Relojería, un oficio que prevalece en Oaxaca como un arte

Emilio Morales Emilio Morales

Si bien el tiempo es su mejor aliado, es también el más severo juez; aquel que dice que queda poco y que, con algunas desavenencias, el oficio podría estar al borde de la extinción. Se trata de los relojeros, que hoy en día cada vez son menos.

El avance de la tecnología, la llegada de nuevos dispositivos que ‘hacen la vida más fácil’ o simplemente los cambios generacionales que han ido marcando la pauta desde el año 2000 a la fecha, son factores que han llevado a los relojeros a un punto en el que su trabajo deja de ser tan común que se vuelve, casi, un arte.

“No es de ahorita, el problema se vino cuando empezó a salir el celular, cuando se extendió lo del celular bajó mucho la compostura, la reparaciones de relojes”, recuerda Fernando Torres, uno de los pocos dignos representantes de este oficio en Oaxaca.

Su local, la Relojería Orient, ubicado al interior del mercado Benito Juárez, Número 360, sobre la puerta central del inmueble, es pequeño; sin embargo, la fuerza de esta labor es tanta que, incluso, resistió una pandemia en pleno momento de crisis para el oficio, ya sin el auge de otras décadas.

“De ahí en la pandemia, como no éramos un servicio esencial, un oficio de primera necesidad, nos tuvimos que adaptar, nos pidieron que cerráramos y cerramos aproximadamente un mes; un mes cerramos y eso fue lo que nos llevó a buscar otras alternativas, a utilizar la venta de baterías por internet, manejar el negocio. No éramos algo necesario, algo esencial y tuvimos que cerrar un mes, ya de ahí nos permitieron regresar a la actividad pero un día sí y un día no”, apuntó el relojero sobre cómo vivió la etapa de contingencia sanitaria por COVID-19, que alcanzó al estado en el pasado mes de marzo.

 

Pasado el periodo de mayor crisis por la pandemia y ahora con total apego a la nueva normalidad, el oficio del relojero regresó cuando se pensaría que por su naturaleza de ser casi un trabajo artesanal y por no ser algo indispensable o muy demandado, no iba a resistir los estragos de la COVID-19.

Las dificultades, claro, no han faltado. “Bueno, al principio pues muy bajas las ventas, muy bajas, no teníamos ingresos, muy pocos clientes, ahorita gracias a Dios ya tenemos abierto pues ya prácticamente todo el día y pues ya regresan los clientes”, comentó el señor Fernando.

Antiguo oficio

La reparación y arreglo de relojes es un trabajo que, si bien ya va en declive, es todavía una expresión de ética y profesionalismo a la que pocos tienen acceso. Como explica Torres, el buen trabajo habla por sí solo.

“Aquí lo importante de este oficio es que los mismos clientes que ya creaste durante este tiempo, te recomiendan. Yo tengo 20 años acá en el mercado como relojero y gracias a ello tengo clientes que ya regresan, que ya vienen y se les hace un trabajo y les gusta el trabajo y regresan”, dijo.

Por el contrario, ampliar esa cartera de clientes, hoy en día, es algo complicado de lograr; en gran medida, comentó el entrevistado, por aquellos que no dimensionan la grandeza del trabajo ni la honran como lo que es: un arte.

“(Atraer) Un cliente nuevo ahorita es muy difícil, muy difícil porque hay muchos factores: la economía, los  trabajos mal hechos que hacen los compañeros, hay mucha desconfianza ahora. No cualquiera viene y te deja un reloj para arreglar, o sea hay mucha desconfianza en todo ese aspecto”, relató el propietario de Orient.

 

Los comienzos

Al igual que muchos oficios que hoy en día son considerados artesanales, la relojería no es la excepción en cuanto a que los conocimientos adquiridos se heredan y se transmiten de generación en generación; de padre a hijo, de padre a hijo.

Fernando cuenta que él comenzó “por mi padre, mi padre es relojero ya de los grandes, se puede decir de los relojeros viejos, él tiene ya casi 50 años como relojero, entonces a través de él me enseñé el oficio”.

Ese vínculo familiar que se fortaleció aún más gracias a la relojería, tiene su origen y sus raíces en el mercado Benito Juárez, desde donde opera un local en donde el tiempo está en buenas manos.

“Yo gracias a Dios llego aquí al mercado como a los 13 años, llego acá al mercado y me empieza a gustar y empiezo a quedarme en el negocio y empezamos a trabajar juntos y hasta la fecha”, recordó Fernando.