece quitando la blanca servilleta bordada por sus manos de la chilmolera, que rebosa de salsa de tomate criollo asado, chile serrano y ajo.

Pasaron más de treinta días para lograr romper las respuestas monosilábicas de su boca. Despacio, como pasan los días de la pandemia, han transcurrido nueve meses. Considero que Eufrasia y yo, nos hemos vuelto amigas a pesar de sus reticencias. A veces la encuentro dispuesta a la plática, entonces le  pregunto sobre su vida. Es un año menor que yo, nació en un pueblo vecino a San José, se casó muy joven con un originario de aquí, tiene un hijo varón joven, soltero y una hija casada con un hombre de un pueblo cercano, que le ha dado un nieto.

Como la mayoría de las mujeres del pueblo, tiene plantados en su solar, flores y árboles frutales. Su manzano, su tejocote, su pera, su durazno, su capulín, su ruda y su exuberante y aromática rosa de castilla, todos están en floración ahora mismo, en pleno invierno. Los ha sembrado muy cerca, frente a su cocina, lo cual aumenta mi gusto cuando voy por las tortillas. 

Cuando Eufrasia habla, que no es muchas veces, su voz tiene un matiz especial, agradable. No domina totalmente el español y su lengua zapoteca solo la habla con su hermana, cundo viene de su pueblo a visitarla.

No se deja fotografiar, lo rechaza con risas infantiles; pero  si insisto, se pone seria y entiendo que eso es insalvable, así que con respeto me quedo con las ganas de guardar su imagen en una instantánea. Su cabello es negro como el carbón y no asoma una sola cana; cuando le pregunté si se lo pintaba, se quedó azorada; le expliqué cómo era el proceso y soltó una carcajada negando con la cabeza. Me gusta cuando se ríe, porque siento que relaja la barrera que percibo natural en su forma de ser.

 

“A veces la encuentro dispuesta a la plática; entonces le  pregunto sobre su vida”.